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Turquía pierde influencia y se convierte en blanco terrorista

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erdogan-qLos sangrientos sucesos en el aeropuerto internacional Atatürk de Estambul apuntan al terrorismo del Estado Islámico. De confirmarse su autoría, estaríamos ante el quinto atentado de este grupo en menos de un año. Se vuelven a poner de relieve las tensiones internas de Turquía. El país, actor clave para la estabilidad de Oriente Medio, se enfrenta a una doble amenaza. A la violencia del ISIS se ha añadido el recrudecimiento de la guerra contra las milicias del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, PKK, tras ponerse fin a la tregua.

Sería preciso que el ejecutivo -y ello equivalga en estos momentos a decir el presidente, Recep Tayyip Erdogan- asuma su propia responsabilidad. Con su estilo autoritario, ha estado tratando de instaurar un régimen presidencial atizando para ello el fervor nacionalista y antikurdo. Sólo logrará contener el avance de la violencia interna si su gobernante y hegemónico Partido de la Justicia y el Desarrollo tiende la mano a las demás fuerzas políticas. Al mismo tiempo, Erdogan tiene que superar el aislamiento internacional en que él mismo ha sumido su país, convertido hoy en principal barrera de contención de la ola de refugiados de Siria e Irak.

Durante demasiado tiempo, Ankara no consideró a los terroristas del ISIS el objetivo real en el conflicto civil de la vecina Siria. No fue muy beligerante contra el autodenominado “califato” en sus inicios. Al contrario: llegó a coincidir con los fanáticos no sólo en la necesidad de combatir el régimen de Bashar el Assad y sus aliados iraníes, sino, sobre todo -y esto es lo peor- los kurdos, temidos en Turquía por su fuerza en el país.

La intervención militar rusa en Siria y el derribo de un caza por aviones turcos empeoró la situación. En represalia por la muerte de su piloto, Moscú adoptó sanciones económicas contra Turquía, que incluyeron, entre otras medidas, fuertes restricciones al turismo, la prohibición de venta de viajes y vuelos chárter, y el embargo comercial -grave para el sector de frutas y verduras-, así como la cancelación de proyectos conjuntos en industria, construcción y energía, en especial el gaseoducto destinado a suministrar carburante ruso a Europa a través de Turquía.

Deshielo Irán-Occidente

Ya el previo deshielo entre un cada vez más influyente Irán y Occidente había desplazado a Turquía. Al menos en clave internacional, Erdogan se está dando cuenta de su error de cálculo. Intenta volver a acercarse a sus vecinos. Es el caso de la normalización de relaciones con Israel. El deterioro de los vínculos alcanzó su punto máximo en 2010, cuando murieron nueve ciudadanos turcos al intentar la llamada Flotilla de la Libertad romper el bloqueo marítimo de Israel de la Franja de Gaza. Tel Aviv se ha disculpado formalmente ante las familias de las víctimas y permitirá a Turquía la implementación de nuevos proyectos en Gaza, lo que Ankara podrá utilizar como una victoria de su política exterior.

Incluso se ha especulado que los atentados pudieron ser una respuesta a esa reanudación. No obstante, un ataque de esas características requiere un alto grado de preparación, logística y tiempo. Y una eventual conexión con el anuncio diplomático resulta improbable.

El viraje de Erdogan se manifiesta también en sus maniobras para acercarse a Moscú. Se muestra “arrepentido” en su carta a Putin y desea expresar de nuevo sus “más profundas condolencias” a la familia del piloto abatido. Tanto Israel como Rusia disponen de mucha información de inteligencia sobre las tácticas del terrorismo y los países y regiones más amenazados.

Lo que ha ocurrido es un reconocimiento implícito de que la política exterior neootomana del exprimer ministro, Ahmet Davutoglu, ha fracasado. Se basaba en el uso del legado otomano para maximizar el poder blando de Turquía en Oriente Medio. Trató de profundizar los lazos con los países árabes musulmanes en la región. Para perseguir este ambicioso proyecto llegó a diseñar un régimen de visado conjunto denominado Shamgen, inspirado en la política Schengen de fronteras abiertas de la UE. En el período inmediatamente posterior a la primavera árabe sus planes parecieron tener éxito en países como Egipto, en manos de los Hermanos Musulmanes. La completa pérdida de influencia de estos y el fracaso de Erdogan para expulsar del poder a Assad contribuyeron al aislamiento regional de Ankara.

No sólo Rusia e Israel. También EEUU y la UE son testigos de cómo Turquía se ha convertido en centro de operaciones del terrorismo. Naturalmente un acercamiento de Turquía a Europa y sus valores no excluiría nuevos atentados.

Catorce años de Gobierno de Erdogan reclaman una influencia moderadora en el polarizado ambiente sociopolítico del país y serviría para abordar la crisis de los refugiados.

Marcos Suárez Sipmann

Eleconomista.es

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