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La vida construyendo

En memoria de Juan Racubian

Juan-rACUBIANNacer, crecer y morir. La vida tiene estas cosas. Circunstancias que no se pueden evitar y asumiéndolo con más o menos resistencia, hay que terminar aceptando lo que la naturaleza propone desde el minuto cero.

Lo que se enuncia más arriba parece tan cierto como irrefutable, sin embargo mitigar el dolor de la desaparición física, es un extremo que los humanos  ponemos en práctica  para cerrar la herida de la pérdida, buscando refugio allí donde  se encuentra algún consuelo. Así los amigos, la familia, la religión, los recuerdos y las instituciones suelen convertirse en un lugar amigable donde el dolor, sin desaparecer, puede ser más llevadero.

Hace cuarenta días, Juan Racubian,-mi tío-, de profesión comerciante, más precisamente constructor, se nos fue. A los 93 años dejó de respirar. Una vida activa. Una persona que vivió planteándose nuevos desafíos cada día y haciendo lo necesario para llegar a ellos. Allí donde estuvo, hubo una propuesta, un diálogo, una comunicación, un puente…

Podría comenzar haciendo hincapié en la relación con su familia, de su particular virtud de saber determinar el punto de encuentro con cada una de las franjas etarias, y desde allí, generar un vínculo inigualable con ellos. Podría continuar con sus logros comerciales, desde muy chico, supo abrazar el trabajo como una constante hasta sus últimos días,  la vida lo vio crecer a partir de las carencias de su hogar y también fue testigo de su progreso, supo levantarse después de cada traspié, cultivando siempre un perfil bajo y su herramienta más destacada, la lucidez. Su vida social fue también intensa, siempre cercano a sus amigos, para acompañarlos en los malos momentos y como era su costumbre, para celebrar en los buenos, alrededor de una mesa grande donde la comida y el buen vino nunca escasearon.

El enguer (compañero) Juan Racubian, quien desde hace unos años ya no frecuentaba la vida comunitaria, había dejado su legado. Particular habilidad supo tener el enguer, la construcción de edificios en la vida comercial y la construcción en el sentido más amplio en lo que respecta a lo institucional. Eligió siempre el arte de construir, entendiendo esto como un conjunto de acciones relacionadas y sostenidas en el tiempo que permite llegar a un producto terminado y deseado.

Desde muy joven fue dirigente de la Federación Revolucionaria Armenia, se preocupó y se ocupó de las instituciones educativas, su aporte fue fundamental para el crecimiento del Colegio Jrimian, del Instituto San Gregorio y de la Institución Administrativa de la Iglesia Armenia. En distintos momentos de su vida militante, fue artífice de logros que para muchos eran imposibles…

Sus obras y sus gestiones exitosas en este país y fuera de él, nos han dejado un legado  inmenso, me atrevería a decir que muchas de ellas merecen estar recopiladas en un libro, emprendimiento que por su humildad, nunca quiso promover.

Incansable “ingeniero” que tendió puentes en todas las direcciones para encontrar coincidencias en la colectividad y desde ese punto en común acordar, poniendo en marcha y ejecutando innumerables proyectos. Un privilegiado con la sabiduría de entender cuando era el momento oportuno para pensar, para hablar y para actuar. Un trabajador incansable que interpretó la realidad como pocos, herramienta que le permitió transitar la vida con la precisión de un equilibrista.

Las construcciones edilicias comunitarias que caracterizaron a una generación de la que mi tío formo parte, aun hoy merecen el asombro de propios y extraños. La sede Eduardo Seferian de la Asociación Cultural Armenia es una muestra de ello, sin embargo, a mi criterio, es central poner de resalto un valor que el enguer Juan Racubian puso en práctica por todos los caminos por donde transitó. Probablemente la influencia de Simón Vratzian, quien fuera el Primer Ministro de Armenia en el año 1920, el líder que fue su faro y con quien trabajó incansablemente durante su estadía en Argentina, haya sido quien forjó en él, esa virtud que potenció notoriamente todas sus habilidades, sus obras y sus logros.

La lealtad. Eso que se pregona con mucha facilidad, que a menudo queda devaluado por tanto vértigo que se le imprime a la vida. Eso que se hace evidente, que está o no está en momentos críticos, en situaciones complejas, y allí, en esos eventos es donde se manifiesta. Así lo entendió y lo practicó el enguer Juan. Si muchos de sus compañeros de esa generación de constructores, a quienes se les reconoce conducir esa gran tarea, hubieran entendido ese valor, seguramente la armenidad en estas orillas hubiera cosechado más cantidad de proyectos exitosos. 

A menudo las instituciones demandan a sus bases y dirigentes, más y más, entre otras cosas la energía, la capacidad y el tiempo. Mi tío hizo todo lo que tenía que hacer. La comunidad armenia lo vio siempre muy activo y positivo, tan activo y positivo hasta cuando decidió dar un paso al costado para dar espacio a las nuevas generaciones. Tuvo la grandeza y la capacidad de entender los tiempos y las situaciones. No dudó en seguir contribuyendo y construyendo desde el silencio y alejado de los cargos jerárquicos.

Vivir con su recuerdo y con su ejemplo a veces resulta  un remedio eficaz para atenuar el dolor de la pérdida.

El Arzobispo Kissag Mouradian en ocasión de la despedida del enguer, manifestaba: “La colectividad armenia necesita contar con más dirigentes como Juan Racubian…”.

Muy cierto, la colectividad necesita dirigentes con su capacidad y sus valores.

Miguel Racubian

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