Diran Sirinian: “Mi acercamiento al mundo de las antigüedades tuvo sus orígenes en mi abuelo Diran”

05 de marzo de 2020

Sirinian es librero. Y poca palabra abarca más que esa. El amor por la lectura nos acerca a la bibliofilia y desde ahí, no hay camino de vuelta. Poema 20 es su coqueta librería anticuaria de la calle Esmeralda y una vez adentro, el mundo se abre infinitamente. Una historia familiar entrañable le marcó su destino.

—Contanos sobre tu formación y la decisión de montar una librería con estas características.

—Hice mi carrera de grado y posgrado en Estados Unidos, donde estudié economía y ciencias políticas, luego administración de empresas. Trabajé en distintas empresas hasta que a finales de 2002 decidí alejarme del mundo corporativo, del trabajo en relación de dependencia, para abrir una librería anticuaria. Tenía bastante afinidad con el ámbito de las librerías anticuarias ya que desde chico empecé mi propia biblioteca orientada principalmente a la temática fotográfica, y también un capítulo sustancial dedicado a Armenia.

—La historia de tu familia.

—Mi madre es Mariana Mosditchian, nacida en Sao Paulo, Brasil. Y mi padre, Tacvor, nacido en Bucarest, Rumania. Los cuatro abuelos armenios, de Esmirna y Afion. Anécdotas familiares tengo muchas, claro. Pero tal vez la más relevante, más que anécdota, un capítulo fundacional en mi formación armenia, tiene que ver con mi relación con mi abuelo materno, Diran Mosditchian. Nacido en Esmirna en 1908, Diran se escapó de las masacres en 1922 y anduvo perdido de su familia, viviendo un año en un orfanato en Estambul hasta que finalmente se reencontró con los padres y hermanos en París. Ahí estudió y se incorporó al negocio familiar orientado al comercio de alfombras. En 1939 viajó a Brasil de luna de miel y terminó afincándose en Sao Paulo, donde se dedicó al comercio de alfombras y otras antigüedades. Debido a la Segunda Guerra decidieron no volver a Francia, así fue que mi madre nació en Brasil. Yo desarrollé una relación muy cercana con mi abuelo, quien tuvo la posibilidad de verme iniciar la librería. Puedo decir que mi acercamiento al mundo de las antigüedades tuvo sus orígenes en mi abuelo Diran.

Un objeto. Elegí esta porcelana pintada por mi madre a partir de un manuscrito armenio.

—¿Cuál es tu relación personal con los libros?

—Mi relación con los libros nació en casa, diría principalmente por estímulo materno. Faltándole un año para recibirse, abandonó la carrera de abogacía para casarse y venir a vivir a la Argentina. Y ella, tanto por afinidad personal, como por sus estudios, tenía una fuerte relación personal con los libros. Así fue que de niños, mis dos hermanas y yo, recibíamos una mensualidad paterna, la cual se podía suplementar con una mensualidad libresca que financiaba mi madre. Si queríamos comprar libros no hacía falta usar la plata de la mensualidad. Lo de los libros antiguos fue naciendo de adentro y de estar cerca de las antigüedades. Aunque mi abuelo no se dedicaba a los libros antiguos, tenía, como todo anticuario, una biblioteca de libros de referencia y consulta. Y yo siempre curioseaba las bibliotecas de mi madre y de mi abuelo. Fue justamente después de la crisis 2001/2002 que hice un replanteo profesional y me lancé a hacer algo completamente diferente y sin darme cuenta ya pasaron dieciséis años, lo cual no deja de asombrarme. Las satisfacciones van mucho más allá de lo material. Por la librería pasan personas de perfiles muy distintos buscando una gran variedad de temáticas, personas con todo tipo de inquietudes, con quienes se desarrolla un vínculo. Este es un ámbito de constante aprendizaje. En la librería conocí hace cinco años a mi mujer, Guadalupe. En la librería conocí a Christian, un queridísimo amigo, que me hizo padrino de su hijo. Además de estos dos seres muy especiales que me regaló la librería, muchas otras personas y situaciones me han gratificado y enriquecido espiritualmente.

—En El Imperio, Kapuscinski cuenta sobre los armenios y una vieja tradición, la de manufacturar libros: dice que carneaban hasta cuarenta ovejas para usar la piel como páginas. Los que vivimos esta bibliofilia tan particular, ¿te parece está ligado a eso?

—Leí El Imperio hace muchos años y no recordaba esa referencia. Sin embargo, encuentro que tiene mucha lógica. Acabo de terminar de leer The Missing Pages, la increíble historia del Evangelio de Zeytún, que hoy se encuentra una parte en el Getty y la otra en el Matenadarán. Creo que ahí se entiende cabalmente lo importante que es el libro –impreso o manuscrito- en nuestra tradición e historia.

—Tenés ejemplares antiguos armenios en la librería, contanos sobre eso.

—Tengo una pequeña sección de libros armenios por la cual casi nadie se interesa. Cada tanto aparece alguien preguntando por libros armenios. En este momento tengo un ejemplar de Dictionnaire Arménien-Français et Français-Armémien, de A. de Nar Bey, publicado en París en 1872. En Argentina he tenido poquísimas oportunidades de conseguir material armenio raro. Una vez, hace más de diez años, compré en Córdoba un rollo de oración manuscrito armenio del 1700; se conocen como hmail. Estos rollos de oración o filacteria, son soportes decorados e iluminados que comenzó a utilizar la iglesia armenia en el siglo XVII hasta el XIX. Comenzaron en forma manuscrita, generalmente sobre pergamino, pero luego también se produjeron en forma impresa, sobre papel. Contienen sermones, fragmentos del Evangelio, fórmulas “mágicas” y rezos para proteger, a modo de amuleto, las familias del peligro, particularmente para mantener al demonio alejado. Los manuscritos venían acompañados de bellas y elaboradas iluminaciones intercaladas en el texto, mientras que en su versión impresa se intercalaban grabados, que a veces era coloreados a mano. Pensados para uso doméstico o para viajar, estos delicados objetos religiosos, angostos y muy largo (10 a 15 cm de ancho, mas de 4 metros de largo), se enrollaban para guardarse en un estuche de cuero labrado. El que compré en Córdoba, era de una familia armenia originaria de Jerusalén que terminó ahí. Yo había puesto una aviso de compra de libros, sin aclarar nada con relación a lo armenio, incluso sin usar mi nombre. Me llamó por teléfono un señor informando que tenía esa pieza y en la próxima visita a Córdoba, nos juntamos en una confitería y nos pusimos de acuerdo en el precio. En un primer momento la pieza quedó en mi colección personal. Unos años más tarde pude comprar otro hmail manuscrito (los hay impresos también) que perteneció a Der Arsham Bozoian, cura párroco de la Iglesia de Vicente López y gran bibliófilo. Pude comprarle a la hija algunos libros de arte armenio y este manuscrito. Como dato curioso, mi madre era muy cercana a Der Arsham y en alguna ocasión también lo ayudó a comprar algunos libros. Finalmente, en 2012 fui invitado a viajar a Armenia con ocasión de Ereván Capital Mundial del Libro. Buenos Aires lo había sido en 2011 y en el marco del traspaso de una ciudad a la otra, me invitaron a armar una exposición de fotos antiguas de Buenos Aires en la sede de la Municipalidad de Ereván. Con esa ocasión gestioné una visita al Matenadarán y les doné los dos hmail que tenía en mi colección. Tenía lógica que estuvieran ahí en lugar de en mi biblioteca.

—¿Sos activo en la comunidad?

—No soy activo en la comunidad. Mi abuelo Diran fue socio vitalicio de UGAB. Mi familia está vinculada por años de cercanía al Colegio Armenio de Vicente López, donde hay un gimnasio que lleva el nombre de mis abuelos paternos y también un programa de becas de alumnas con el nombre de mi madre.

Lala Toutonian
Periodista
latoutonian@gmail.com

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