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La guerra entre Armenia y Azerbaidján: La historia de un refugiado

refugiados-armenios-nota-Observer“Pude ver una chica desnuda corriendo por el campo. Estaba actuando como una desquiciada, bailaba o algo así. Unos hombres la rodearon y comenzaron a golpearla con patadas y puñetazos. Se fueron y regresaron junto a ella, una y otra vez. Varias veces. Y siguieron golpeándola aún después de producirse su muerte. Creo que ya estaba muerta, lo vi con mis propios ojos”.

Este relato pertenece a Karén Matevosyan, un policía retirado que abre y cierra los puños y hace extraños movimientos con sus pies mientras habla con EUobserver en su casa de Stepanakert el lunes 20 de febrero pasado.

El incidente ocurrió hace 29 años, el 28 de febrero de 1988 en la ciudad de Sumgait, en la costa del mar Caspio, en lo que entonces era la República Soviética Socialista de Azerbaidján. Fue uno de los muchos hechos acaecidos en los pogromos contra los armenios que tuvieron lugar después de que el parlamento local de Nagorno-Karabagh votara separarse de Azerbaidján el 20 de febrero de ese mismo año.

Los acontecimientos que siguieron, en medio de la desintegración de la Unión Soviética provocaron la muerte de casi treinta mil personas y el desplazamiento de otras cientos de miles en una guerra que duró cuatro años. Las hostilidades se detuvieron en 1994, pero el llamado conflicto congelado aún persiste, con intercambio casi diario de disparos en la línea de contacto. La situación puede escalar en cualquier momento y desestabilizar el Cáucaso sur afectando las potencias regionales Rusia, Turquía e Irán.

El linchamiento de la mujer desnuda es la imagen central de su memoria de lo que Matevosyan denominó “tres días de infierno” y da una idea de por qué la reconciliación sigue siendo una tarea difícil de afrontar. “No puedo perdonar y olvidar lo que hicieron”, dice.

“La guerra de abril demostró que la situación no ha variado. Los azeríes siguen siendo asesinos y animales”, agregó el hombre haciendo referencia al ataque de Azerbaidján sobre Artsaj a principios de 2016, que se cobró la vida de dos centenares de personas en ambos lados de la frontera.

Matevosyan hace una pausa para secarse las lágrimas con una servilleta antes de seguir narrando el resto de su historia. Dijo que más tarde se enteró de sus vecinos que la mujer vivía en un edificio cercano al suyo propio.

“Ella tenía apenas 25 años de edad y era recién casada. Cuando comenzaron los pogromos se quiso ir, pero su esposo que era un atleta de Armenia, aseguró que la protegería, que él era el hombre de la casa por lo que ella no sufriría ningún daño. La turba llegó a su piso y la golpeó dándola por muerta, pero no lo estaba. Entonces la violaron y la arrastraron de los pelos por las escaleras desde el quinto piso hasta la planta baja y la tiraron en la calle. Cuando pudo, la mujer trató de correr, pero los bárbaros azeríes la persiguieron hasta finalmente matarla”, cuenta con dolor.

Tres días de infierno

Matevosyan presenció la lapidación desde las ventanas del cuarto piso de su edificio mientras se ocultaba junto a su esposa Aní y su pequeño hijo de un año de edad, Arkady. Hasta dos días antes todo era normal. Trabajaba en una planta eléctrica local y tenía “buenas relaciones” con sus amigos y vecinos azeríes”. Pero, dice: “Todo cambió el 26 de febrero”.

Cuenta que grupos de “asaltantes” aparecieron por las calles al grito de “muerte a los armenios”. Narra que hombres mayores y adolescentes, algunos de apenas unos quince años de edad, parecían afectados por las drogas o el alcohol atacando directamente a las viviendas, comercios y automóviles de los armenios.

“Debían tener listas porque sabían exactamente dónde encontrarnos. Fue todo preparado con antelación. Golpearon a los armenios en las calles. Tiraron sus pertenencias a través de las ventanas a la calle y les prendieron fuego”, dijo.

“Estábamos escondidos en nuestra casa esperando la muerte. No podíamos pedir ayuda porque las líneas telefónicas habían sido cortadas. Tenía que mantener la boca cerrada de mi hijo para que dejara de llorar porque teníamos miedo de que si hacía un ruido ellos nos encontrarían “, recuerda. El 29 de febrero un grupo de personas fuera de sí entró en su edificio y comenzó a tacar a los vecinos de los pisos segundo y tercero, pero los atacantes huyeran al ver que aparecieron soldados rusos que se dirigían a ellos para detenerlos en su ataque.

“Ese día estuvimos a minutos de perder la vida”, asegura Matevosyan, agregando que el convoy ruso compuesto de tanques y vehículos blindados “parecía haber salido de un film de guerra”. Los efectivos rusos los rescataron dejándoles algo de ropa para niños y alimentos para su familia, los trasladaron a un campamento situado fuera de la ciudad donde permanecieron hasta el 8 de marzo.

El teniente general ruso Krayev

Matevosyan dice recordar vívidamente el rostro y las palabras del teniente general ruso Krayev que le dijo: “Como soldado, estoy instruido para decirle que la situación está en calma y que puede volverse a casa, pero como ser humano, después de ver toda esa sangre sobre el asfalto, debo decirle que no me quedaría aquí un minuto más porque la situación podría cambiar de nuevo”.

Karén y los suyos regresaron a su vivienda, recogieron lo que podían cargar y tomaron el tren de Bakú a Stepanakert, ciudad donde había nacido. Seis meses más tarde regresó a su piso de Sumgait por una última vez.

“Volví a la habitación en la que había crecido desde niño. Yo era un hombre, pero me senté en el suelo y comencé a llorar porque sabía que esa era la última vez que estaría allí. Lloré porque todo eso ocurrió sólo porque la sangre que corría en mis venas era armenia”, continúa.

Primero trabajó como constructor en Stepanakert, en la edificación del barrio de refugiados donde vive. Luego se integró a las fuerzas policiales. A pesar de los esporádicos enfrentamientos en la línea de contacto, que se encuentra aproximadamente a una hora de distancia, su vida diaria es una vez más normal.

El hombre mira por televisión el partido entre Real Madrid y el Manchester United y pasa el tiempo con su nieta Elena de dos años de edad. Bromea diciendo que no le gusta el Barcelona.

Cuando le preguntamos si se sentía piedad por los civiles azeríes que también perdieron sus vidas en los acontecimientos de hace treinta años, dijo: “Por supuesto que me siento lástima. Es humano, pero “ese día cuando escapamos, mi único pensamiento cada vez que veía a alguien azerí era que querer matarlo.

“Haz lo que quieras”

Matevosyan, que sirvió como soldado en la guerra de 1990, recordó que un día sus compañeros de tropa capturaron diez combatientes enemigos. “Los trajeron a mí, porque sabían que yo era de Sumgait, y me dijeron que podía hacer lo que quisiera con ellos, pero cuando los miré, entendí que no podía hacer nada”, indica. Asegura que la guerra nunca fue una guerra “entre ambos pueblos”.

“En la época soviética, fuimos sido amigos y aliados. No creo que el pueblo azerí quiera la guerra una guerra y creo que tampoco quieren Artsaj”, declara convencido. “Es el estado de Azerbaidján el que quiere esta guerra por alguna razón política”, asegura.

Las vías férreas entre Bakú y Stepanakert están ya oxidadas, pero siguen en su sitio. No se han utilizado por más de un cuarto de siglo.

Matevosyan dijo estar convencido que en algún momento llegaría la paz hasta de Bakú lanzó el ataque de abril pasado. Ahora cree que ya no hay esperanzas de acuerdo.

Matevosyan dijo que había esperado que un acuerdo de paz vendría poco hasta Azerbaiyán lanzó su ataque en abril pasado, pero que ahora que la esperanza había sido “destruida”.

“¿Por qué es esto?”

Al encender la televisión puede verse que también se sintonizan música y novelas azeríes. “Nosotros podemos verlas, pero el pueblo azerí no puede ver nuestras transmisiones o escuchar nuestra música. ¿Cuál es el motivo de esto?”, se pregunta.

Cuenta que recientemente hizo contacto con algunos de sus amigos de la escuela a través de Internet. Entre ellos hay azeríes, armenios, judíos y hasta rusos. Varios de ellos viven ahora en Estados Unidos Europa o Rusia y están dispuestos a charlar sobre los viejos tiempos.

“Uno de ellos vive en Bakú. Lo encontré y charlamos durante dos días. Peri en un momento me dijo: “Lo siento, no puedo estar más en contacto contigo porque es muy peligroso hablar con un armenio”, dice el hombre.

A su esposa Aní le sucedió lo mismo al contactarse con algunas de sus anteriores relaciones a través de la web. “¿Por qué es esto?”, se pregunta una vez más Matevosyan.

Andrew Rettman

EUobserver

 

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