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El futuro es hoy, pero muchos no lo notan

Hace pocos días Armenia celebró el 97º aniversario de su independencia. El 28 de Mayo de 1918 resultó el hito fundamental de nuestros esforzados predecesores para la creación de una joven república sueño de toda una nación ya casi en proceso de dispersión provocado por el genocidio perpetrado por el estado otomano-turco. Mientras decenas de miles de sobrevivientes luchaban por restablecer su vida en el rincón del mundo donde lograron refugiarse, otros tantos miles de compatriotas gestaban lo que hoy es la orgullosa patria de todos.

La vida transcurrió para todos, en el suelo propio transitando décadas de inexistente democracia pero, justo es reconocerlo también de recuperación tanto social como cultural. En la Diáspora se conjugaron la lucha por la supervivencia con la titánica tarea de defender nuestra milenaria identidad. Todos triunfamos en nuestros objetivos, Armenia recuperó su independencia y la Diáspora logró no sólo conservar sus raíces sino que se transformó tal vez en aquel lejano hermano mayor que de pronto consiguió establecer un vínculo más directo y fructífero con nuestra querida tierra.

Casi un cuarto de siglo después del 21 de Septiembre de 1991, Armenia debe atender varios frentes. El regional, donde su alianza con Rusia no termina de rendir los frutos que esperaban quienes impulsaron los últimos acuerdos económicos. La guerra, que amenaza latente desde Azerbaidján de la mano de un tirano que utiliza el conflicto para mantener un liderazgo cercano al sojuzgamiento de sus minorías. Y, tal vez la peor de las batallas, la que está perdiendo desde hace muchos años: la emigración de cientos y cientos de miles de compatriotas que se marchan en búsqueda de aquello que su patria no logra brindarles. Estas son realidades incontrastables que nadie puede discutir. La política suele ocultar sus derrotas y a veces consigue hacerlo, pero las consecuencias de esos errores caen en la espalda de un pueblo que no se merece ese maltrato.

En el caso de la dolorosa emigración que a todos nos preocupa, el gobierno se muestra demasiado indolente en generar aquellas condiciones sociales y laborales que logren detener una sangría demasiado evidente y dolorosa. Escribo estas líneas desde Armenia y puedo asegurar sin temor a equivocarme que gran parte de su población joven o no tan joven está pensando en dejar el país. En unos pocos días de permanencia recibimos muchas consultas sobre la posibilidad de emigrar a la Argentina que nos preocupamos por desalentar con firmes argumentos. El futuro de Armenia, esos hombres y mujeres que son la esperanza de alcanzar un cambio real, que deben ser los protagonistas del desarrollo que permita alcanzar metas sociales más elevadas, pronto estarán ausentes porque de un modo u otro engrosarán las filas del éxodo. Desde la Diáspora existen muchas e importantes iniciativas para asistir a un estado joven y urgido de tanta ayuda. Sin embargo, los esfuerzos para impedir esta desgraciada realidad no están a la vista.

Es perentorio que Gobierno y Diáspora inicien un diálogo en esta dirección para encontrar los medios necesarios que reviertan esta situación. Deben llegar inversiones para crear nuevos puestos de trabajo, pero también las autoridades deben establecer metas que no sean imposibles de alcanzar desde lo tributario y facilitar el ingreso de capitales destinados a ese efecto. Es sólo una idea, puede ser descabellada, pero al menos es una propuesta no tan difícil de considerar. El futuro es hoy, no hay más tiempo que perder.

Jorge Rubén Kazandjian

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