Hay una película hermosa que se llama “Il Postino”. Más conocida como El Cartero de Neruda, esta basada en la historia que contó el escritor Antonio Skarmeta en “Ardiente Paciencia”. Pablo Neruda se exilia en una remota isla del sur italiano. Ahí conoce a Mario, un pobre hijo de pescador que es empleado en el correo para enviarle la correspondencia al flamante visitante del pueblo. La relación se va incrementando tímidamente entre el poeta y el humilde cartero, hasta que Mario conoce a Beatrice Russo. Es ahí cuando éste le pide ayuda a Don Pablo y aquel le suelta la frase “La poesía no pertenece a quien la escribe sino a quien la necesita”. Pero no es esta la frase que quiero destacar hoy. Un tiempo después Neruda recibe una carta y vuelve a Chile. Mario espera con ansias las cartas del poeta que no llegan y se consuela con seguir por los diarios los pasos del “poeta del pueblo”, o el “poeta del amor”, como a él le gusta llamarlo. Así es como lee una entrevista a un medio italiano, que ante la pregunta de si sentía nostalgia de sus días en Italia el escritor contesta: “La nostalgia es un sentimiento que guardo exclusivamente para mi patria, Chile”.
Tuve con Seván Kabakian, director de Birthright Armenia, mi entrevista de orientación allá por el mes de junio (como les conté en el capítulo uno de estas crónicas), cuando recién llegaba a Yerevan. Casi cuatro meses después de esa orientación, el 9 de octubre (dos días antes de dejar el país), tuve con Seván mi entrevista de despedida. En ella evaluó mi nivel de armenio. El incremento en el nivel del idioma armenio es una de las cláusulas que los voluntarios deben cumplir para ser reconocidos por el programa. Hablamos de mi lugar de trabajo. De mi familia en Gyumri. Del grupo de voluntarios y de mi experiencia en general.
Estaba tan conforme con lo vivido en esos tres fabulosos meses que no le pude decir nada cuando me preguntó que le cambiaría al programa. ¿Qué cosas no te gustaron? ¿Nada? ¿Seguro? A partir de allí la conversación se tornó una charla distendida, acerca de lo que había observado en el país durante los cuatro meses en los que había habitado su suelo. Mis conclusiones, las suyas. Mis opiniones, las de él. El rol de la diáspora y de cada uno de nosotros. Hablamos también de los afectos. Le conté acerca de la relación estrecha que habíamos entablado con el grupo de voluntarios de Gyumri. Le conté que la amistad que se había forjado era tan fuerte que seguíamos en contacto casi diario vía correo electrónico, teléfono o por correo y con posibilidad de reencuentros a corto plazo. Y no sé como, hablando de las nuevas amistades que hice en Armenia, terminé hablando de mis amigos en casa. De cómo los extrañaba, de lo que me esperaba cuando volviera, de planes a futuro.
Finalizando la conversación me hizo un comentario. Más bien me dio un consejo. Por un gesto que hizo con los ojos, me pareció que estábamos en un nivel de confianza especial. Me advirtió de algo que suele pasarle a los voluntarios cuando dejan Armenia y vuelven a sus rutinas cotidianas. Esto sólo pasaba (demostrado empíricamente) cuando la experiencia llevada a cabo es muy exitosa, como el creía (y yo compartía) que había sido la mía.
Resultaba que una vez en sus hogares, esos jóvenes trataban de hacer comprender a sus amistades y a su familia y entorno lo que ellos habían experimentado en Hayasdán y aparentemente no lo lograban. No lo lograban al menos al punto de éxtasis o entusiasmo que a ellos les generaba en primera persona y eso les provocaba un malestar. Un desentendimiento entre lo que había sido de ellos antes y lo que eran después. Concluyó con un “es normal, no te preocupes si te pasa a vos también, date tiempo”. Algo al final de esa frase me dice que a él también le pasó. O le sigue pasando.
Me quedó dando vuelta en la cabeza. ¿Qué pasa si cuando les cuento de Artsaj, a mi se me llenan los ojos de lágrimas y a ellos nada? ¿Y si no pueden entender como mi familia de Gyumri me adoptó como a uno más? Les voy a describir el gusto de los damascos, del reihan y del caviar. ¿Pero que pasará si no alcanza con imaginárselo? Les voy a describir las acuarelas de Sarian. ¿Pero si no las pueden ver? ¿Y si el frío de Djavajk no los hace tiritar y el pan de Aparan no los hace suspirar? ¿Qué hago?
Entonces fue cuando me decidí a pensar que estos meses de ensueño lo habían sido solo para mí. Nadie mas iba a poder entender lo que a me había pasado en Armenia. Les voy a contar, pero no van a entender. Que así como la experiencia es única, es imposible de transmitir.
Pero me equivoqué.
Desde que pisé suelo argentino en Ezeiza, las muestras de cariño son incontables. Los abrazos y besos son seguidos de “Parí egar” y de “Parí kalust” (bienvenido). Inmediatamente, un ¿cómo te fue? y un desesperado “contá”. Y les cuento. Y no me alcanzan las horas para contarles. Cena con la familia. Asado de bienvenida con amigos. Con quien se me siente enfrente, tomando un café, unos mates, una cerveza, un fernet o un Gatorade. En un auto yendo al club o a las sierras. Me siento y les cuento y me entienden. Se emocionan conmigo, se ríen, se les eriza la piel, se les llenan los ojos de lágrimas y se les hace agua la boca.
Nos hiciste estar allá con vos. Me hiciste emocionar. Me hiciste llorar. Te leímos todas las semanas. A mi la que mas me gustó fue esta o la otra. A mi me pasó lo mismo. Me diste ganas de ir. ¿Que puedo hacer yo allá?
No hubo día durante los más de cinco meses en los que estuve de viaje en que no pensara en mi familia, en mi casa, en mis amigos, en mi agump, en el club, en las calles de Buenos Aires, en mi lugar en el mundo, en mi gente. No hay día desde que volví, en que no piense en Emma y Nikolik, en mis nuevos amigos de todo el mundo, en Gyumri, en Shushí, en las calles de Yerevan, en mi lugar en el mundo, en mi gente.
Que lindo problemón. Para Neruda era más simple. Siento nostalgia sólo por Chile porque es mi patria. Punto. Los armenios la tenemos un poco mas complicada.
Los que me estuvieron siguiendo durante los últimos meses en esta columna, saben que me gusta enroscarme en metáforas media alocadas para darle vuelta a mi berretín semanal. Se me había ocurrido plantear esto de mis dos lugares en el mundo, mis dos “gentes” y a mí entre medio de ellas dos, como un equilibrista caminando por una cuerda floja, pero que se encuentra al ras del suelo. O sea, no hay riesgo. Si me caigo para un lado o para el otro, no pasa nada. Sigue todo igual. Pero la voy a descartar porque no me gusta la idea de que la soga en el suelo separa mis dos partes en dos hemisferios. No los conecta, sino que los separa. Y no es así. Mis dos lugares, mis dos gentes, tienen muchísimos puntos en común (aparte ahora son dos, pero en unos años pueden aparecer más).Y esos que no son comunes, estaría bueno que algún día lo sean. Así que vamos a necesitar de puentes.
Probemos mejor con una rayuela. Imagínense la forma dibujada con tiza en el suelo y a nosotros en frente de ella. Metamos en cada casillero, no números, sino los diferentes actores, cosas, lugares, sentimientos en los que se convirtieron mi mundo en el ocaso de este 2009. Al azar. Todos mezclados. Y empecemos a saltar. (Desde el vamos una empresa riesgosa). Salto de mis amigos del club a mi casa en Buenos Aires. De ahí, con Yanet, a la cocina de Emma en Gyumri para compartir la receta del Dolmá. Le digo chau a Nikolik y pego un salto a mi biblioteca. Saco un libro y se lo llevo a Aram, de Los Ángeles, en la otra punta. El me presta un disco, que se lo presto a un amigo no armenio, en el centro del dibujo. Nos juntamos todos en el casillero de la Causa Armenia en abril. En julio festejamos Vartevar a los baldazos en Kandsazar con mis hermanas y en septiembre, con los chicos de UJA, ayudamos a Sako con la cosecha de papas en Vachian. Vuelvo que empieza el cuatrimestre en la facultad. Salgo un rato y vuelvo a entrar. Total, en esta rayuela no hay cielo ni tierra.
Hace dos semanas que llegué a Buenos Aires. Hace seis que dejé Armenia. La dejé físicamente, pero no pasa momento en que no piense en ese pedazo de tierra y en lo que significa. No hay dudas de que esta experiencia me dejó muchos cambios. Estoy seguro que hay más de los que hasta ahora descubrí. El haber estado en contacto con ustedes mediante esta columna sin duda es una de las cosas mas grandes que me han pasado en la vida. El saber que algunos esperaban el diario cada semana para leerme me llena de una satisfacción enorme. El saber que gustó, movilizó sentimientos, causo alegrías y tristezas me hacen un hombre feliz.
Antes de viajar, cuando se me ocurrió este proyecto, tenia muchas dudas. ¿Voy a tener que decir? ¿Voy a saber como transmitirlo? ¿Voy a tener tiempo de escribir? ¿Puedo hacerlo? Y por suerte pude y encontré mis palabras. Me sentí inspirado por ese lugar maravilloso, esa gente grandiosa. Se me renovaban las fuerzas para seguir con este trabajo en cada mensaje que recibía desde ustedes, los lectores. No tengo palabras para agradecer al diario por permitirme publicar mis vivencias y menos aun para quienes confiaron en mí para que sea sus cinco sentidos en Armenia. Al menos mientras duró. Y por último, considero que mi viaje no terminó. Voy a ser lo posible y lo imposible para que la gente y los jóvenes que quieran hacer su experiencia personal, su viaje de autodescubrimiento a Hayasdán, lo hagan. Ahora les toca a ustedes. Espero leer muchas crónicas en el futuro. No hay nada que perder. No existe límite. Ni en la tierra, ni en el cielo.
Juan B. Karagueuzian
desdeelguiso@gmail.com
Epígrafe de la foto: Rayuela (sin cielo y sin tierra) dibujada con tiza en la entrada del Centro de Rehabilitación Lady Cox de Stepanagert, República de Nagorno Karabagh.