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Cinco de Lisboa: No es culto a la muerte ni apología del delito

Lisboa-Cinco

Recordar a Sarkis, Setrag, Vatché, Ara y Simón es honrar el sacrificio extremo. Es ponerlos en el mismo nivel de heroicidad que Serop Aghpiur, Nigol Tumán, Kevork Chavush, Kristapor, Antranik y tantísimos otros como los héroes que participaron y dejaron sus vidas por la liberación de Artsaj o el querido Hampig Sassounian.

El comunicado del Ejército Revolucionario Armenio (ERA), grupo que se atribuyó la acción, señalaba lo siguiente: “Hemos decidido volar el edificio y quedar bajo sus escombros”. El texto agregaba que el acto “no se trató de un suicidio colectivo ni de una expresión de locura”. Después de precisar que durante varias décadas los armenios esperaron en vano la justicia internacional por la matanza perpetrada por Turquía o reacciones de las Naciones Unidas y de las grandes potencias, la nota aseguraba que habían llegado al convencimiento de que “sólo la lucha armada es el medio para asegurar la autodeterminación del pueblo armenio”, 27 de julio de 1983.

Para contextualizar el tema es necesario recordar que para esa época el concepto Genocidio Armenio o Causa Armenia era algo prácticamente desconocido por la opinión pública mundial. No se hablaba del tema en ningún ámbito ya sea periodístico, académico o diplomático fuera de la comunidad armenia con la excepción del primer reconocimiento internacional por parte de Uruguay en 1965 gracias a un intenso trabajo y a la visión de la Comisión Pro Causa Armenia del vecino país.

En este sentido, Juan Bedoian recordaba en una nota del 28 de julio de 1983 del diario Clarín que la última vez que el tema se había tratado y discutido en un organismo internacional había sido en 1978 a instancias de los Estados Unidos, Francia y la URSS, aunque sin éxito.

Leandro Despouy, que integró la Subcomisión de Expertos de la ONU que en aprobó la resolución de reconocimiento del Genocidio Armenio en 1985 escribió en otra nota en Clarín, que cuando debatían la aprobación del Informe Whitaker que hacía mención del Genocidio Armenio, uno de los argumentos que esgrimía la delegación turca para oponerse a su reconocimiento, era la posibilidad de que ese hecho estimulara acciones violentas de jóvenes armenios que se habían lanzado a hacer justicia por mano propia contra diplomáticos turcos. “Sin embargo, continúa Despouy, esto no fue así y luego de la histórica sesión en la que se aprobó, no se registró un solo atentado terrorista por parte de la Diáspora armenia”.

La toma y posterior voladura de la embajada turca en Lisboa se produjo a los seis días del brutal e indiscriminado atentado por medio de una bomba que el ESALA (Ejército Secreto para la Liberación de Armenia) había realizado en el aeropuerto francés de Orly con un saldo de siete muertos y una decena de heridos. Las características entre esta organización armada y la que se atribuyó la acción en Lisboa eran bien marcadas.

Un informe de un ex director de la CIA publicado por “The Washington Post” revelaba que para ese organismo el ESALA era de extracción “marxista y por ende internacionalista”. Se destacaba que “no dudaban en matar espectadores que no eran turcos que se encontraban próximos a sus blancos” y que “preferían las bombas a los tiros”. El informe remarcaba también que los expertos en lucha contra el terrorismo hablaban con respeto de un segundo grupo conocido como Comando de Justiciero del Genocidio Armenio (CJGA) que, siempre según dicho informe, gozaba de mayor consenso dentro de las comunidades armenias”. El Ejército Revolucionario Armenio fue el predecesor del CJGA.

Quizás muchos piensen, con o sin razón, que el fin nunca justifica los medios pero creo que nadie puede negar que este es un caso especial y singular que, sin dudas, rompió el silencio impuesto en torno de la cuestión armenia.

Pablo Kendikian

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