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Miguel Harutiunian: “Es muy importante que exista IARA y trabajar con todas las instituciones”

Miguel Harutiunian es un ingeniero que llegó de Armenia a los 21 años. Presidente de la Unión Industrial de Tigre, vicepresidente en América Latina de Armenian Trade Network y la Cámara Argentino-Armenia, presidente de Edelflex, Harutiunian llegó a Argentina en 1994 y logró montar una empresa multinacional en Argentina con motor armenio.

—¿Cómo llegó a vivir en Argentina?

—En 1990 cuando Armenia todavía formaba parte de la Unión Soviética, a mi padre le ofrecieron un contrato en Cuba. Él era contador y la empresa donde trabajaba hacía oleoductos y gasoductos. Estuvo trabajando ahí y antes de que terminara su contrato nos fuimos dos meses de vacaciones con la familia. Así aprendí el castellano. Ya hablaba armenio, ruso, alemán e inglés. Me quedé enamorado de la cultura latina que era tan distinta a la armenia. Tal es así que al poco tiempo pusimos armar el “Club de los amantes del idioma español” en Ereván. Ahí organizábamos veladas dedicadas a la cultura española, García Lorca, el flamenco, Cervantes y conseguimos profesores que nos daban clases. Cuando cae la Unión Soviética, yo estaba estudiando Ingeniería en Industria Láctea y me faltaban tres años para recibirme. Pensé en terminar los estudios e ir a España, pero con todo el camino tortuoso que significaba la economía en ese momento, muchos salieron de los países de la ex Unión Soviética hacia Europa Occidental. En 1994, cuando me recibí me di cuenta que los europeos estaban queriendo frenar la ola migratoria y había más dificultad para conseguir trabajo y radicarse. Simultáneamente, Argentina estaba en una situación interesante con el uno a uno, primera presidencia de Menem y privatización. Entonces entre las dificultades de Europa y Argentina con esa situación, sumado a que mi especialidad pegaba muy bien con un país agrario y con comunidad armenia, decidí venir.

—¿Cómo fueron los primeros tiempos en Argentina?

—Tenía 21 años, recién recibido y no conocía a nadie. Llegué el 19 de septiembre de 1994 con 900 dólares en el bolsillo, que eran 900 pesos, y muchas ganas de hacer algo. Fui al Centro Armenio, a la Iglesia y noté cierta frialdad. Pero en esa época había una suerte de desconocimiento sobre nosotros en la diáspora y viceversa. Al principio fue un choque y había un poco de prejuicio porque somos bastante diferentes. La diáspora tenía una admiración muy grande por Armenia que nosotros no. Ellos querían visitar Armenia y nosotros nos queríamos escapar de ese país que se caía. Conocía una mujer de la Iglesia Evangélica Armenia “Santísima Trinidad” y a los tres días de haber llegado me invitó a ir. Me presentó a un armenio que tenía una fábrica donde podía trabajar y vivir. En ese momento estaba viviendo en un hotel familiar en Palermo que pagaba 200 dólares por mes. Viajé dos horas hasta la fábrica y empecé a trabajar 12 horas por día a 1,60 por hora. No me dejaban sentarme ni escuchar música mientras todos lo hacían, después me pidieron que trabajase 14 horas pero no me daban una respuesta con respecto al espacio para vivir. Llegué a la conclusión de que no querían que estuviera ahí.

Tras esa experiencia conocí a otro haiastantzi que tenía unos 40 años, no hablaba casi español pero tenía algo de plata. Yo hablaba español pero no tenía plata asique nos compensamos. Pusimos una verdulería en Vicente López gracias a unos armenios conocidos que nos ayudaron con la garantía. El negocio no duró mucho porque no teníamos transporte para hacer las compras ni heladera para conservarla. Al tiempo me fui a trabajar de noche a un restaurant en Palermo. Los que lo estaban manejando eran de la banda Sardarabad y el fin de semana tocaba con ellos en la orquesta. Así pude alquilar un departamento en Belgrano, solo con mi palabra porque no tenía garantía. Me mudé con mi hermano y mi novia de ese momento. Durante el día trabajaba en Libertad vendiendo impresiones de calidad y a la noche en el restaurant. En 1996 tuve mi documento y en septiembre de ese año logré entrar en una empresa alemana de mi especialidad. Después de ocho años, en el 2004, la misma empresa me ofreció separarme y representar una de sus divisiones. Es ahí cuando formé Edelflex. “Edel” en alemán significa noble y “flex” viene de ser flexible: adaptarse al cliente. Es una multinacional argentina con motor armenio.

Un objeto. El pasaporte soviético significa para mí poder entender cómo era vivir en Armenia bajo el régimen comunista tanto para las cosas muy negativas como algunas positivas. Eso enriqueció la posibilidad de ver el mundo desde una perspectiva más amplia y poder desarrollar una capacidad especial de adaptación.

—¿Pensó en volver a Armenia?

—Quizás en el 2001… Aunque no pensaba en volver porque Armenia es un país chico con una economía chica. A medida que pasan los años me doy cuenta de que hay muchas cosas de acá que nos quejamos pero en Armenia no existen. Allá tengo un montón de familiares y eso tira. No descarto esa posibilidad pero más adelante, todavía tengo que hacer cosas acá. He pensado en abrir una sucursal de mi empresa en Armenia.

—¿Cuál es su visión de la comunidad armenia?

—La primera impresión de la colectividad fue un poco fría y distante, a pesar de que hubo gente que nos ayudó. Hoy hay mucha más madurez e integración. Igualmente debo ser el único que está participando activamente de la comunidad armenia. Formo parte de IARA y soy vicepresidente de la Cámara Argentino-Armenia. Cuesta bastante integrarlos, sobretodo a los que llegaron en el último tiempo. Hace seis o siete años estaba bastante fuera de la comunidad. Pero con el paso del tiempo me di cuenta que eso no está bien y sentí la necesidad de aportar de mi parte. Creo que el hecho que exista IARA y poder juntar en una mesa a representantes de tantas instituciones de Argentina es muy importante. Creo que tenemos mucho para hacer como comunidad pero también debemos estar orgullosos de lo que ya está logrado. Uno hace de su parte lo que puede.

—¿Cómo ve la actualidad de Armenia?

—A través de la Armenian Trade Network intentamos generar negocios entre países y con Armenia pero cuesta muchísimo. Yo creo que el gobierno anterior fue un desastre y corrupto. Pero me encantó el ánimo que tuvo la gente en la Revolución de Terciopelo de salir a luchar y la fe que tuvieron. Creo que el futuro de Armenia va a ser mejor, aunque el camino no va a ser fácil. El rol de la diáspora es fundamental, no solo por las donaciones sino también en la participación de toma de decisiones ya sea en el gobierno, en negocios, industria, tecnología o en turismo. Hay que seguir creciendo y luchando no solo en la cuestión del genocidio.

—Su visión de Artsaj.

—Todos queremos que Artsaj pase a ser parte del territorio armenio y eso sería justo. Pero hay un montón de cuestiones políticas que condicionan. El mundo no está preparado para reconocer a un territorio por cuestiones de autodeterminación porque hay pocos antecedentes. A Azerbaiyán le conviene que este conflicto siga latente. Creo que las personalidades armenias del mundo junto a la diáspora unida pueden darle mucho apoyo. Veo un avance positivo en ese sentido.

Sofía Zanikian
Periodista
sofi.zanikian@outlook.com

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