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Alejandro Avakian: “Lo importante es pertenecer sin perderte el mundo”

Avakian es pintor. Esto es, tiene la capacidad de reproducir a través de sus obras, su propio temperamento, su visión de la vida; la perspectiva de un hombre sensible, formado, culto, con la emotividad de los grandes y se lo adivina fan de Charly García..

Su laboratorio: el taller de Brooklyn, Nueva York. Recorre los bares de jazz y los reproduce en el otro taller, el de Barracas en Buenos Aires. Esa dinámica única le permite un apertura tal que lo despoja de pretensiones vanas y le otorgan el brillo que tienen quienes viven de amar lo que hacen.

Actualmente tiene una exposición en la Galería Azur (Arroyo 981) gracias a la acertada convocatoria de Lucas Kokogian. “Hay telas fundamentales”, dirá el pintor. Junto a Kokogian planean un show para el 15 de octubre en Manhattan para el cual viajará dos meses antes a pintar. Avakian resulta un hombre lleno de anécdotas todas pinceladas con su toque característico, el adn del que hablará en la entrevista. “Estoy en un momento de expansión tras una vida de trabajo intenso en el taller”, comienza diciendo. Luego de una vida dedicada a la composición y a la producción de su obra, hoy está dedicado a la difusión de su trabajo. “Lo mejor que hago está en la tela”, dirá certero.

—Mi patrón es la energía, creo cuando surge el deseo. Tuve una etapa formativa muy fuerte, me formé en el lenguaje, el lenguaje es fundamental. El lenguaje visual no es el que se aprende en la academia sino en la indagación de los elementos que se cruzan con las verdades en el mundo que nos circunda. El impresionismo va a la naturaleza, estudia las leyes del color. Monet, que era “el” ojo, vio todo eso observando la naturaleza. El lenguaje es un tema espiritual. Es como pintar un desnudo: el hombre, creado por el dios que sea, el universo, sabe que un desnudo es armónico, hay oposiciones curva-recta, no hay paralelas, pero eso hay que verlo. Y uno se fascina con ese mundo. Porque todo eso llega hasta una pintura abstracta. Cuando uno mira “Los girasoles” de Van Gogh y observa el jarrón, sus curvas, puede saber desde dónde estaba viendo el pintor ese cuadro. El ojo educado lo detecta y lo acepta o hasta lo rechaza, el lenguaje, entonces es fundamental. El lenguaje es inapelable. Los maestros son maestros porque desarrollaron ese lenguaje. Ya después apareció Picasso que a los doce años pintaba a Velázquez… En el Renacimiento el punto principal era el ser humano que era el centro del mundo y según su perspectiva de la mirada, esa era la realidad. Lo principal: el punto de fuga. Después Galileo dijo que no, que era el sol y así. Es lo que hizo Picasso, tu verdad es la que ves según estés parado pero para mí es otra, estamos faltando a la verdad, de algún modo. Revolucionó todo. En el arte ningún artista puede pintar la verdad absoluta. Porque lo que hace el artista es buscar la verdad. Con las otras ramas del arte pasa igual.

—Contanos de tu formación.

—Empecé a los veintisiete años y antes no había pintado nada. A los quince fallece mi papá y tuve un antes y un después en mi vida. Fue un shock muy grande. Con mis dos hermanos, Alberto y Daniel, teníamos una pequeña empresa textil heredada de mi padre y la continuamos. Pero en un momento nos planteamos el sentido de la vida. Mi papá, Adolfo, era de Mersin y mi mamá, Anahid, de Dikranaguert. Ambos vinieron de allá, mi madre primero pàsó por Aleppo y Uruguay y luego ellos se conocieron acá. Mi viejo vivía en Valentín Alsina y fue al Nacional Buenos Aires porque su idea era estudiar Farmacia y Bioquímica, hizo hasta segundo año pero por cuestiones económicas no pudo seguir. Se puso a fabricar camisetas y siendo muy joven tuvo un infarto. A partir de esto, en la familia quedó la pregunta…. “¿Qué hacés en la vida?”. La parte humana me viene por él, me crié con todos sus libros de humanística en casa. Me recibí en Jrimian, hice Ciencias Económicas y después de meter 21 materias, lo dejé. Me anoto en Biología pero después de abrir cobayos, lo dejé también (risas). Pero quería estudiar, me gusta estudiar. Hablando al respecto con mi hermano me dice que soy un loco, y que los locos son artistas, que busque algo por ese lado (más risas). Está el conservador y está la gente que genera un cambio. Pensé en pintar. Pintar no es tirar colores, se lo toma en serio. No quise ir al Bellas Artes así que fui al taller de Sarkis Aschian. En cuanto puse el pincel en la tela y pensé “Esto es lo mío”. Un flechazo. En realidad, tenía toda la vida direccionada para ese lado. ¡Me tomó más tiempo eso que ser pintor! Manchar es mi pasión. Tengo la formación clásica. La clave fue el encuentro con el maestro Osvaldo Attila: nos conocimos y empecé el taller diciendo que era armenio. “¡El armenio es una roca!”, decía.

—¿Sos activo en la comunidad?

—Sí, quizá antes un poco más. Iba a Homenetmen, fui scout de Ararat, todo lo hice con tanto cariño… Viste que esto como la familia italiana, a veces te alejás. En abril siempre pinto una tela sobre el genocidio. Lo importante es pertenecer sin perderte el mundo. La colectividad es la familia, no hay que entenderla, se acepta. Sí me da mucho orgullo mi origen armenio y en todo lo que hago está mi genética. Lo que llama la atención es ese no sé qué que pertenece a nuestro pueblo. Como Aznavour, tenía algo en la voz que era propio del armenio más allá que cantara en francés. Cuando fui a ver una retrospectiva de Gorky me pasó que miraba una de sus pinturas y me detuve en una mancha azul… “Eso lo pinté yo”, pensé. No es una mancha, es energía. Cada artista tiene un adn y esa mancha era mía.

Lala Toutonian
Periodista
latoutonian@gmail.com

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