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Tristeza y resignación

emigracion“Vuelvo ahora porque todavía tengo familia en Armenia”, me decía una mujer a la que conocí fortuitamente en el vuelo entre Amsterdam y Moscú. Se sabe, los armenios tenemos ese sentido especial para detectarnos en cualquier lugar del mundo. Siranush cuenta que su familia fue de las primeras en sufrir la sangría pues sus hijos comenzaron a buscar otros destinos apenas se derrumbó el imperio soviético. Uno de ellos partió a Inglaterra, la mayor de sus hijas emigró a Holanda donde tiempo después también viajó su hija menor. El dolor se apoderó entonces de su marido Ashot quien a sus casi cincuenta años de edad vio destruida la vida familiar y entró en un pozo depresivo que finalmente cobró su vida. “Cuando quedé sola se me vino el mundo abajo”, cuenta la mujer, que agradece la decisión de sus hijas de obligarla a ir a vivir con ellas.

Esta historia de desencuentros y dolor como la que muchas familias armenias vivieron y viven aún, tuvo con los años un desarrollo feliz por que todos sus hijos formaron familias en el exterior donde aún viven. Dice Siranush –maestra de profesión- que buscó organizar una escuela dominical para que sus nietos y otros niños de corta edad aprendan el idioma de sus mayores. Se emociona al contar que sus dos yernos –holandeses ellos- también hacen el esfuerzo de acercarse al lenguaje de Mesrob Mashdotz.

Le pregunto si viaja con su familia y ella con alegría me muestra a su hija y nieta ubicadas filas adelante. “Hace años que debía regresar al menos para poder retomar el vínculo con mi hermano y otros familiares, pero todavía no estaba lista para ver nuevamente mi casa, ahora vacía. Pero los hechos que se produjeron a partir del 17 de julio (se refiere a la toma de rehenes en el edificio policial) me impulsaron regresar, al menos por unos días”, dice con los ojos en lágrimas.

La conversación deriva a la situación sociopolítica la que califica como de absoluta desigualdad y degradada por los sucesivos gobernantes más preocupados en llenar sus bolsillos que trabajar por el futuro de su pueblo. Como una confidencia me cuenta que en su juventud militaba activamente en un grupo político que no quiso identificar y que dejó de hacerlo porque vio entre sus propios compañeros la sed de codicia y ambición de poder.

Sus años en el exterior no la alejaron de sus amigos, que compartieron con ella todas y cada una de sus experiencias de vida. Siranush asegura que muchos de ellos ya arriaron sus banderas políticas convirtiéndose en personas sin esperanzas e inmersas en la tristeza y resignación de no poder alterar el curso de los acontecimientos.

El vuelo llega a su fin y la mujer se despide con un mensaje casi premonitorio: “Espero no haber regresado muy tarde, no quiero ver a mi patria teñida de la sangre de sus inocentes hijos”.

De pronto, esa tristeza de la que hablaba Siranush también se apodera de mí porque me doy cuenta que los armenios de la Diáspora muchas veces vemos a nuestra patria sólo como un destino turístico, cuando debería ser todo lo opuesto. Armenia tendría que ser el lugar donde todos debemos depositar nuestro esfuerzo para lograr su definitiva independencia interna y externa.

 

Jorge Rubén Kazandjian

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