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A 33 años del sacrificio de Lisboa: “Ellos viven a través de nosotros”

Casi noventa años después de la epopeya de Janasor, en circunstancias totalmente diferentes, pero como un nuevo hito de la heroica lucha de liberación del pueblo armenio, el 27 de julio de 1983, cinco consagrados jóvenes partidarios del Ejército Revolucionario Armenio, Simón Eahnian, Vaché Daghlian, Setrak Adjemian, Sarkís Aprahamian y Ará Kerdjalian; tomaron la sede de la embajada turca en la capital de Portugal. Más tarde, y al no serles concedidos los reclamos solicitados, la hicieron estallar ofrendando sus vidas por la causa de su pueblo.

Héroes de LisboaEl sacrificio de los cinco jóvenes héroes fue un acto del más puro altruismo y moral revolucionaria, en el extremo opuesto del terrorismo ciego. Para cualquier pueblo, las lecciones de su propia historia son un tesoro incalculable. Y en este caso la ofrenda de Lisboa resultó el sagrado alimento que permitió avanzar en el sinuoso y difícil sendero del afianzamiento de su recuperada independencia y la reivindicación de sus derechos.

Queremos en este nuevo aniversario, recordarlos con un texto del dramaturgo belga Maurice Maeterlink (1862-1949)

“Aquellos que cayeron por su patria, no se deben contar entre los muertos. Debe denominárselos de otro modo. No tienen ninguna relación con todos aquellos que cierran sus ojos, casi siempre luego de una larga y estéril existencia, en su lecho de hastío.

La muerte, que inspira terror, que no sólo produce desesperanza y aniquilamiento, en el campo de batalla -en la lucha gloriosa- se torna más bella que el nacimiento y esparce a su alrededor más vida que el mismo amor… Ninguna vida nos daría aquello que nuestra heroica juventud nos brindó, prodigando en un solo minuto sus años de felicidad y juventud…

No hay sacrificio alguno comparable al suyo; no hay gloria alguna más elevada que la suya, ni muestra de gratitud que la supere… Ellos no solo tienen el derecho de ocupar el mejor sitio en nuestros recuerdos, sino que son nuestro propio recuerdo, son parte de nosotros mismos, porque sin ellos no existiríamos.

Hoy, forman parte de nuestra propia esencia. Sean lo que fueren nuestra fe y nuestro Dios -al que adoramos-, sin embargo hay algo, casi real, que pese a todo fenómeno exterior, se acentúa cada día más: la vida y la muerte se entremezclan, los vivos y los muertos no son otra cosa que instantes particulares e interminables de una vida distinta, formada por la selecta familia de los inmortales.

Ellos, aún bajo tierra, no se encuentran en las oscuras fosas de sus sepulcros, sino en lo profundo de nuestro corazón, donde seguirán vivos los ideales que abrazaron…

Ellos viven a través de nosotros y nosotros morimos a través de su muerte.

Ellos, los muertos, nos observan y nos escuchan más de cerca, como si estuvieran en nuestros brazos.

Trabajemos, pues, para que ellos vean la realización de valiosa labor y de sus dignos ideales…”

Jorge Rubén Kazandjian

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