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Noches de teatro

Reminiscencias

Teatro-armenioEn los años ‘50 ir de La Plata a Buenos Aires, siempre fue una experiencia gratificante, sobre todo cuando el programa incluía alguna función teatral en el Salón Centro Armenio.

Con mis escasos seis o siete años, junto a mi hermana nos corríamos hasta la esquina de 4 y 34 – apenas a unos metros del umbral de casa- para esperar que llegase mi padre que volvía del trabajo en el tranvía.

Esa rutina se repetía invariablemente los días sábados al mediodía, porque el Billiken que aparecía los lunes, llegaba a La Plata dos días antes  para su distribución, y nosotros  esperábamos con ansiedad que papá lo trajera.

Mamá nos esperaba con el  almuerzo y después de una corta siesta, a eso de las seis de la tarde, nos preparaba y con los zapatos bien lustrados emprendíamos el tan esperado viaje.

En los días previos un aviso encabezando la página tres del Diario Armenia anunciaba las actuaciones de un grupo teatral que generalmente ofrecía comedias, y a veces obras dramáticas de autores clásicos traducidos al idioma armenio.  

El tranvía nos dejaba en la puerta de la estación del Roca. Mientras nos acomodábamos en aquellos vagones de madera con asientos de cuero, veíamos desde la ventanilla cómo iba quedando atrás el tinglado de la estación lleno de humo y vapor que vomitaba la locomotora.

En un poco más de una hora llegábamos a Constitución, y después con el 151, cerca de las nueve de la noche bajábamos en la esquina de Córdoba y Acevedo.

El empedrado apenas iluminado de esa cuadra y media que  separaba  la parada del ómnibus de la entrada de la Catedral Armenia, discurría entre casas bajas, árboles añosos y muy pocos autos.

La imponente reja iluminada con los faroles esféricos de opalina que cubre la entrada se abre ante la llegada de un público bullicioso que pugna por alcanzar la boletería y conseguir un lugar en la platea, donde las sillas agrupadas en filas de diez y atornilladas con un madero transversal en el respaldo, se van poblando de impacientes espectadores. Los más rezagados optan por los palcos del primer piso desde donde otear  el espectáculo en grupos de cuatro.

Las luces de la enorme araña se atenúan. Los pasillos laterales se oscurecen y el enorme telón bordó comienza a abrirse  lentamente. Una escenografía bastante austera y artesanal le da marco a la obra.

Con un telón de fondo pintado, donde se alterna  algún paisaje campestre con la ventana de una cocina o el living de la casa aquellos artistas vocacionales llenaban de risas ese emblemático salón.

La pareja estelar integrada por Azniv Khadarian y Garo Kalikian junto a Astur Astourian- de gruesos bigotes teñidos de amarillo por el humo inseparable de su pipa- transitaban con esmero aquellas tablas, donde había lugar para el apuntador metido en una fosa en el centro del escenario, tapado por un cobertor semiesférico  de madera donde con letras góticas se leían las siglas C. A.

Así durante aquellos años de estado de bienestar, en que la colectividad en pleno asistía a los espectáculos que se ofrecían en aquel salón, estos artistas  hacían gala de su histrionismo derrochando risas y emociones en esas memorables noches de teatro.

Con Azniv Khadarian teníamos una relación casi familiar, y aunque no había lazos de sangre, le decíamos “tía Azniv”. Hace un tiempo la recordaba cuando charlando con su hija María Rosa rememorábamos aquellos días de auténtica felicidad.

Nunca olvidaré aquella escena donde ella entra en la cocina y mientras  bebe un vaso de naranjada, detrás de ella ingresa Garó Kalikian buscando un vaso donde había recogido una muestra de orina para llevar al laboratorio. Obviamente se trataba del mismo vaso. No es difícil imaginar cómo siguió la desopilante escena.

Hace ya más de cuarenta años que esta mujer de simpatía desbordante nos abandonó prematuramente. Sin embargo su recuerdo permanece imborrable entre los que tuvimos la dicha de conocerla.

Con Astourian el vínculo era por el origen del pueblo de donde provenían, tanto mi familia como la de él eran de Aintab, y estimo que se conocían desde entonces. Garo Kalikian además de actor fue socio fundador  y miembro de la primera Comisión Directiva local de HOMENETMEN.

La lista de actores seguramente es mucho más extensa, pero a tantos años de distancia la memoria va desdibujando los nombres de aquellos que con la convicción de defender la cultura armenia participaban de ese proyecto teatral.

Sin embargo, gracias a un hallazgo fortuito de un Anuario de 1943 redactado por Ashot Arzruní, rescato desde sus hojas amarillentas algunos nombres y fotografías que acompañan esta nota.

Aún a riesgo de omitir algunos, los incluyo como un postrer homenaje hacia  los que desde el teatro mantuvieron vivo el idioma y el arte armenio: Garo Jachiguian, Arus Vartabedian, Onnig, Armenuhí y Arturo Hovannessian, Hamesd Terlemezian, Melkon Vartevanian, Kaiadjan Kaiadjanian, Ieprax Astourian y muchos otros que seguramente habrán sumado pasión, entusiasmo y amor a la tarea teatral de aquellos años.

El intervalo que se generaba entre los actos, permitía a los asistentes reunirse en el amplio buffet del primer piso, donde en alegre tertulia mientras se comentaban los tramos risueños de la obra, se compartía algún café, una “Bidú” o una cerveza Palermo.

La noche avanza y el espectáculo entre aplausos y vítores llega a su fin. Las sillas se amontonan en los costados y liberan el centro del salón para dar paso a la sección bailable.

Los ritmos de moda como el foxtrot y  el chachachá se entremezclan con los compases del dos por cuatro local. A veces con grabaciones y otras con orquestas en vivo, y mientras los chicos juegan entre los bailarines y se hace la hora del regreso, algunas parejas bajo la atenta mirada de las madres, comienzan un romance que algún tiempo después las convertirían en familia.

Hoy los tiempos han cambiado. La sociedad se transformó. Las angustias económicas le han quitado lugar al disfrute social. Ya no están las charlas de regreso en el colectivo o el tranvía. Ahora cada uno monta su vehículo y desaparece. Aunque creo que esas voces y esas risas siguen ahí esperando que alguien vaya y las descubra. Sólo hay que cerrar los ojos en medio del salón e imaginar.

En el refugio de la Avda. Córdoba y Acevedo el tranvía 97 nos devuelve a la estación de tren donde esperamos el primer servicio del domingo a las cuatro de la mañana, mientras dormitamos en el andén desierto, para llegar a La Plata con las luces del amanecer.

Edgardo Kevorkian

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