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Armenios en Buenos Aires: Mario Papazian, ingeniero

La familia de Mihrán vivía en Konia, capital de la provincia del mismo nombre. Al comenzar las matanzas, el padre fue deportado a una región distante; muerto junto a otros compatriotas en el lugar del confinamiento sus cuerpos fueron arrojados al río. La madre falleció poco después al no poder superar el sufrimiento por su pérdida. De una familia que hasta hacía poco vivía tranquila y feliz sólo quedaban Mihrán y el hermano mayor que desde niño tenía una salud precaria. Iniciada la deportación en masa, hordas de turcos y kurdos saquearon el barrio armenio.


La caravana de deportados, mayormente mujeres con sus hijos, se detuvo al anochecer cerca de una región agreste. Uno por vez, Mihrán y Boghós sobornaron al “tcheté” (1) que los escoltaba a la caravana y lograron ocultarse en las breñas. Escondidos durante el día deambularon en las noches hasta llegar a un poblado campesino. Gracias al dinero guardado entre el forro del morral, consiguieron alojamiento en casa de un árabe que compadecido los hizo pasar como parientes y les proveyó de ropas a su usanza.

Finalizada la guerra, tenían urgencia de llegar a Estambul para que Boghós pudiera atenderse de su enfermedad. Allí vivían parientes lejanos. Con la ayuda de una misión luterana regresaron a Konia. La casa paterna estaba ocupada por una familia turca y no hubo quién pudiera informarles de la suerte corrida por familiares y amigos.

6_estacion-trenes-KoniaEl jefe de la estación era turco; la joven armenia que estaba con él había aceptado la humillación de vivir como “ardj” (2) a cambio de no ser deportada. Gracias al pago de un “mecidiye” (3) lograron finalmente que el funcionario turco les permitiera viajar a Estambul en un vagón de carga del tren nocturno.

El restaurante de los parientes estaba cerca del Gran Bazar. Los hermanos comenzaron a trabajar en el local; sin padres, al cabo de un año resolvieron embarcarse para la Argentina. Adquiridos los pasajes, cosieron el resto de las monedas de oro en el dobladillo de los gabanes comprados a un ropavejero del puerto.

Desembarcados en Buenos Aires, alquilaron una pieza en Niceto Vega; les trajo un poco de alegría saber por el dueño del conventillo que en Palermo había gente armenia. Además de adaptarse a la nueva vida y conseguir trabajo, Mihrán debió ocuparse del hermano enfermo. Lo acompañaba al Hospital los días de consulta y le compraba los remedios con sus magros ingresos. Boghós falleció en el Fernández luego de una complicada intervención quirúrgica.

Cuando recaló en Barracas, un compatriota que tenía su puesto de carnicero en el mercado le pidió al dueño que le alquilara el sucucho próximo a la entrada para que pudiera trabajar en la compostura de calzado.

Con jornadas agotadoras que desafiaban el cansancio se fue abriendo camino. En el barrio conoció a Arpiné, la hija mayor del carnicero y se casó. Los vecinos lo recordarían igual que Gardel a “Giuseppe el zapatero”,”…alegre remendón…en su alegría pasa la vida contento y bonachón”.

gran-bazat-estambulAconsejado por la familia de la esposa, el empleo en una fábrica de calzado le permitió ganar experiencia en el proceso fabril. Su calificación laboral le posibilitaría con el tiempo ocupar cargos de responsabilidad en un importante establecimiento industrial del ramo.

La familia se había mudado al barrio de Saavedra, sobre la calle Correa. Al cabo de unos meses, en un galpón de la misma manzana Mihrán comenzó la fabricación de calzado para niños. La satisfacción de ese momento se tiñó de tristeza al recordar que en la cama del Hospital, el hermano le decía que después del alta iba a trabajar con él.

Sonia, la hija mayor, era perito mercantil y buscaba emplearse como auxiliar contable; Mario terminaría el bachillerato el año próximo. En el mismo vecindario, Rafael y su familia ocupaban el chalet de la vuelta, en Superí; la hija Haydee cursaba el secundario en un colegio de Belgrano.

En el cartelito del portón de la fábrica se leía “No se atiende al público”. La madre de Haydee visitó a Mihrán para comprar los zapatos del uniforme. Cordial con los vecinos, hizo una excepción e ignoró el aviso. Luego de escuchar pacientemente las críticas a los abusos de las zapaterías la benefició con un precio conveniente.

Aprobado quinto año con notas sobresalientes, Mario se matriculó en la Facultad de Ingeniería. Alto y de estampa varonil, sus ojos azules eran herencia materna y copiaba del padre la afabilidad en el trato. La Universidad y el estudio ocupaban la mayor parte de su tiempo y siempre estaba dispuesto a dar una mano en la fábrica. Los fines de semana entrenaba con el equipo de básquet del Club Armenio.

La familia gozaba del aprecio de los vecinos y para las señoras con hijas casaderas “el hijo de los armenios” se perfilaba como futuro yerno.

Cuando Leonor se cruzó en la calle con Mario lo felicitó por la carrera que había elegido y le dijo que el esposo lo admiraba por ser “un muchacho ejemplar”.

Los años de colegio y la práctica del deporte le habían ganado muchos amigos. Acostumbraban a reunirse los fines de semana para concurrir a los bailes del Club Armenio o de la Asociación de Exalumnos.

Terminado el secundario, hija única, poco afecta al quehacer intelectual, Haydee se inscribió en cursos que por falta de interés dejaba inconclusos. Las facciones agraciadas y los cabellos rubios realzaban su envidiable belleza. De allí, su preocupación por realzar los encantos que pródigamente le había dado la naturaleza. Para disipar las horas de tedio, ante la insistencia de los padres comenzó a cumplir tareas de oficina en la firma de bienes raíces del hermano de Leonor.

Por coincidir los horarios, en algunos días Haydee y Mario viajaban juntos en el colectivo que los llevaba al Centro. Jóvenes llenos de vida, con los sentimientos a flor de piel, los diálogos saltaban entonces del barrio a la familia, de lo intrascendente a las preferencias musicales. La espontaneidad de la relación despertó simpatías y con los días creció la atracción recíproca. Comenzados los encuentros y las salidas de fines de semana, las dos familias sin haberlo sospechado, se vieron ante la gran noticia; Haydee y Mario estaban de novios.

“Así no se hace con una chica armenia”. Tal el reproche de Arpiné porque pasaban los días sin que Mario la llamara a Graciela para informarle del noviazgo. Debía una explicación a esa chica cuya familia conocían. Su silencio sólo serviría para alentar habladurías. Además, Mihrán apreciaba al padre de Graciela, mayorista de calzado que era buen cliente de la fábrica.

En el verano pasado Mario había comenzado a coquetear con Graciela; ex integrante del equipo femenino de básquet del Club Armenio, a mediados de año se había graduado de médica en la UBA. Durante la breve relación ella fue la que armó las salidas, la que muchas tardes lo esperó en el bar de la Facultad. Algún día Sonia le reprocharía al hermano el error de haber dejado trunco un idilio prometedor.

El noviazgo se afianzó definitivamente una vez que Mario rindió la última materia de la carrera. Cuando los amigos tuvieron oportunidad de conocer a la novia, la opinión fue unánime: ni lerda ni perezosa, Haydee había “cazado” al buenazo de Mario.

No iba a luchar contra la decisión del hijo ni quería desuniones en la familia. Procesando contradicciones interiores Arpiné, circunspecta y estrujando el pañuelo que de a ratos acercaba a la cara, madre armenia -nieta, hija y esposa de armenios- quería explicarle por qué no estaba contenta. Sus razones absolutamente simples eran evidencias enseñadas por la vida. Hablándole con el corazón, sólo le haría una reflexión antes del “sí” que lo comprometería de por vida: “Ninguna mujer te hará feliz como una esposa armenia”.

Mario lamentaba el disgusto de la madre; no quería discutir sobre su noviazgo y estaba convencido de que con el tiempo las cosas volverían a su lugar, de que en su momento todo se vería natural. Conocía a jóvenes armenios de su generación casados felizmente con mujeres no armenias.

Los padres de Haydee -Rafael, en particular- encantados por el noviazgo estaban expectantes ante la proximidad del casamiento. Mihrán y Arpiné deseaban que se celebrara en la Iglesia Armenia pero no quisieron cuestionar la idea de la novia y de su madre de realizarlo en “la Redonda de Belgrano” (4).

Luego de la luna de miel, iniciaron la nueva vida en una casa de dos plantas de la calle Ruiz Huidobro, cercana a la de la familia del esposo.

Mario se desempeñaba como ingeniero en una empresa multinacional. Haydee ya no cumplía tareas en la oficina del tío y una mucama se encargaba diariamente del servicio doméstico. Privilegiando su imagen y sin reparar en gastos, frecuentaba asiduamente el gimnasio y un centro especializado de belleza. Carente de preocupaciones acuciantes, las visitas a la modista, las compras en Cabildo en compañía de la madre y las salidas con amigas llenaban muchas de sus tardes.

Nacida Micaela -la primogénita- los suegros de Mario se mudaron a una casona próxima a las barrancas de Belgrano. Justina, la hermanita que tanto deseaba Micaela, vino al mundo cuando ella ya tenía dos años. Ambas cursaron el jardín de infantes y el primario en el colegio al que había concurrido la madre.

Algunas mañanas, por la mínima tolerancia del ómnibus escolar, el padre tomaba la iniciativa de despertarlas, les preparaba el desayuno y controlaba a las apuradas los uniformes y útiles escolares.

Por razones del trabajo, algunas noches Mario llegaba tarde a casa. Cansado, su prioridad era llegarse silenciosamente a la habitación de las hijas y contemplar cómo dormían plácidamente. Satisfecha esa necesidad de calor hogareño, cenaba solo en la cocina mientras ojeaba con desgano el diario que no había podido leer en el descanso de mediodía.

Saber que crecían sanas y contentas, entregadas a los juegos y actividades propias de su edad, lo compensaba de la frustración de una vida matrimonial en la que la frialdad había barrido el afecto familiar.

Sonia no se había casado; era la encargada de una lujosa lencería de la avenida Córdoba que estaba a pocas cuadras de la oficina de Mario. Esa tarde él la llamó para pedirle que se vieran después del cierre. Confidente en la adolescencia y su consejera durante el noviazgo, hacía suyos los problemas del hermano.

la-redonda-buenos-airesEn una mesa retirada del bar cercano, quería desahogarse con ella. Los intentos de llegar a acuerdos razonables con la esposa y las sesiones de terapia no habían logrado que la convivencia se volviera aceptable. Como siempre, Haydee seguía privilegiando su modo de vida, chato y egoísta.

Más allá de las confesiones reticentes de Mario, hacía mucho que tanto la madre como ella sabían que en su casa no todo era color de rosa.

El mozo llegó con el café. Luego del impasse, Mario se solazó hablando de las hijas, de sus aficiones y éxitos escolares, del carácter de cada una de ellas y con particular énfasis, del gran cariño que les tenía. Lo sensibilizaba la mirada tristona de Micaela, la más apegada a él y no ocultó su preocupación por la porción de sufrimiento que les iba a tocar a raíz de una separación que conjeturaba inevitable.

Durante el regreso a casa el hermano permaneció callado mientras Sonia intentaba relajarse hablando de bueyes perdidos con el taxista. Bajaron y Sonia le dijo de pasar pero, él prefirió ir caminando hasta Ruiz Huidobro.

Debido a los achaques Mihrán tuvo que vender la fábrica y alquilar el galpón. Al año siguiente, el avance de su enfermedad obligó a la familia a internarlo en un hogar apropiado para su dolencia.

Concluidos los trámites de divorcio, Mario vivía en un monoambiente de la avenida Las Heras, cerca de la Biblioteca Nacional. Micaela era arquitecta y Justina, luego de cursar en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación ingresó en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Ocupaban con la madre un semipiso, próximo a la casona del abuelo Rafael.

La familia había planeado una reunión íntima para festejar el cumpleaños -¡los cincuenta!- de Mario. Por sugerencia de Arpiné, la reunión sería sencilla y acorde con el recuerdo del esposo fallecido a mitad de año.

El aire tibio hacía aún más agradable la noche de ese sábado de octubre. Los rostros reflejaban la alegría del festejo con la familia reunida en la casa paterna. Las hijas sabían que Haydee iba a llamar para felicitar a su exesposo y saludar a los presentes.

A los postres, Sonia, en nombre de los padres y de toda la familia, obsequió a Mario un “Rolex Datajust”, pulsera de cuero negro. Emocionado, abrazó a la madre y a la hermana, y las hijas lo rodearon para felicitarlo. Esa noche, en el silencio de su departamento examinó detenidamente el reloj a la luz del velador; luego se durmió pensando que el mejor de los regalos era el cariño que le brindaban las mujeres de la familia.

alvear-palaceCuando cumplió veinticinco años de antigüedad, la empresa lo agasajó en el Alvear Palace Hotel. Luego de felicitarlo por su desempeño laboral, un miembro del directorio lo galardonó con una medalla de oro y el pergamino de circunstancia. Con el sueldo del mes, la empresa lo recompensaría con una gratificación especial.

A requerimiento de la filial de Brasil, debía viajar próximamente para supervisar las obras complementarias de una central hidroeléctrica; la estadía fuera del país sería aproximadamente de dos meses.

Las oficinas de la filial de San Pablo ocupaban un piso en un moderno edificio del centro. En las reuniones de los profesionales que intervenían en el proyecto conoció a una licenciada del departamento de finanzas. La atracción recíproca devino en pasión impetuosa que con el correr de los días fue serenando la madurez de ambos.

Por parte del padre, ella era nieta de abuelos armenios que antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial abandonaron el Líbano para radicarse en Brasil. Viuda, sin hijos y unos cuantos años menor que Mario, la geografía no sería obstáculo para que avanzaran en la relación.

De ojos almendrados, cabellos renegridos, cejas prolijamente diseñadas y tez un tanto aceitunada, las cenas en restaurantes que ella conocía bien y los fines de semana en Guarujá, nutrieron un amor que aún incipiente había comenzado a transformar sus vidas.

Concluida la tarea encomendada, Mario se reintegró a sus funciones habituales. En el próximo viaje iba a visitar a la familia de Sofía.

El noviazgo llevaba más de un año. Volaba a Brasil los fines de semana o en los feriados largos. La última de las veces, Mario regresó en compañía de Sofía, ansiosa de conocer a su familia. El día siguiente era domingo. Mario arregló para que fueran a almorzar a Saavedra.

La madre y Sonia saludaron a Sofía en armenio y ella se disculpó por contestar en portuñol. Sonriente y cariñosa, especialmente con las hijas de Mario, su simpatía sin afectaciones subyugó a todos. Arpiné no se cansaba de mirarla y creía adivinar en ella a la mujer que haría feliz al hijo.

Avanzaba la tarde y Sofía debía regresar al hotel; antes de la medianoche tomaría el vuelo de regreso a San Pablo. En complicidad con Mario había reservado para la despedida el anuncio largamente esperado por la familia. En el transcurso del próximo mes volvería nuevamente a Buenos Aires; vendrían con ella los padres y hermanos para… estar presentes en su casamiento con Mario.

Sin importarles la hora, las cuatro mujeres siguieron conversando animadamente. Los comentarios ocurrentes se sucedían en desorden aunque, como no podía ser de otro modo, la lupa femenina se ponía preponderadamente sobre la novia brasileña y los próximos pasos de los futuros cónyuges.

A pedido de Micaela, la abuela Arpiné fue a preparar café. El grato aroma del “haigagán surch” (5) envolvió el comedor. Justina apuró su pocillo y muy seria se dirigió a la hermana: “Escuchame, Micaela, ¿vos sabés desde cuándo a papá le gustan las gorditas?”

Roberto N. Kechichian

 

(1) “tcheté”: guardia irregular que cometía actos de pillaje con los armenios deportados.
(2) “ardj”: mujer armenia tomada como concubina, al estilo musulmán.
(3) “mecidiye”: moneda de oro acuñada por el Imperio Otomano.
(4) “la Redonda de Belgrano”: alusión a una iglesia parroquial, tradicional en el barrio. (5) “aigagan surch”: “café armenio”, preparado al modo oriental y servido sin filtrar.

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