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Natula en viaje: “La música te traslada… a Armenia”

nati-y-compañeros-de-viajeYa pasó una semana de mi regreso de Karabagh, y a medida que pasaban los días me preguntaba… ¿Qué pasará de interesante esta semana para conmover a los lectores? ¿De qué sentimientos o novedades les voy a hablar? Y pasaban los días y me convencía de que esta semana no habría crónica… pero aquí estoy, sábado a la noche escribiendo la nota.

Podría empezar por contarles que siempre tuve una relación muy particular con la música. Me refiero al concepto de música como compañera. Hace años que mi alarma está conectada a mi equipo de música, por lo tanto la música adquiere la responsabilidad de despertarme cuando empieza a sonar el CD que prepare para dicha ocasión. Generalmente el mismo CD con el que concilié el sueño la noche anterior.

La música me acompaña vaya a donde vaya, camina conmigo, pedalea conmigo, viaja en colectivo, en subte y estoy convencida de que va musicalizando mi vida a cada instante y me gusta que así sea. Y he escuchado reiteradas veces la frase, “la música nos traslada”… y eso es un gran poder que debe saber aprovecharse.

A lo largo de esta semana la música y su magia se hicieron presentes y de esto les quiero hablar.

El martes pasado nos juntamos a comer por motivo de la despedida de una de las voluntarias. La cita era en una especie de taberna, en un subsuelo, del que ya me habían advertido… “te va a gustar, porque cantan en vivo y se puede bailar”. Al llegar, comencé a bajar los escalones y los acordes que se escuchaban del subsuelo fueron dándole movimiento a mi andar. Un dhol, un duduk, (instrumentos típicos armenios que hacen bailar a cualquiera) y dos cantantes, musicalizaban la cena, y se volvió inevitable conformar una ronda y salir a bailar.

Mi alegría al poder bailar armenio (por primera vez desde que llegué) fue aumentando cuando me confirmaron que al día siguiente comenzaríamos los ensayos de baile. Sí, unos voluntarios averiguaron sobre un grupo que tiene su propio conjunto de danzas con el que realizan presentaciones, pero a su vez una o dos veces por semana, dan clases para aquellos, que necesitamos entrar en ritmo nuevamente.

Y comenzó el miércoles, y al igual que en Buenos Aires, ya caída la tarde, me junté con los otros cuatro voluntarios que también tenían intenciones de tomar clases, y partimos rumbo al ensayo.

“Tamzará, Kocharí, Iargushtá… estos pasos me suenan conocidos…..y esta música la tengo grabada en mi mente” y evidentemente en mis pies, que pudieron seguir rápidamente los pasos que explicaba el profesor… y esa música me trasladó automáticamente a mis martes y viernes de ensayo con Nairí, a mis profesores y a mis compañeros. Al cansancio de la semana, pero el placer por bailar. Y no podía evitar sonreír, tal vez exageradamente, pero cada acorde vibraba en mí y necesitaba compartir esa emoción, pero sabía que nadie podría entenderla en ese lugar, por lo tanto la guardé para después.

Al salir de allí, fuimos a tomar algo a un bar repleto de turistas, al que solemos ir, pero nunca nos había deslumbrado musicalmente como ese día. Evidentemente el Dj había decidido utilizar la opción de “reproducción aleatoria”, permitiéndonos viajar por películas históricas, bailar un rock and roll, deleitarnos con los Beatles y hasta emocionarnos con la inigualable voz de Edith Piaf antes de volvernos a casa. Y la música otra vez brindando su magia.

Les confieso además, que hace ya varios días, salgo de casa con los auriculares puestos y con la reproducción aleatoria que me permite sorprenderme con el tema que venga. (al igual que en Buenos Aires) Y así mientras camino por las calles de Ereván, estoy un poco en mi ciudad, y es inevitable cantar en voz alta, y es inevitable que algún peatón me mire raro….

Y llegó el sábado, y nos fuimos de excursión organizada por Birthright, y para seguir dándole letra a mi crónica, comenzaron a repartirnos cancioneros (y yo que pensaba que solo los scouts hacíamos eso), y el estéreo de la combi cantaban esos temas.

Canciones clásicas, de héroes armenios, de batallas, de amor, patrióticas, todas conocidas, y no pude trasladarme a un sólo lugar, estaba en miles de sitios a la vez. Estaba en los años del primario aprendiendo cada una de esas canciones, sin saber tan bien lo que decían, o a las funciones de baile, o a mi casa algún domingo por la mañana, donde mi papá sintonizaba la audición armenia y de fondo nos musicalizaban la mañana.

Pero esta vez era diferente. Esta vez el significado de las canciones era otra, la tierra donde la escuchaba era la de los protagonistas, de los escritores y de los compositores.

Vuelvo a confirmar que la música es mágica. Estoy acá y estoy allá. Estoy viajando en un micro, y en mi mente viajo por muchos años de mi vida. Así que hoy les aconsejo elegir algún tema, de algún CD que hace rato no escuchan, y vuelvan a viajar a donde sus melodías los lleven. Y déjense sorprender por esa capacidad única que se puede alcanzar cuando nuestros sentidos están bien despiertos.

Hasta la próxima crónica.

Natali Kevorkian

Ereván

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