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Armenia: sin organización, no hay un cambio real

Por Markar Melkonian

Real CambioEreván (Hetq.am).- Tomaron las calles para acabar con la corrupción y la impunidad, y para dejar atrás el pasado.

En un sorprendente giro de acontecimientos, alcanzaron su objetivo inmediato obligando a renunciar al primer ministro Serge Sarkissian. Todo se llevó a cabo sin derramamiento de sangre, gracias al llamado del líder opositor Nigol Pashinian, así también como a la dureza de Sarkissian y la policía, y, lo más importante, a la paciencia y el buen ánimo de los jóvenes manifestantes.

Como sabemos, Pashinian apodó los eventos como una “revolución de terciopelo”. Esta fue una desafortunada elección de palabras. La original “Revolución de Terciopelo”, la que tuvo lugar en Checoslovaquia en 1989, dio como resultado una división del país, pobreza generalizada, una explosión de corrupción y una sumisión a Berlín y Bruselas. No es de extrañar, entonces, que veintidós años después de la “Revolución de Terciopelo” de Vaclav Havel, una encuesta de opinión occidental informara que los checos prefirieron la vida “bajo el comunismo” al régimen capitalista posterior al 89. (“Menos de una cuarta parte de los checos adultos sienten que están mejor ahora que bajo el comunismo, según una nueva encuesta”, Christian Falvey de Radio Praga, 20 de noviembre de 2011).

Lo que sucedió en Ereván a principios de este mes no fue una revolución de terciopelo, de hecho, no fue una revolución en absoluto.

Una revolución genuina trae una nueva clase al poder. Y una contrarrevolución, como la que eliminó los últimos vestigios del poder de los trabajadores de Armenia hace veintisiete años, que lucha por devolver el poder a la clase explotadora. No hay evidencia de que los eventos del mes pasado hayan hecho ninguna de estas cosas.

A finales de mayo, parece suficientemente claro que, al igual que antes, el monopolio político de los grandes capitalistas sigue sin ser cuestionado y los trabajadores siguen privados de sus derechos. De hecho, hasta ahora las caras de los oligarcas ni siquiera han cambiado. (Pero hay que estar atentos: también podríamos esperar que miembros de esta nueva administración se transformen en oligarcas).

Lo que ha sucedido en Armenia desde la renuncia de Sarkissian no fue ni una revolución ni una contrarrevolución; fue solo un cambio en la administración. Con un poco de suerte, este podría resultar en mayores exigencias para los funcionarios y los empleadores. Pero si esto sucede, tendrá lugar en el contexto de un dominio capitalista continuo y de una situación regional de rivalidades y control imperialista.

Algunas personas han descrito a Pashinian como el “candidato popular”, como un socialista democrático. No deja de ser una ilusión. El partido del Contrato Civil de Pashinian se describe a sí mismo como “liberal”, lo que significa que deberíamos esperar escuchar todavía más sobre el viejo discurso de los milagros de “democracia y el libre mercado”.

Los asesores del nuevo primer ministro y su gabinete incluyen rostros nuevos, pero casi todos son hombres, y no parece que ninguno de ellos cuestione el modelo neoliberal que celebra treinta años de desastre nacional en la Armenia Independiente Libre.

Mucho se ha hablado del anuncio de Pashinian de que buscaría el consejo del economista Darón Acemoglu. La creencia del economista del MIT de que las “instituciones democráticas” facilitan el crecimiento económico parece encajar con la esperanza que prevalece entre los partidarios del líder de que un capitalismo más democrático será la solución de los males de Armenia. En cualquier caso, tanto el partido de Pashinian, como el Partido Republicano de Sarkissian y el Congreso Nacional Armenio de Ter Petrosian, representan con toda seguridad los intereses de una u otra camada de gerentes capitalistas locales para el capital.

No es como si Pashinian y su nueva administración fueran malas personas y engañosas. Si van a continuar ocupando sus cargos, entonces no tienen más opción que colocar el poder y riqueza de la minoría por sobre la mayoría. Aquí hay una lección para observadores dispuestos a notar, una lección sobre un enfoque materialista para el estudio de la historia.

En la reunión del Consejo Económico Supremo de Eurasia (CESE) en Sochi el 14 de mayo, Pashinian afirmó que la República de Armenia continuaría como miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE) y de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC). Recordemos que Pashinian y su partido son miembros de la Alianza Elk, la que se retractó sobre sus dichos referentes a estos arreglos. La decisión del nuevo premier de reafirmar el compromiso de Armenia con la UEE y la OTSC debería ser un alivio para nuestros compatriotas: Pashinian al menos no es Saakashvili.

En este punto, entonces, no parece que debamos esperar drásticos cambios de política. La nueva administración tendrá mucho peso en la retórica anticorrupción, pero más allá de eso, parece que los cambios por llegar serán principalmente de estilos.

Muchos de los jóvenes manifestantes que tomaron las calles en abril tuvieron la oportunidad de abandonar el país de su nacimiento, pero decidieron quedarse en Armenia. “Este es mi país”, explicó más de uno a los periodistas extranjeros.

Hace décadas, los armenios se habían cansado de la privatización, y desde entonces se han cansado del desempleo y el subempleo, y de la eliminación de la salud y escuelas públicas de calidad, de las enormes desigualdades de riqueza, de la impunidad de la oligarquía, de la tolerancia de la violencia doméstica y del soborno generalizado, de los estragos de las compañías mineras, la tergiversación política y la corrupción de los jueces que casi siempre se ponen del lado de los ricos contra los pobres.

Pero ahora las mujeres y los hombres de una nueva generación están más impacientes que cansados. Quieren ir en dirección a esa genuina demanda revolucionaria y la igualdad de oportunidades.

En Armenia como en otros lugares, su número ha ido creciendo y sus voces se han vuelto más fuertes y estables. Sin embargo, los que toman las decisiones siguen impulsando las políticas en una dirección opuesta: una mayor privatización de las escuelas públicas, la desnacionalización de las jubilaciones y pensiones, más recortes para el cuidado de la salud, una semana laboral más larga, una edad más baja para el trabajo infantil, menos protecciones legales para los trabajadores, más deberes fiscales para los ricos, e incluso más concesiones para empresas y compañías mineras. Como dijo un observador de larga data, los líderes de Armenia todavía, piensan que tenemos que esperar “soluciones más capitalistas a los problemas que el capitalismo mismo ha creado”.

Pero en Armenia como en otros lugares, menos personas en estos días están dispuestas a suspender su incredulidad. En los días posteriores a la elección de Pashinian, grupos de mujeres, estudiantes, trabajadores y agricultores se han reunido en varios puntos en Ereván y otras partes del país para bloquear calles, carreteras, acceso a edificios públicos, fábricas y oficinas. Los estudiantes presionan para reemplazar uno de los principales acusados de corrupción, residentes de Ereván demandan la renuncia del alcalde; estudiantes de la Universidad de Shirag en Gyumrí exigen la renuncia del rector, los trabajadores de la planta química de Nairí demandan salarios más altos, taxistas protestan contra las tarifas de tránsito que les dificultan ganarse la vida, los oficinistas protestan por los recortes de empleos, los productores de leche demandan precios de compra más altos a las compañías de productos lácteos y los ecologistas se oponen a la tala ilegal en un parque.

En un caso especialmente interesante, los trabajadores de la fábrica de cemento de Ararat bloquearon la entrada de la planta con camiones y protestaron en el exterior, demandando salarios más altos. El propietario de la fábrica no es otro que el conocido oligarca y diputado, GaguikTsarukian, fundador del Partido Armenia Próspera. Aquí, vemos la realidad de una visión de “prosperidad” bajo un gobierno que se niega a pagar un salario digno a quienes producen la riqueza. Deplorablemente, la administración Pashinian ha seleccionado para distintos cargos ministeriales a varios miembros del partido de Tsarukian

Las manifestaciones, huelgas y bloqueos en las carreteras desde el 8 de mayo son algunos de los desarrollos más importantes de los últimos dos meses. Los activistas han sido acusados ​​de “expectativas excesivas” (Hayots Ashkhar, 17 de mayo), pero en realidad nunca lo fueron. Hasta el momento, según todas las apariencias, ellos han estado caminando en una línea delgada, reclamando sus demandas con fuerza, mientras se resistían a las provocaciones de violencia. Deben ser felicitados y emulados por ello.

Los acontecimientos recientes nos han demostrado una vez más que el cambio real -el cambio irreversible que beneficiará a la mayoría- no proviene de las elecciones. El verdadero cambio proviene de la lucha en las calles, oficinas, fábricas, barrios y redes sociales. Cuanto más unificada y organizada sea esta lucha, menor será el movimiento susceptible a las provocaciones violentas.

Los eventos que llevaron a la expulsión del Partido Republicano fue solo una parte luego de años de quejas continuas, desde las protestas contra la corrupción y violencia doméstica a las protestas de los agricultores contra la contaminación minera. Sin embargo, Armenia aún carece de una organización activa que reúna las demandas de la mayoría pobre y de la clase trabajadora del país, de las mujeres, los agricultores, los ecologistas, los deudores, los estudiantes y los que luchan contra la homofobia.

Sin una presencia organizacional sostenida en el terreno, cada una de las campañas no alcanzará su objetivo o, en el mejor de los casos, solo alcanzará un éxito parcial, siempre en peligro de revertirse. Como un comentarista extranjero observó recientemente: “Cuando no pueden mover personas, las manifestaciones, las marchas y las tomas no alcanzan. No es suficiente estar allí: el movimiento tiene que unirse o convertirse en un partido político; los líderes de la calle tienen que convertirse en políticos. (Anne Applebaum, “El poder de las personas que ocurrió en Armenia, no funcionará en todas partes”, Washington Post, 26 de abril de 2018).

Si se quiere lograr un cambio real en Armenia, entonces será el trabajo de un partido bien organizado que reúna a una gran parte de la población dentro de una organización con objetivos claros para reemplazar el dominio capitalista por el socialismo, el poder de los trabajadores.

Si los eventos de abril y mayo representan una victoria, entonces la victoria va a los jóvenes en las calles. En las próximas semanas y meses, a medida que ocurran las decepciones, estos jóvenes deberían recordarse a sí mismos las lecciones que aprendieron: el poder de las personas puede triunfar.

Los eventos emocionantes de abril y mayo son solo un vistazo del tipo de cambio real que esta nueva generación podría lograr si se organiza y se une bajo un programa común.

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