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Gurdjieff: Un místico soñador que nunca quiso dormir

“La vida es real sólo cuando yo soy…”

GurdjieffGenial, enigmático, dominante. Tres características de su enérgica personalidad que pueden reconocerse con la mera observación de sus retratos. Su visión de la existencia humana, su perspectiva del potencial intelectual y espiritual de cada persona, su original hallazgo filosófico –aunque para algunos diste del concepto central, influido por un misticismo orientalista que lo hace único-, su apasionante vida, todo cuanto haya producido o tenga algún punto de relación con este original “bon vivant”, tendrá alguna utilidad práctica para alguien en algún momento.

Innumerables escritos, composiciones musicales, creaciones psico-filosófico-esotéricas que abarcan desde narraciones de experiencias personales hasta coreografías ha dejado a la humanidad Georges Gurdjieff (1), nacido en la antigua ciudad armenia de Gyumri (Alexandropol durante el régimen soviético) en 1866. Su madre era armenia y su padre, Ioannas Giorgiades, de origen griego. Dueño de numeroso ganado, Ioannas pastoreaba por obligación y cantaba por elección. Había heredado, como ashugh (trovador y poeta), un amplio repertorio de mitos y leyendas folclóricas que contaba a su familia en las crudas noches de invierno. En el Gurdjieff niño, quedó la huella indeleble de los cuentos del Hodjá Nasreddin, sabio folclórico persa que trastocaba la realidad con historias hilarantes y pedagógicas.

La vida en el Cáucaso era dura y difícil, y por eso Gurdjieff fue criado espartanamente por su padre. El pequeño debía salir al patio, en invierno, de madrugada, para lavarse el aire libre y correr desnudo hasta que el sueño se disipara por completo o bien permanecer inmutable al encontrar una rana o culebra bajo su almohada.

Gurdjieff tenía 7 años cuando una plaga azotó la región y exterminó todo el ganado, enfrentando a la familia a una nueva vida llena de necesidades. Con una calma ancestral, su padre se adaptó a las nuevas circunstancias e instaló una bodega de madera. La situación se complicó aun más cuando el ejército ruso pasó por la ciudad a raíz de la guerra con el sultán Abdul Hamid. En medio de este panorama, Gurdjieff crecía con la convicción de ser único y diferente, quizás por la influencia de su abuela que en el lecho de muerte lo incitó a ser renovador: “… tu el mayor de mis nietos, escucha y acuérdate de mi última voluntad: en la vida, jamás hagas nada como los demás. O bien no hagas nada en absoluto –ve solamente a la escuela- o bien haz algo que nadie hace…” recuerda el maestro en sus Relatos de Belcebú.

Gurdjieff sentía un impulso irresistible por comprender la significación del proceso de la vida de las diferentes formas de criaturas, y en particular, de la finalidad de la vida humana a la luz de estas interpretaciones. Encontró que los complejos interrogantes que se le presentaban eran demasiado profundos para ser respondidos por la filosofía y las religiones conocidas. Entonces sintió el susurro de antiguas voces que tal vez lo guiarían en su búsqueda. Intuyó que algunas respuestas podrían estar ocultas en los templos ocultos de los iniciados. ¿Existiría aun la “Hermandad Sarmung”?

A sus 17 años, viaja a Tiflis para emplearse en el ferrocarril. Allí conoce a sus primeros compañeros en la búsqueda de conocimientos ocultistas: el seminarista Sarkis Boghossian y un librero llamado Abraham Yelov. En 1886, los tres amigos encuentran la primera clave mientras escarbaban en las ruinas de la antigua capital armenia Aní. Entre unos pergaminos, descubren una referencia de la “Hermandad Sarmung”, que sugería que había sido una escuela de los aisores, situada entre Urmia y el Kurdistán.

En el período que siguió, que quizás duró unos veinte años, Gurdjieff desapareció. Había decidido viajar buscando el monasterio y ser aceptado en él. Se sabe que emprendió viajes lejanos junto a su grupo de Buscadores de la Verdad, que comenzó en Armenia, continuó por el Cáucaso, la India, el Tíbet, Egipto, Moscú, San Petersburgo, Estambul y luego a París, donde encontró su lugar en el mundo para transmitir lo aprendido en esos largos periplos. Gurdjieff fue inspirado por la profundidad y la vibración de la energía de las canciones populares, danzas y rituales sagrados que conoció. Su preocupación principal fue el desarrollo de las personas a partir de la exploración de ellas mismas, a fin de reconocer y aprovechar la energía disponible para vivir y ser lo que realmente somos…

Estos años fueron de suma trascendencia para la formación de su pensamiento. El mismo dice: «No me encontraba solo. Había entre nosotros, toda clase de especialistas. Cada uno estudiaba según los métodos de su ciencia particular. Después de lo cual, al reunimos, nos participábamos los resultados obtenidos».

Alude así al grupo de los Buscadores de la Verdad. Hasta hoy no sabíamos quienes habían sido estos compañeros de juventud de Gurdjieff. En “Encuentros con Hombres Notables” nos presenta a algunos de ellos y da detalles sobre sus aventuras y sus viajes (2).

Volvemos a encontrar a Gurdjieff en Moscú, en la primavera de 1915, cuando se produce su encuentro con una personalidad sólidamente formada en temas científicos: Ouspensky, quien en 1909 había publicado un libro sobre la cuarta dimensión. Con la esperanza de encontrar en Oriente una respuesta a las preguntas a las cuales, según él, la ciencia de Occidente no aportaba solución, emprendió un gran viaje a la India y a Ceilán.

Regresó de ese viaje convencido de que su búsqueda no era vana y que efectivamente había algo en Oriente, pero «que el secreto estaba guardado mucho más profundamente y mucho mejor de lo que él había previsto». Esta preparando un nuevo viaje, esta vez al Asia Central rusa y a Persia, cuando le hablan del sorprendente personaje recientemente aparecido en Moscu. Persuadido de que ese hombre podía ser el camino hacia el conocimiento que el había buscado en vano en Oriente, Ouspensky se hizo discípulo de Gurdjieff. Más tarde daría un relato preciso, de impresionante honradez, de los siete años que pasó al lado de su maestro para elucidar y desarrollar todo lo que éste le había dejado entrever durante esa primera conversación en Moscú en 1915.

Pero Gurdjieff, en medio de la guerra, atrajo a otros buscadores. Entre ellos debemos destacar al compositor Thomas de Hartmann (1885 -1956), ya bien conocido en Rusia. En sus viajes, Gurdjieff había recogido muchas melodías y canciones, que sirvieron de inspiración para sus composiciones, llegadas hasta nosotros gracias al citado de Hartmann, quien las armonizó para piano solo.

La obra de Gurdjieff es múltiple. Pero, cualquiera que sea la forma a través de la cual el se expresó, sus conceptos, sus razonamientos y sentencias son siempre una poderosa llamada. A lo largo de unos cuarenta años esta llamada resonó con tanta fuerza que, desde todos los continentes hubo mucha gente que, como De Hartmann, sintió la necesidad de acudir a él. Pero acercarse a Gurdjieff era siempre una prueba. Frente a él, toda actitud parecía artificial. Fuese ella de excesiva deferencia, o de pretensión, desde el primer instante se veía destrozada. Caída la actitud, no quedaba sino una criatura humana despojada de su máscara y sorprendida por un instante en toda su verdad. Experiencia despiadada e imposible de soportar para algunos que no le perdonaban haber sido desenmascarados y una vez fuera de su alcance, buscaban justificarse por todos los medios. Así nacieron las leyendas más extravagantes acerca de su personalidad.

El propio Gurdjieff se divertía con esos cuentos. Llegaba incluso a provocarlos si era necesario, aunque no fuera sino para deshacerse de los simples curiosos, incapaces de comprender el sentido de su búsqueda. En cuanto a los que habían sabido aproximarse a el y para quienes este encuentro había sido un acontecimiento decisivo, toda tentativa para describirlo les parecía irrisoria. Por eso los testimonios directos son tan raros. Con el tiempo, los alumnos de Gurdjieff han estimado necesario hacer públicos estos relatos, concebidos al principio para ser leídos en voz alta en un círculo restringido de alumnos y de invitados. Gurdjieff habla en ellos del periodo menos conocido de su existencia: su infancia, su adolescencia y las primeras etapas de su búsqueda.

Uno de sus libros, “Encuentro con Hombres Notables”, es particularmente útil para hacer una primera aproximación a su vida. De hecho es una autobiografía, aunque no en el sentido más común del término.

La Revolución sorprendió a Gurdjieff rodeado de discípulos, en Essentuki, al norte del Cáucaso, donde acababa de sentar las bases de un primer “Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre”. Cuando se desencadenó la guerra civil realizó con algunos de sus alumnos una arriesgada expedición a través de los desfiladeros del Cáucaso. Llegado por esa inesperada vía a Tbilisi, momentáneamente en paz, abrió allí un nuevo Instituto. Luego, sumergido el sur del Cáucaso en la Revolución, se refugió con sus alumnos en Constantinopla, donde pudieron reabrir el Instituto. Este itinerario se alarga, cada vez más hacia el Oeste, hasta llegar a Fontainebleau, donde por fin Gurdjieff halló las condiciones necesarias para fundar el Instituto sobre bases estables. Entre los ingleses que se le unieron se destaca la figura de Orage. Había vendido, para venir al Prieuré, su revista The New Age, en la que, según Bernard Shaw, había demostrado durante catorce años ser “el más brillante ensayista de ese tiempo”.

También Margaret Anderson, fundadora de la revista vanguardista “The Little Review”, formó parte de ese grupo. Muy escasos fueron, en esos primeros años, los franceses que se acercaron a Gurdjieff. Un hombre inolvidable, Alexandre de Salzmann, se había unido a el en Tbilisi. Era pintor y decorador de teatro. Su mujer era francesa. Fue ella quien en lo sucesivo haría conocer el pensamiento de Gurdjieff en Francia y le traería los grupos a los cuales el transmitió su enseñanza, en Paris, después de cerrar el Prieuré. A su llegada al Prieuré, Katherine Mansfield describe: “… un viejo castillo muy bello, circundado por un parque admirable… Se atiende a los animales, se trabaja en el jardín, se hace música… debe uno despertar a las cosas, en vez de discurrir sobre ellas”. Y más tarde: ”…en tres semanas, siento que pasé años en la India, en Arabia, en Afganistán, en Persia… por cierto que no debe de haber otro lugar en el mundo en el cual se pudiera aprender lo que se aprende aquí”. No ha de sorprender que Gurdjieff haya encontrado en la música un factor fundamental para complementar el ambiente acogedor y místico para la concentración y la ejercitación de sus discípulos en castillo del Prieuré.

Bajo la influencia de las distintas impresiones, la comprensión y la percepción de las raíces profundas del cristianismo armenio, la ortodoxia griega, el hinduismo, el budismo y el sufismo, la música de Gurdjieff es una expresión viva de la fe, profunda y eficaz, permitiendo llegar a las personas hasta su esencia. Los sonidos musicales rituales y populares se combinan con los conocimientos ancestrales de todas las culturas. Sabemos que uno de los proyectos de Gurdjieff fue transcribir sus canciones para orquesta folclórica Armenia, el cual no pudo concretar debido a un grave accidente automovilístico en 1924 que lo dejó al borde de la muerte. Tras largas décadas, un talentoso músico armenio llamado Levon Eskenian se abocó a la difícil tarea de instrumentar diecisiete piezas con la intención de hacerla sonar lo más cercanamente posible a lo que Gurdjieff hubiera deseado.

El Ensamble Gurdjieff, que nos visitará en breve, fue creado ex profeso para tal cometido y dedicado a difundir esta diversidad etnológica. Incluye instrumentos folklóricos armenios, como el Duduk, el Ud, el Kamancha, el Blul, el Canon y el Dhol. La música de Gurdjieff-de Hartmann recreada por Eskenian remite indefectiblemente a la recreación de las experiencias artísticas protagonizadas por el gran maestro y sus compañeros “Buscadores de la Verdad” en sus travesías por el mágico mundo oriental, hoy día aun pleno de misterios y enigmas de los que los armenios también somos parte.

Investigación de Alejandro D. Dorumian MSD
armeniayelmundo@gmail.com

 

(1) Gurdjieff: pronúnciese la dj como la j en Joyce
(2) Este libro sirvió de guión para una interesante película homónima, disponible en Youtube.

Nota: El título alude a una de sus máximas más conocidas: “La mayor parte de la gente pasa su vida durmiendo”, en referencia a la falta del estado de conciencia que permite vivir cada momento con la mayor plenitud e intensidad.

Algunas frases célebres de Georges Gurdjieff:

“La gente no tiene idea de hasta que punto es arrastrada por el miedo. Este miedo no es fácilmente definible. Hay momentos en que este miedo se vuelve casi una obsesión.”
“El hombre puede renunciar a todos los placeres que quiera, pero no va a renunciar a su sufrimiento”
“Un hombre no es nunca él mismo por mucho tiempo. Está continuamente cambiando.”

De su libro: “La Ultima Hora de Vida” : “Imagina, que sólo tienes unos pocos minutos, tal vez una hora para vivir; de alguna manera has descubierto exactamente cuando morirás. ¿Qué harías con esta preciosa hora de estadía en la Tierra? ¿Serías capaz de completar todas tus cosas en esta última hora, tienes una idea consciente sobre cómo hacerlo?”

“La libertad vale un millón de veces más que la liberación. El hombre libre, aunque esté en esclavitud, sigue siendo un maestro de si mismo”.

“Un hombre de verdad, es aquel que pudo tomar de la vida todo lo que era valioso de esta, y decir: “Y ahora puedo morir” Debemos tratar de vivir nuestras vidas de manera que podamos decir cualquier día: “Hoy me puedo morir sin arrepentirme de nada”.

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