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Armenia, mucho más que un país insignificante

Ser un país reducido en extensión no es sinómino de debilidad o vulnerabilidad. Hay otros atributos a considerar a la hora de medir la relevancia de las naciones.

Es un lugar común referirse a la República de Armenia como un país pequeño, con serias dificultades económicas y una guerra que ya lleva más de treinta años, que involucra a gran parte de su capital humano y compromete cuantiosos recursos económicos.

También se presupone que es un Estado amenazado en materia política y en sus posibilidades de desarrollo, a raíz de su posición geográfica y conflictos abiertos, sin solución aparente, con sus principales vecinos, tanto en el frente oriental con Azerbaiyán, como en el occidental debido al cierre unilateral de la frontera (1993) por parte de Turquía.

En este contexto, no resulta extraña la idea de que Armenia es un país sin mayor preponderancia en la escena internacional y casi un territorio que hay que buscar con lupa en el mapa. Ni que hablar de la presencia en diarios y portales de noticias. Sólo aparece cuando recurdece la guerra en Artsaj o en ocasión de alguna catástrofe natural.

Probablemente, si se hiciera una consulta entre miembros de la comunidad armenia en Buenos Aires, ésta podría ser una respuesta mayoritaria: Armenia es un país chico, muy lejano y con poco que ofrecer al mundo.

¿Cuántas veces escuchamos comentarios que aluden a que con una semana de turismo en Armenia basta y sobra? Quien viajó alguna vez a la Madre Patria sabe bien que en siete días no se llega a conocer siquiera una ínfima parte de Armenia, pero hay que admitir que la idea de que Armenia “se recorre en un par de días” está muy arraigada.

Entre los no armenios, el denominador común para identificar a los armenios es la terminación de los apellidos y la “comida sabrosa”, que es una verdad a medias porque, ciertamente, gran parte de los platos los compartimos también con otros pueblos de Medio Oriente, incluidos los turcos.

Losers

No hay evidencia que permita comprender de dónde deriva el preconcepto de que Armenia es un país insignificante, sin embargo, es posible que al cabo de muchos años e incluso centurias se haya modelado el supuesto de que los armenios son una nación de “losers” (perdedores).

Sólo para graficarlo, aquí van dos ejemplos que abonan esta teoría. Por un lado, se ha machacado durante décadas el hecho de que entre la caída de la dinastía Rupenian en Cilicia (1375) y la independencia de 1918, Armenia estuvo “seis siglos sojuzgada bajo dominio otomano”. En verdad, fueron 543 años pero, claro, la exageración también está en el ADN de los armenios.

Otro tanto puede decirse de las consecuencias del Genocidio Armenio, planificado, diseñado y ejecutado por el gobierno turco-otomano entre 1915 y 1923, aunque previamente hubo otras persecusiones y matanzas masivas.

Es cierto que el saldo de la política genocida fue el asesinato de 1,5 millón de armenios, la confiscación de sus bienes, la pérdida de todos los territorios de la Armenia Histórica y la conformación de una diáspora que hoy supera los 12 millones de personas en los cinco continentes. También se generó un sentimiento de fragilidad emocional en los sobrevivientes y su descendiencia, en línea con la teoría del “loser”.

Pero no es menos cierto que hubo intentos de autodefensa -anteriores y posteriores a 1915- que casi no se recuerdan. Sólo por mencionar algunos, los levantamientos de Zeitún (1862, 1895), Van (1862, 1895 y 1915), Erzerum (1863), Mush (1864, 1895), Sasún (1864, 1895, 1904) y Musa Ler (1915) son algunos hitos.

Durante años estos arrestos de rebeldía frente a la opresión fueron silenciados u olvidados, contribuyendo a agigantar el mito de la debilidad de los armenios. Sin embargo, los hechos históricos lo desmienten.

¿Hay acaso algún antecedente en la historia universal en la que un pueblo haya sido diezmado, literalmente reducido a la cuarta parte de su población, y que a los dos o tres años de los sucesos haya combatido a un ejército regular y lo haya vencido en el campo de batalla? Eso ocurrió en mayo de 1918 en las batallas de Pash Abarán, Gharakilisé y Sardarabad, que alumbraron el proceso emancipador y dieron paso a la República de Armenia.

Dos siglos antes, entre 1724 y 1728 David Bek, un noble armenio de Siunik, logró el consenso de varios melik (señores) de esa región del sur de Armenia y Karabaj, formando un gran ejército para luchar, a la vez, contra turcos y persas. Secundado por su lugarteniente, Mjitár Sparapet, David Bek resistió durante tres difíciles años, hasta que el agotamiento de los pertrechos militares y la superioridad numérica de los enemigos terminaron con las aspiraciones armenias.

Mitos y leyendas

Sin llegar a estos casos extremos, hoy pueden observarse numerosos ejemplos que se contraponen al preconcepto de la insignificancia de Armenia y su pueblo. Por empezar, se cree que la República de Armenia es un país sumamente pequeño, y que allí radica parte de su “debilidad”.

De acuerdo al CIA World Factbook, una publicación de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, Armenia ocupa el puesto 142 sobre 247 países y territorios en cuanto a su extensión, con 29.743 km2. Tiene una superficie equivalente a la de Bélgica (puesto 140), Albania (144) y bastante más que Israel (153) y Eslovenia (154). Nadie diría que éstos son países insignificantes por su tamaño.

Si a eso se suma el territorio de Artsaj, que hoy está unido a Armenia, se alcanzan los 42.300 km2, un área mayor a la de Moldavia (139) o Taiwán (138), similar a la de Suiza (135) o los Países Bajos (134), y apenas menor que Dinamarca (133). Argentina, por su parte, ocupa el 8° puesto del ranking mundial.

Uruguay, en tanto, ocupa el puesto 91, pero es un país incluso con menor densidad de población que Armenia. Son 3,5 millones de uruguayos en un territorio de 176.215 km2, frente a una población de armenios semejante (2,96 millones) en un área cuatro veces más pequeña.

Justamente la población, es un desafío recurrente. Con un total cercano a las 3 millones de personas, que desde hace años se mantiene constante, la emigración es un tema clave de la agenda política y económica. Ocupa el puesto 137 entre 196 naciones relevadas.

Money, money

En los indicadores económicos, hay lugar para las sorpresas. Armenia tiene una moneda estable y nula inflación, dos indicadores que están en el corazón de los problemas económicos de la Argentina.

Aquí va una comparación del tipo de cambio entre Argentina y Armenia, sólo para comparar con un caso conocido. En 1999 el dólar cotizaba a 530 dram, la moneda nacional, mientras que aquí regía la convertibilidad 1 a 1 entre peso y dólar. Diez años después, en 2009 el dram tenía una relación de 500 por dólar, mientras que el peso se ubicaba en torno a $4. Hoy el dólar trepa en nuestro país a $59,50, en un marco de fuerte volatilidad. En Armenia la moneda se revaluó y cotiza a 477 dram por divisa verde. Huelgan las palabras sobre la estabilidad cambiaria de cada país.

En cuanto a inflación, sucede algo parecido. Entre agosto de 2018 y agosto pasado el Índice de Precios al Consumidor creció en Armenia apenas 1,8% y en lo que va de este año hubo deflación, con una contracción de precios de 2,3%. Es la envidia de cualquier consumidor argentino, que acumula 30% de inflación desde enero y 54,5% en los últimos doce meses.

La deuda, por su parte, representa en Armenia el 48,3% del PBI, con casi 5000 millones de euros, mientras que aquí el endeudamiento público trepa a U$S 334.800 millones, y ronda el 87% del producto.

En el caso de Uruguay, por su parte, se trata de una economía pequeña -ocupa el puesto 80- pero en el ránking de PBI per cápita se ubica 55° entre 196 naciones. Además, su presupuesto privilegia la salud (19,5% del gasto público) y la educación (14,9%), por sobre la defensa (5,8% del gasto público).

Pero donde surgen nuevamente las diferencias es en las posibilidades de hacer negocios. De acuerdo al informe Doing Business, que elabora el Banco Mundial, Armenia se ubica en el puesto 41 entre 190 países, clasificados según la facilidad para hacer negocios en el país. Argentina rankea en el 119° lugar de la lista y Uruguay en el 95°.

Otro mito que es necesario derribar es el de la seguridad y vulnerabilidad de Armenia en materia de defensa. En un escenario de conflicto armado con Azerbaiyán por la región de Artsaj, Armenia logró un precario cese al fuego en 1994 y sentar al gobierno de Bakú en el Grupo de Minsk, en base a una superioridad manifiesta en el terreno militar.

Es cierto que desde entonces las fuerzas azeríes violaron innumerables veces la tregua, atacando posiciones armenias e incluso a la población civil en localidades del noreste del país. Tan cierto como que los enemigos no lograron penetrar el territorio armenio y fueron repelidos una y otra vez.

Sólo para tener en cuenta, un dato ilustrativo es que en el Presupuesto 2019 el gasto en defensa de Armenia representa el 4,78% del PBI y casi el 21% del gasto público total, mientras que en Azerbaiyán es del 3,77% y 11% respectivamente. En Argentina, apenas 0,85% del producto bruto interno y 2,05% del gasto público total.

Carlos Boyadjian
Periodista
coboyadjian@yahoo.com.ar

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