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Adaná, Alepo, Buenos Aires

Armenios en Buenos Aires

Adana-1909Gugás Markarian y su esposa Diruhí vivían en Adaná (foto), ciudad en la que fueron masacrados 30.000 armenios en 1909. Derrocado el sultán Abdul Hamid, el gobierno de los Jóvenes Turcos prometió libertad e igualdad a la minoría armenia.

Sonia, la mayor, ya tenía pretendientes. Levón, de diez años, era pupilo en el Liceo Lacordaire, elegido por las familias armenias acomodadas.

La población turca del vilayato (1) se dedicaba a tareas agrícolas y a la cría de ovejas; los armenios, al comercio y a los oficios. Gugás era acopiador de lana, algodón y otros productos de la región. Su barraca convocaba a los comerciantes minoristas de las aldeas árabes vecinas. Centro de negocios en épocas de cosecha, en dos fechas del año recibía a las recuas cargadas con fardos de lana. Por su trato justo y en lengua árabe, Gugás gozaba del aprecio de los clientes.

A mediados de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y en noviembre, la Rusia zarista, con más de dos millones de súbditos armenios, declaró la guerra a Turquía. Alemania, aliada de Turquía, iba a permanecer indiferente ante la aniquilación sistemática del pueblo armenio. Las promesas de apoyo a los armenios efectuadas por las potencias europeas habían caído en el olvido.

La noticia de los intelectuales y dirigentes armenios arrestada y asesinada en Constantinopla incentivó los rumores que desvelaban a todos los connacionales.

Sonia se casaría próximamente con el doctor Zavén Kambourian, oriundo de Sis. Obtenido el diploma en la Escuela de Medicina de la Universidad de París, como el ejército turco otorgaba grado militar a jóvenes armenios estudiantes de medicina y los enviaba al frente, peticionó la ciudadanía francesa. Celebrado el matrimonio, los esposos viajaron a la capital de Francia, donde Zavén tenía un contrato por cinco años en el hospital de sus prácticas médicas.  

caravanas-de-la-muerteLas deportaciones en masa fueron la cara más cruel del genocidio. Las caravanas de la muerte eran conducidas el este y a los desiertos del norte de Siria; allí, concentrados  a cielo abierto, los armenios morían de inanición y agotamiento, víctimas de saqueadores y de la sed de sangre de la soldadesca turca.

Enterados de esa forma terrible de aniquilar a los connacionales, lejos de desesperarse los esposos decidieron proteger a la familia. Sonia estaba a salvo en Europa; ellos  dejarían todo para partir a Alepo con lo indispensable. Allí vivía un árabe cristiano, amigo de Gugás con el que había hecho negocios en otras épocas. Estaban seguros de que al llegar contarían con la ayuda de Abud.  

Esa mañana, uno de los empleados cargó en el carro elegido por Gugás las mercaderías que él le indicó. Temerosos de herir el silencio nocturno, partieron bajo el fulgor mezquino de la luna en creciente. Vestidos a la usanza árabe y protegidos con lonas, llevaban lo necesario para un viaje de más de doscientos kilómetros. Los bultos hacían de respaldar  y algunos ocultaban libras turcas y monedas de oro. Sobrepasadas las zonas pobladas, con las primeras luces del naciente Gugás avivó el ritmo de la marcha. La tristeza que Levón apenas había disimulado en los días anteriores desbordó en sollozos; Diruhí lo atrajo cariñosamente y comenzó a rezar el “Hair mer” (2). Solo en el pescante, el padre trataba de serenarlos con frases de aliento. 

Conforme a lo previsto, para no llamar la atención el recorrido sería por poblados humildes y aldeas de campesinos. Como un comerciante más, Gugás iría de un pueblo a otro vendiendo sus mercaderías y la familia en todo momento debía hablar en turco. Ante la presencia de un “zaptieh” (3) que exigiera el “teskere” (4), Gugás saldría del paso con la ayuda del monedero que llevaba en la cintura.  La primera etapa los llevaría hasta Deurtiol; de allí, bajarían hasta Alepo.

Superados el cansancio, las incomodidades y las angustias de un viaje tan especial, en un mediodía de sol impiadoso entraron en la ciudad. Aunque reían de felicidad, las lágrimas eran incontenibles. La experiencia dolorosa vivida día a día parecía la lejana  pesadilla de una mala noche. Ahora, tenían ante ellos un gran desafío: su futuro.

Alojados modestamente en el barrio cristiano, se encontraron  con armenios de Mardín (5); en Rakka -al este de Alepo- también había sobrevivientes de Urfa.  Abud era comerciante mayorista de dátiles y frutas secas y les ofreció trabajo en su depósito.

Los años de la guerra fueron de muchas privaciones. Firmado el “Tratado de Sévres” entre los Aliados y Turquía en 1920, hubo una pausa de paz. Las noticias y comentarios de los sobrevivientes que llegaban a Alepo despertaba el interés de todos; Gugás se enteró por ellos del saqueo de sus propiedades, de parientes y vecinos masacrados,

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BeirutDiruhí había fallecido el año anterior de fiebre tifoidea. Los días eran de subsistencia y sin horizontes; especialmente preocupado por el porvenir del hijo, Gugás añoraba un escenario distinto para sus vidas.

El chofer de una empresa los llevaría  a Beirut por poca plata, en la caja del camión. Antes de partir Gugás y el hijo fueron al cementerio cristiano para el último adiós a Diruhí.

El padre guardaba en un bolsillo especial el dinero que Abud le había regalado “para los pasajes a América”. En Hama y otra de las  paradas durmieron a un costado de la ruta con el único  abrigo de la ropa que vestían.

Desde Beirut enviaron una carta a Sonia para comunicarle que a la brevedad  embarcarían para Buenos Aires. En los mediodías se encontraban en la fonda con otros armenios; el tema central del cruce de opiniones eran los países a los que pensaban emigrar: Francia, Estados Unidos, Argentina,…

Un árabe ya entrado en años fumaba tranquilamente después de almorzar; aunque aparentemente ajeno a las discusiones cuando el ambiente se tranquilizaba insistía en el consejo de viajar a la Argentina, país donde sus paisanos “habían encontrado trabajo y comida”.

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GenovaEstaba por cumplirse el año del arribo de Gugás y el hijo al puerto de Buenos Aires en la tercera clase del “Génova” (foto). Después de varias semanas en un conventillo de California, Gugás consiguió una pieza amueblada, a pocas cuadras de la cancha de Boca; suficientemente amplia, tenía lugar para las mercaderías que vendía en el barrio y la vecina Barracas. El buhonero sirio, el verdulero italiano y también los armenios que como Gugás  recorrían las barriadas humildes para ganar moneda a moneda el peso fuerte de entonces, fueron una novedad de las calles porteñas en las primeras décadas del siglo.

No tardó en aprender las combinaciones de tranvía y colectivo para llegar a Palermo y proveerse en negocios mayoristas. Los hogares armenios veían llegar cada semana el robusto canasto de mimbre rebosante de nueces, almendras tostadas, bulgur, “helvá” (6) y productos encargados por las amas de casa.

Los versos de Celedonio Flores evocarían con pinceladas lunfardas al “Delivery” pintoresco que a ciertas horas, voceaba sus mercaderías en un castellano rudimentario: “… le bate al sol su aspamento, mientras el dueño contento, con la mano hace bocina, y grita mientras camina, ¡durazno a cuarenta el ciento!”.

Levón deseaba estudiar. La “Escuela de Comercio nº 1 Joaquín V. González“, quedaba a pocas cuadras del inquilinato, sobre la calle que años más tarde llevaría el nombre de Benito Quinquela Martín. La inscripción demandó un trámite engorroso (la única constancia que pudieron aportar fueron los libros de armenio y francés del Liceo Lacordaire); finalmente, el Ministerio de Educación lo autorizó a ingresar a tercer año.

En la esquina de Australia y Vieytes vivía Alisa. De familia griega, había llegado a la Argentina antes de la Primera Guerra Mundial. El padre fue dueño de un hotel de varios pisos en Tekirdag, al oeste de Estambul. Aunque no corrieron la suerte trágica de los armenios, el odio de la población turca a los rumíes –suma de fanatismo religioso y envidia de su bienestar económico- los había decidido a emigrar. De las tres hermanas, ella era la única soltera. En la pequeña sala dc la casa, con ventana a la calle atendía a las clientas; modista de novias y de vestidos de fiesta, las señoras del barrio se deshacían en elogios por sus modelos y creaciones.

En la visita semanal, Gugás le llevaba pistachos y pasas de Corinto. Se entendían hablando  en turco. Las conversaciones evocaban los buenos y malos tiempos de sus pasados recientes y en ocasiones, prolongadas más de la cuenta Gugás adivinaba en las miradas de ella la invitación a algo más. No pasó mucho tiempo y dóciles  al llamado del deseo la relación con Alisa avanzó a… algo más.

Cuando una clienta armenia le preguntó por “la griega”, Gugás no respondió. Asimilada la indirecta, ante posibles maledicencias privilegió su buen nombre y el respeto hacia el hijo adolescente. A la semana siguiente, después de comentarios intrascendentes, “buenamente se dieron el adiós”, como dice el tango. Ella le sirvió café y Gugás antes de irse la miró largamente. El corazón generoso de Alisa había descubierto en él a un  hombre inteligente y luchador. Quizá algún día podría ser su esposa.

Gracias a la colaboración de un compatriota con más antigüedad en el País, Gugás consiguió el permiso para tener un puesto en la feria municipal que los jueves funcionaba en Montes de Oca. La nueva posibilidad le permitió progresar económicamente. Le parecía mentira volver de algún modo a su ocupación de Adaná. Los domingos eran una fiesta para Levón; iban a Banchero a comer de parados porciones de muzzarela y a compartir una “Naranja Bilz”.

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Hacía más de diez años de su llegada a la Argentina. El general Agustín P. Justo  había asumido la presidencia y el vuelco producido en la economía internacional repercutía en el País. La crisis que afectaba especialmente a asalariados y a personas sin ingresos fijos no le impidió a Gugás llevar adelante sus planes. Hablaba satisfactoriamente el castellano y para familiarizarse más con el idioma los domingos compraba “La Prensa”.

Alquiló una casa con local al frente en Villa Crespo y compró las instalaciones y muebles necesarios para el funcionamiento del negocio. Ubicado en Serrano y próximo al  barrio de Palermo, la calidad y el precio de las mercaderías de “Sabor de Oriente” atrajeron  a los vecinos. Al poco tiempo pudo ofrecer “lehmeyún” horneado en el día por los hermanos Chobanian, con panadería en la Canning de ese tiempo.

cafe-izmirSobre la calle Gurruchaga, a escasas cuadras de Corrientes, no hacía mucho que había abierto sus puertas el “Café Izmir”  (foto) (7). Gugás compartía algunas tardes de domingo con el compatriota que lo ayudara a conseguir el permiso de feriante. Casado con una “adanatsí”, después del curso en la academia de un sastre italiano, Antranik tenía su negocio de “Medida fina para damas y caballeros”.

Árabes, armenios, griegos y judíos de procedencias diversas, pasaban las horas de ocio en el ambiente espesado por el humo de los cigarrillos. Las rondas de“raki” (8), acompañaban la conversación que se mezclaba con los envites de los jugadores de naipes. Junto a las mesas de los fumadores de narguile, fastidiados también por el desborde verbal, los nostalgiosos escuchaban con los ojos entrecerrados las melodías del fonógrafo.

Levón había cumplido los treinta el año anterior. Perito mercantil y con experiencia en el manejo de un negocio, era el responsable de los intereses de Hagop. Mayorista  de lencería, pasaba la mañana tomando café y conversando con los comerciantes de la cuadra en el bar cercano. De físico corpulento y pasado de kilos, fumaba varios atados por día; su salud deteriorada no pudo superar las crisis cardíacas y falleció prematuramente.

La viuda y la única hija del matrimonio, casada con un médico, vendieron la empresa a un comerciante, cliente de Hagop.

Levón seguía viviendo con el padre y le gustaba contestar en francés las cartas que periódicamente llegaban de Marsella, ciudad a la que se había mudado el matrimonio con Lucía Anush, la única nieta de Gugás.

Cuando se jugaba un clásico, almorzaba en la Boca con un compañero del Comercial y después presenciaban el encuentro en “la Bombonera”. En las recorridas por el barrio y Barracas revivía los años difíciles de recién llegados; a veces pasaba por lo de Alisa para llevarle  los higos turcos y pistachos que le enviaba Gugás.

Era cliente del Banco Nación y hasta que pudiera concretar el negocio propio seguiría colaborando en el local del padre.

Aunque ya no se veían todos los días, no se había cortado su relación amistosa con Victoria, sobrina a la que Hagop  confiara la facturación del negocio. La familia sabía del gran aprecio de Hagop por Levón y de tanto en tanto lo invitaba a cenar. Eran frecuentes en la sobremesa los distintos pareceres sobre temas comerciales. Alberto, hermano de Victoria, hacía tiempo que deseaba independizarse y por el conocimiento del manejo de un negocio que demostraba el amigo de su hermana, le pareció que podía ser un socio ideal.

Tuvieron varias conversaciones a lo largo de las semanas para avanzar en la idea de asociarse. Agotados las discusiones y pareceres, establecidos los aportes y demás aspectos del negocio común, consultado el que fuera contador del tío Hagop, comisionaron la búsqueda del local adecuado a una inmobiliaria. En la elección del ramo había pesado decisivamente la relación de años que tenía Levón con fabricantes y mayoristas.

Todo estaba listo para la inauguración de “Damas  y Damitas” –salón de ventas y depósito en el sótano-,  sobre la avenida Cabildo, a cuadras de Federico Lacroze. Desde el inicio los socios acordaron que cada día de la semana uno de ellos por turno estaría al frente del negocio.

Desde que era viuda, Dora trabajaba de empleada de comercio; su experiencia en materia de lencería influyó para que la venta inaugural fuera exitosa.  

Cercanas las fiestas de fin de año, los socios resolvieron contratar otra vendedora. Alberto eligió a la nueva empleada sin requerir el parecer de Levón. Bastante más joven que Dora, debía comenzar lo antes posible. Mirta, simpática y conversadora, tenía razones de sobra  para estar convencida de que la naturaleza había sido generosa con ella.

Como en situaciones anteriores, una vez más Alberto había obrado unilateralmente. Sin enojarse, Levón se limitó a manifestarle su desagrado.

El local cerraba al mediodía y volvía a abrir a las dos de la tarde. En la pausa, a veces  comían  juntos en un bar de la vuelta y luego uno de los dos se ocupaba de realizar trámites.

El arte del vidrierista alentaba una buena temporada. En ese día -calorcito primaveral- la responsabilidad del local le correspondía a Alberto. En la sucursal de la compañía de seguros esperaban a Levón por la nueva póliza. Siendo imprescindible la copia del contrato social, debió ir a buscarla al local. Por los vidrios de las pequeñas ventanas del sótano llegaba a la vereda la claridad de las luces encendidas. Extrañado, Levón entró sin hacer ruido y por prudencia sólo arrimó la puerta; cuando avanzó hacia la escalera del sótano escuchó un jadeo inconfundible… Todo indicaba que los encantos irresistibles de Mirta a los que Alberto aludía frecuentemente habían dado lugar a las vías de hecho.

Existía material para la anécdota picaresca pero, Levón, enemigo de dramatizar las debilidades humanas,  juró a los protagonistas reserva sobre el episodio.

“Damas y Damitas” había cumplido un nuevo aniversario. Pese a los roces propios de cada personalidad, los resultados económicos anuales habían sido satisfactorios. Simplemente, Levón quería algo distinto al ramo elegido y a la venta minorista. Resuelto a vender su parte, Alberto le presentó a un amigo que luego de tratativas resultó ser el comprador del  cincuenta por ciento.

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Decidido a no casarse, Gugás desechaba los ofrecimientos de amigos que decían  representar a familias armenias con mujeres solteras. La negativa contrastaba con el insistente consejo de que Levón buscara “una novia armenia buena como tu madre”.

Acreditado en el barrio, el negocio de Gugás en el que trabajaban dos empleadas, crecía con la oferta de nuevos productos. El hijo compró la casa que alquilaban desde hacía años y no permitió que el padre pagara parte del precio. También, adquirió el local vecino, amplio y con depósito, e inició la venta mayorista de chocolates, golosinas y productos similares a los de “Sabor de Oriente”. Quisoque el letrero luminoso significara un homenaje al padre, ya que en el frente podía leerse: “Sabor de Oriente II”.

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Los años arduos habían quedado atrás. Afianzados social y económicamente, Gugás y el hijo vivían agradecidos al país que los había recibido. Sonia llegó a visitarlos y a conocer Buenos Aires; separados por décadas, fueron quince días de intercambio de alegrías y emociones que la hija, el yerno y la única nieta siempre recordarían.

A escasas semanas del regreso de sus seres queridos a Francia, Gugás sufrió un ACV; incapacitado para trabajar, confió el manejo del negocio a la empleada más antigua. A media mañana, caminando lentamente con la ayuda del bastón, se sentaba al costado del local; observar a los clientes y la actividad de las empleadas, era el pasatiempo diario que sin importar su simplicidad lo llenaba de satisfacción.

A pesar de la declinación física, se negaba a ser un pensionista más del hogar para personas mayores de la comunidad. Obligado por las circunstancias, Levón confió la atención diaria del padre a una mujer de su confianza.  

Entre sus papeles encontró una libreta con distintas anotaciones; figuraba, por ejemplo,  la dirección de una de las hermanas de Alisa y el teléfono de un vecino.  

Hasta el fallecimiento de Hagop, Alisa lo visitó todos los meses. En el comedor o sentados en el local, luego del café preparado por ella, pasaban las horas conversando como amigos de toda la vida. Si almorzaban juntos, Alisa lo ayudaba a ponerse la servilleta y le cortaba los alimentos.

Cuando “la griega de California  y Vieytes” se estaba preparando para irse, una de las empleadas, luego de entregarle el envoltorio que Gugás había ordenado, la acompañaba hasta la parada del tranvía.

 

(1) vilayeto: división administrativa del Imperio Otomano.

(2) Hair mer; “Padre nuestro”, oración cristiana.

(3) zaptieh: policía o gendarme turco.

(4) teskere: autorización de tránsito por el territorio turco.

(5)Mardín: ciudad y región de Turquía donde vivían armenios que si bien conservaban su fe cristiana y las tradiciones, eran  de habla árabe.

(6) helvá: postre de sémola, su ingrediente principal.

(7) Café Izmir: verdadero símbolo de Villa Crespo, el café construido en 1932 cerró sus puertas en el año 2000. Fue evocado por el escritor Leopoldo Marechal en “Adán Buenosayres”, su novela más relevante.

(8) raki: licor anisado de elevada graduación alcohólica.

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