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Gonzalo Urriolabeitia: “La embajada interactuó siempre con la armenidad de Argentina”

El embajador de Argentina en Armenia saliente, Gonzalo Urriolabeitia, dialogó con el Diario ARMENIA poco antes de una recepción que le realizó IARA – Instituciones Armenias de la República Argentina el miércoles 11 de septiembre, tras dejar su misión diplomática.

—¿Cómo fue ser Embajador en Armenia?

—Fue mi primera vez como Embajador, eso fue un componente muy especial, nos preparamos toda la vida para eso. Para nosotros ser Embajador es como jugar en Primera. Tiene un significado político, profesional y humano muy fuerte, porque estás representando a tu país. Naturalmente, hay distintos niveles de importancia en distintas embajadas, pero esta es una muy importante, tiene una comunidad en Argentina que hace que la relación sea distinta. Argentina es importante en Armenia por sus inversiones, por el trabajo que hacen muchas organizaciones de la comunidad. Nosotros trabajamos con todas las organizaciones y eso fue muy relevante para la relación bilateral. Fue exótico, fuerte, interesante, desafiante, es otra cultura, otro idioma y otras costumbres. Una distancia enorme de tu país, pero hay vínculo con un grupo de argentinos que la hace muy especial. Hay muy pocas embajadas que tienen eso. Lo que más te llevás, además de la experiencia profesional, es haber vivido otra vida. Yo tengo esa sensación de que esta fue mi tercera vida. Pero la vida de Armenia fue especialmente distinta, porque el idioma y las costumbres son notablemente diferentes. Entonces no dificultó, al contrario, me enriqueció muchísimo, disfruté muchísimo la parte personal de mi período armenio.

—¿Qué le sorprendió?

—Fue un deslumbramiento total: cultural, estético y político. Por eso saqué tantas fotos, como se vio en aquella muestra que hicimos en la Asociación Cultural Armenia. No termina nunca, hasta el día antes de irte estás aprendiendo algo, una palabra, un gesto, una costumbre.

—¿Los propios trabajadores de la embajada también lo ayudaron a entender?

—Las chicas que trabajan en la embajada están acostumbradas a lidiar con diplomáticos. Yo absorbí muchísimo entre la armenidad y el profesionalismo de ellas. Porque aparte lo necesitás, yo llegué a Armenia un 18 de abril de 2015 y 5 días después fue el centenario del Genocidio Armenio. Y yo no sabía ni dónde vivía. A mí me pasaron cosas muy fuertes en Armenia, la visita del Papa, la Guerra de los 4 días, la Revolución de Terciopelo…

—¿Cómo se vivieron esos hitos tan importantes?

—En un momento pensé que era un reality show, que las cosas pasaban para mí. Fue un privilegio enorme. La visita del Papa, estar al lado de ese líder y ver lo que producía en un lugar que es cristiano pero no es católico. Ver las reacciones de la gente en el período de la Guerra de los 4 días fue impresionante, una de las cosas que más me impactó.

Como Embajador vivís lo micro. Cuando sos un visitante, un turista, ves un pedazo de historia y te volvés. La persona que vive ahí va al kiosko, al supermercado, se enamora, se pelea, discute. Por ejemplo, cuando empieza la guerra yo estaba tomando clases de ruso y llegó mi profesora muy desmejorada. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que sus hijos se habían juntado con un grupo de amigos y se habían ido a la guerra.

—¿Le sorprendía el nivel de patriotismo?

—No porque los armenios son un pueblo milenario y en la historia de la humanidad han jugado siempre un papel en todos los conflictos bélicos de la región. Es un país que siempre estuvo rodeado de imperios, el persa, el ruso, el otomano, el mongol… es una región con un desarrollo político militar muy fuerte. El armenio es un pueblo endurecido por los años de lucha. A mí no me impresionaba tanto el coraje sino la serenidad: cuando la situación empezó a escalar veías personas haciendo fila frente a una escuela para registrarse para ir al frente. Había una tensión, pero mucha serenidad en el pueblo y mucho dolor. Las madres y los padres sufren. La anécdota que contaba demuestra que hay una cierta imprevisibilidad en el aire, una mujer no sabe cuándo su hijo o su marido se van a ir a una guerra.

Por otro lado, la Revolución de Terciopelo a mí me desafió en varios sentidos, porque la verdad es que no surgía esta posibilidad a partir del análisis político que uno hacía. En un momento me culpé a mí mismo por cómo no vi venir esto. Después me calmé cuando vi que nadie lo había previsto. Yo sospecho que fue pacífica porque casi un año antes se produjo el asalto a la comisaría (NdR: la toma de rehenes en una comisaría de Ereván por parte de un grupo armado en julio de 2016). Ahí hubo un grupo de gente que salió a la calle, pero me parece que la sociedad no estaba preparada para ese tipo de desarrollo político. Cuando se produce esta situación de insubordinación popular, me parece que mucha gente tuvo en la cabeza que no quería eso.

Creo que era correcto el análisis que hacía del funcionamiento político dentro de Armenia. Tenías varios partidos dentro del sistema político, algunos oficialistas y otros opositores, y después tenías la oposición antisistema, que fueron los de la toma de la comisaría. Todo el mundo se imaginaba una revolución por fuera del sistema. Lo que sucedió es que Nikol Pashinyan estaba en un partido dentro del sistema de disputa política, esto fue lo que nadie pudo ver. Inclusive el propio Pashinyan. Cuando empieza el movimiento, Pashinyan estaba con un grupo muy pequeño de gente y después eso fue creciendo, fue realmente una experiencia sociopolítica muy fuerte para mí.

—¿Se reunió con Pashinyan en ese momento?

—Lo vi durante el proceso. Él asumió como Primer Ministro el 8 de mayo. Nosotros ya teníamos una relación con él. Fue muy fructífera la reunión, fue en el Congreso, en plena efervescencia revolucionaria. Hablamos de lo que significaba Argentina, sus inversiones, sus instituciones.

—A partir de su gestión, la embajada fue la casa de todos los que viajaron desde Argentina. ¿Eso fue lo que hizo que tuvieran un rol especial?

—Claro, sin dudas. Eso es lo que hace que la embajada tenga la relevancia que tiene. Eso es central. Nuestra primera reflexión sobre el funcionamiento de la embajada fue la de tratar de encontrar un lugar en la actividad de las instituciones armenias desde Argentina en Armenia. Creo que tuvimos bastante éxito. La relación fue creciendo de menos a más. Esto es normal, la gente al principio no nos conocía, de a poco fue viendo cómo funcionaba la organización y finalmente se fueron acercando. En los últimos 3 años de actividad de la embajada, casi ninguna actividad fue de la embajada sola, casi siempre era con una organización de Armenia, con una empresa armenia, con un médico… y era lo que nosotros queríamos. La embajada interactuó siempre con la armenidad de Argentina. De hecho, la plaza República Argentina fue el cúlmine de eso.

—¿Fue el cierre de su gestión?

—Estuvimos tres años trabajando en la plaza. El nombre lo conseguimos rápido, en unos seis meses en junio del 2017 a través de la municipalidad y el Consejo de Ancianos de Ereván. Eso fue fácil. El tema fueron las reformas. Primero porque nunca cuesta lo que pensábamos que iba a costar. Segundo porque las cosas nunca son tan fáciles como creías. En el medio estuvo la revolución. Hubo que explicarle a la nueva administración lo que queríamos, lo que veníamos haciendo. Ahí encontramos un apoyo importante de la municipalidad. Y por supuesto IARA (Instituciones Armenias de la República Argentina) que finalmente nos ayudó a financiarla. La inauguré dos días antes de volver. Para mí fue un placer, porque modificamos el paisaje urbano colocándole en nombre de nuestro país y poniéndole un monumento a uno de tus héroes más importantes. Miles de armenios pasan por la plaza República Argentina a diario. Y la hicimos nosotros, la comunidad y la embajada. Me emocionó mucho y fue un proyecto muy simbólico.

—Qué lugar le recomendarías a un argentino que viaje a Armenia?

—Un lugar que me llamó mucho la atención fue Lori. Hay un hotel muy lindo que es el Tufenkian Avan Dzoraget. Allá te recomiendan ver dos iglesias. Lo curioso que entre las dos iglesias hay un monumento a Artem Mikoyan que fue el creador de los aviones MiG. Entonces al lado de las iglesias tenés un monumento con un MiG adentro, una cosa tan curiosa, atractiva, un monumento a la guerra y uno a la paz, uno pegado al otro. Me parece que las dos cosas hablan mucho de Armenia, la espiritualidad y la guerra.

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