Noticias en idioma armenio

Shvanidzor: Recuerdos del pasado

Un antiguo pueblo del sur de Armenia

Shvanidzor

Ereván (Lillian Avedian para Hetq.am).- Me siento al otro lado de la mesa con un hombre anciano de pueblo, con la piel de su rostro cayendo por el peso de sus experiencias  y su cabello blanco en su cabeza.

Mueve sus dedos frenéticamente mientras continúa vociferando como lo ha hecho la última hora. Escucho atentamente, tratando desesperadamente de dar sentido a sus pensamientos confusos mientras intento lanzar una o dos preguntas propias, plan que rápidamente se frustra. Él ya ha decidido lo que quiere decir y yo solo sirvo como oyente.

“La mayoría de los turcos son animales. Cuando te enfrentas a un enemigo, que quiere destruirte, la única solución es tomar las armas y luchar”, gruñe. Continúa en esta línea, repitiendo las mismas ideas perturbadoras. Que los turcos son malvados y que su crueldad está incrustada en su composición genética. Que la única forma de enfrentar a las personas malvadas es eliminarlas. Que nunca aprendieron la cultura y la civilización de los armenios. Que la mayoría de los armenios son buenos, a excepción de unos pocos animales que también necesitan ser eliminados.

Me siento desconcertado por sus afirmaciones y trato de cambiar la conversación preguntando por su historia personal. Él me explica que sirvió en el ejército en Rusia en la década de 1970 y fue elegido jefe de la aldea de Shvanidzor desde 1988 hasta 1994. Dirigió el pueblo durante la guerra de Nagorno-Karabagh desde principios de los noventa, ubicando soldados armenios en las montañas con el fin de infundir miedo en el pueblo azerí que vivía allí, obligándolos a huir a Azerbaidján (según su relato). Después de terminar su mandato sirvió en el ejército en la frontera de 1994 a 2010.

“Más allá de cualquier cosa, lo que durará a lo largo de la historia es tu nombre”, afirma. Le aseguro que ha servido bien a su país, y que será recordado como un hombre honorable y patriota. Parece desesperado por probar su honor, para justificar todo lo que ha sacrificado en defensa de las fronteras armenias. Él amablemente acepta mis dichos, y espero que esto sea suficiente para pasar de tema.

Sin embargo, su recuerdo de su tiempo como servidor público y líder militar desata nuevamente su odio por el pueblo turco. Reanuda su discurso furioso, contra los turcos, los azeríes, los codiciosos y los poderosos. Se vuelve repetitivo, defendiendo sus años de servicio, su honor y su patriotismo.

Mientras habla, su esposa se une en la mesa (después de haber puesto café, chocolate y frutas). Por momentos ella intenta interponerse, apoyar sus puntos de vista con los suyos, se gritan uno sobre otro cuando él la detiene, proclamando en voz alta sus opiniones mientras descarta las de ella. En este punto me siento completamente incomoda por el intercambio y estoy segura que no sacaré nada si continúa de esta manera.

“¿Tienes alguna foto antigua de la familia?” Finalmente dejo de hablar, deseosa de salvar nuestra conversación. Su esposa corre al dormitorio y regresa con varios álbumes de fotos. Felizmente los hojea señalando viejas fotografías de ella, su esposo, de su boda y de sus hijos.

En este punto, la cara del anciano cambia. Su ceño endurecido se derrite, y sus ojos comienzan a brillar con el recuerdo de su juventud. Su esposa le muestra una foto suya de joven en los años setenta tocando un “dhol” con el pelo desaliñado que cubre sus ojos mientras ríe. Él me cuenta acerca de su amor por la música, señalando una foto de su padre y su suegro tocando instrumentos juntos y explicando que ambos eran autodidactas, como él. Observa una foto de su esposa en el día de su boda y sonríe, comentando sobre su belleza.

“Esos fueron los buenos viejos tiempos. Y ahora se han ido”, suspira. Hojeando los álbumes de fotos, me sorprende la abrumadora cantidad de fotos militares. Más de la mitad están compuestas de imágenes grupales de hombres en la frontera, de él posando con su uniforme o de ella con su vestimenta de cocinera militar. De sus dos hijos e hija con su propia ropa militar estacionados en sus puestos.

La anciana se va y regresa con una pila de certificados y premios a la familia por su servicio militar. Ella orgullosamente muestra cada uno. Me tomo el tiempo de mirarlos y alabar a la familia, a pesar de que están escritos en ruso y no puedo leer ninguno de ellos.

Al mirar las imágenes, notando el cambio de actitud del anciano, entiendo su enojo. Veo que cuando él se enfurece, ve ante sus ojos los disparos, la sangre y el humo que enfrentó todos los días en la frontera. Oye el sonido de disparos y los gemidos de los moribundos. Imagina a un enemigo del otro lado que produce esta incomprensible violencia y sufrimiento.

El hombre vive en sus recuerdos de conflicto y guerra, que están grabados en su mente incluso cuando camina por su tranquilo pueblo o se sienta en una mesa a beber café. No puede escapar del miedo que sentía como soldado y ahora vive con una furia constante. Ha sacrificado su juventud, familia y felicidad por el esfuerzo de la guerra que los soldados deben pagar.

Hablar con él me aclara las causas de gran parte de la retórica antiturca y racista, siempre presentes en la comunidad armenia, particularmente en este pequeño pueblo en el sur. Shvanidzor entrega a varios de sus muchachos cada año debido al servicio militar obligatorio. Cuando un pueblo debe sacrificar a su gente para una guerra que mata a muchos de sus jóvenes, es fácil culpar a los que han sido etiquetados como el enemigo durante décadas, que son anónimos y sin nombre, excepto cuando están disparando contra uno. El odio étnico emana y florece cuando la seguridad no está garantizada, y cuando las personas están obligadas a una guerra desatada por gobiernos lejanos.

La militarización de Shvanidzor es evidente por las canciones nacionalistas sobre el heroísmo de los soldados que a los niños les encanta cantar, por las clases obligatorias de armas de fuego a las que tienen que asistir, y las fotos de los soldados fallecidos pegadas en las paredes alrededor de la escuela. Y aunque los jóvenes son más propensos a participar en debates sobre raza, del error que alimenta el odio étnico y del discurso de “enemigo”, aquellos de generaciones anteriores como este hombre, cuyas vidas están definidas por el miedo y el dolor, nunca podrían comprender tales conversaciones.

Cuando salgo de la casa de la pareja, me dicen que sus puertas siempre están abiertas para mí, y que si alguna vez regreso a Shvanidzor, siempre seré bienvenida a quedarme con ellos.  No sé si alguna vez volveré a esta casa atormentada por recuerdos del pasado y mantenida viva por la ira. Sin embargo, ciertamente nunca la olvidaré.

shvanidzor-1Shvanidzor es un pueblo rural de la provincia de Syunik, ubicada al sur de Armenia, muy cerca de la frontera con Irán. Dista unos 400 kilómetros de Ereván y tiene apenas unos trescientos habitantes.

El pueblo data del Siglo XIII y es reconocido por sus monumentos históricos y el sistema de acueductos que tiene más de 600 años de antigüedad.

Tags

Argentina
Arménia y Diáspora