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18/04/2012 Aumentar el tamao del texto Disminuir el tamao del texto Enviar la nota por email Imprimir
Historia
Un armenio en el Titanic: Un escape providencial
A un siglo de su naufragio

Nshán Krikorian tenía apenas veinte años cuando su padre lo instó a emigrar desde el oeste de Armenia y comenzar una nueva vida lejos a través del Océano Atlántico. Miles de armenios hacían lo mismo, en un intento por escapar de la creciente violencia y la persecución a manos de los turcos de la época otomana. Así, Krikorian huyó atravesando Europa y comprando un billete de tercera clase en lo que resultaría un viaje fatal al océano.

“Su padre le dijo que dejara el país y buscara una nueva vida en Canadá, para luego llevar a sus hermanos”, relata el nieto de Krikorian, Van Solomonian. “Él tenía dos hermanos más jóvenes que se quedaron atrás. Mi abuelo reunió a cuatro compatriotas de la Armenia histórica en el área que él vivía, que era Keghi. Llegaron a Francia en Cherbourg y el destino los llevó al Titanic”.

Krikorian fue uno de los más de setecientos pasajeros de tercera clase a bordo del viaje inaugural del famoso transatlántico. Los inmigrantes procedentes de las Islas Británicas, Escandinavia, Europa del Este y Oriente Medio pagaron el equivalente a mil dólares por un billete de tercera clase, que les daba derecho a dormir en cuartos modestos y comidas en el comedor de tercera clase para la duración de lo que iba a ser un viaje de una semana.

“Un estremecimiento y un ruido sordo”

Pero las cosas empeoraron cinco días después del inicio del viaje. Cerca de la medianoche el 14 de abril, el buque chocó contra un iceberg en el Atlántico Norte y poco a poco comenzó a hundirse. De acuerdo con Solomonian, su abuelo y algunos de sus compañeros de tercera clase habían empezado una partida de cartas cuando escucharon “un estremecimiento y un ruido sordo”.

“Él sabía que algo había sucedido, pero no sabía muy bien qué”, dice Solomonian. “El problema con los pasajeros de tercera clase era que estaban encerrados, ya que en los reglamentos del momento requerían que a los pasajeros de tercera clase se los aísle de la primera y segunda clase. Él y algunos otros hombres tuvieron que romper una cerradura para llegar hasta los pisos superiores. Mi abuelo terminó en el bote diez. El barco estaba siendo bajado y él literalmente saltó por la borda y básicamente, se salió con la suya”.

Muchos pasajeros de tercera clase no fueron tan afortunados. Más de dos tercios de los poseedores de boletos de tercera clase se hundieron con el barco, muchos de ellos porque no pudieron llegar a las cubiertas superiores. De las aproximadamente dos mil doscientas personas a bordo, sólo setecientas sobrevivieron, la mayoría de ellos viajeros de primera y segunda clase. Krikorian finalmente se dirigió a Canadá, estableciéndose en la ciudad de St. Catherine, en Ontario.

Él nunca olvidó el horror

Como trabajador metalúrgico en la planta local de General Motors, ganó el dinero suficiente para honrar el deseo de su padre de llevar a sus hermanos menores a Canadá y ayudó a fundar la Iglesia armenia de la ciudad, la primera de su tipo en el país. Su lugar de descanso final fue en St. Catharine´s, Ontario.

Solomonian explicó que es posible que los hermanos de su abuelo se enteraran de su terrible experiencia en el “Titanic”, una vez que habían llegado a Canadá. Cuando Krikorian murió, a la edad de 89 años, uno de sus hermanos se quedó en su tumba, susurrando con gratitud por su ayuda para sacarlos de Keghi.

Solomonian, que creció en St. Catherine y ahora habita en Toronto, recuerda a su abuelo como un hombre tranquilo, que hablaba poco inglés. Krikorian rara vez hablaba de sus experiencias en el “Titanic”. Solomonian recuerda haber oído sólo fragmentos breves de los recuerdos de su abuelo sobre los pasajeros desesperados pidiendo ayuda a gritos y hundiéndose en las aguas heladas. Por eso está seguro que Krikorian nunca olvidó el horror de ese día.

“Él jamas volvió a subir a un barco en su vida”, aseguró Solomonian. “No nadaba. En St. Catherine tenían una bonita playa en el lago Ontario y cuando la familia iba allí de picnic, nunca, jamás, se metía al agua. Supongo que eso habla del trauma que vivió. Él nunca superó ese miedo”.

Daisy Sindelar
RFE/RL



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