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Introducción de unos días inolvidables

Artsaj o Karabagh (Parte 1)

natula-familiaHace días que quiero empezar a escribir esta crónica pero nunca empiezo porque realmente no sé cómo hacerlo. Decidí escribir algunas ideas en papel acerca de los primeros días en Karabagh como para encontrarle un principio a esta primera parte y luego volcarlas en esta nota.

Un buen comienzo podría ser el del domingo 8 de marzo, cuando todavía en las frías mañanas de Ereván tuve que tomar un taxi hacia la calle donde se reúnen las marshrutkas que llegan hasta Karabagh.

Y así sería el comienzo.

A pesar de haber tenido que madrugar, mi rostro no dejó de sonreír un instante. Y ya una vez andando, además de la sonrisa me acompañaba cierta tranquilidad por haber elegido hacer este viaje, al cual consideraba necesario en esta Aventura.

Necesario para mi persona, para mi crecimiento, para cortar la rutina, para volver a esas tierras donde en enero fui tan feliz.

En la marshrutka éramos unos pocos pasajeros y lo interesante era que esos pocos, se conocían entre todos. El chofer, era un personaje particular, que podría realizar el recorrido sin mirar hacia adelante, miles de veces más, saludando a todo quien se cruce en su camino.

El sueño me venció, pero yo había elegido sentarme en el asiento individual al lado de la puerta (para poder viajar con las piernas estiradas) con lo cual en cada parada (de fumadores), cuando se abría la puerta corrediza, me despertaba.

Como ya les dije, era 8 de Marzo, acá también se celebraba el Día de la Mujer, y el único caballero que viajaba junto a nosotras, en una de las paradas decidió comprar, a un muchacho que estaba en no sé cual parada, algunos ramilletes de flores.

Guardó dos, y el tercero fue mío. En el siguiente abrir de mis ojos, la señora del asiento próximo al mío, me convenció de probar la comida que trajo para el viaje preparada por ella misma. Y así parecíamos viajar cómo en familia entre los pocos domingueros.

Hasta llegar a Stepanakert (capital de Karabagh) algunos otros subían y bajaban acercándose a sus destinos. Pero el primero de los grandes destinos donde la marshrutka quedó aún mas vacía fue Shushí. Y en mi mente miles de recuerdos del crudo invierno, y mis ojos tratando de identificar ciertos paisajes sin la abundante nieve, y unos minutos más tarde, Stepanakert. La recordaba de a ratos pero sentía que no la conocía tanto.


Una ciudad con lluvia me recibió, y el copiloto del transporte notó que nadie me esperaba, y que tal vez no iba a poder comunicarme con la persona que me vendría a buscar. (En Ereván hay algunas cosas que no entiendo por la diferencia del lenguaje, y en Karabagh puedo decirles que solo algunas entiendo….). El muchacho coordinó donde me encontraría con mi madre karabaghí

Susanna, mi madre, que más que madre era mi hermana debido a sus 34 años, llegó apenas minutos después, me subió a su coche (una mujer manejando una camioneta ya era un cambio notorio de lo que venía viviendo en Ereván), y sin darme muchas explicaciones me llevó a lo de su abuela.

Claro, era domingo, era día de la mujer, y encima la abuela cumplía 90 años… motivos suficientes para que la casa donde entramos estuviera repleta de gente, y la frase esperada se avecinó. ¿Se acuerdan del “hats udenk” de las crónicas de año Nuevo? Había vuelto. “Sacáte los zapatos acá y sentáte a comer.”

nota-karabaghListo. Ya estoy como en casa – pensé- , y en la mesa una multitud de hombres conversando y brindando por los noventa de la abuela, por la mujer y porque sí. Y como ya me lo había advertido un amigo, ya estaba en la tierra del “tuti oghi y del jingalov hats y del Babig Mamig” (el primero es el vodka de tut (mora), el segundo un pan relleno de 18 verduritas diferentes que se vende por donde quiera que vaya y el tercero es el famoso monumento también llamado “Nosotros somos nuestras montañas” haciendo referencia a lo ancestral, y al arraigo del armenio a sus tierras).

El domingo dejó la frescura de la lluvia puertas afuera y la calidad reinaba en esa casa ese día. Ese y todos los que siguieron.

Mi trabajo en Artsaj fue como voluntaria de Birthright, en este caso, dentro del proyecto NUR, una iniciativa de Eduardo Eurnekian que funciona hace cinco años tanto en escuelas de Karabagh como de Armenia, y según sus siglas en idioma armenio, significa Nueva Estrategia Educativa (Pueden conocer más y ver fotos siguiendo la página NUR en Facebook).

Karabag--Artsa-j---babig-mamigAquí el alumnado tiene la posibilidad de trabajar con sus propias computadoras desarrollando muchísimo su potencial en todas las áreas y trabajando con creatividad en las diversas materias. En este caso se encontraban avocados a un proyecto sobre el centenario del Genocidio Armenio. Mi labor fue colaborar en este proyecto en las escuelas, que son muchas, junto a los alumnos de sexto grado. Gracias a este trabajo tuve la posibilidad de conocer todos los colegios de Artsaj, a sus docentes y a los alumnos, además de gente maravillosa con quien trabajo fuera de las escuelas, y a través de ellos confirmar que la calidez de los karabaghíes es una marca registrada.

Y qué decirles de mi nueva familia. Como ya les había mencionado, mi madre (o hermana) Susanna y Chris tienen cuatro hijos y reina la variedad de edades (14, 10, 5 y 2). Su casa está muy acostumbrada a recibir visitas de todas partes del mundo, pero el rasgo característico de esta familia, es que los almuerzos y las cenas se realizan en casa de la abuela materna (a unas pocas cuadras). Esto se debe a que tanto madre y padre trabajan todo el día, y alguien tiene que encargarse de los niños y que mejor que los abuelos…

Desde el primer día sentí la casa de la abuela como propia. Donde nunca me trataron ni actuaron como si hubiera visitas en la casa. Entonces la escena de cada día era la de un hogar bien vívido. La nuera cocinando a niveles industriales, la abuela persiguiendo a los nietos para bañarlos, o dormirlos, o abrigarlos, el abuelo ofreciéndome una copa de kini (vino), y el hijo varón sentado en la mesa conmigo preguntándome si me gusta Artsaj, a los que mi respuesta siempre es, MUCHO.

Y de fondo, pesar de algunos gritos o llantos, reina la alegría.

Y eso sucede en cada rincón de Karabagh. Viven amenazados por la guerra, en cada casa hay bolsos y uniformes militares de los hombres que realizaron o realizan su misión en el ejército, en los coloridos ténderes que cuelgan de los balcones se observan remeras de esos uniformes, en la calle, en los buses, en todos lados se los ve vestidos con sus pantalones, chaquetas y borcegos. Y uno sabe que la guerra amenaza, está ahí, a algunos pasos intentando despojarlos, que mueren soldados con frecuencia, pero se vive, se siente, vibra en el aire, el orgullo, la fuerza, la necesidad de defender lo propio.

Hace algunas crónicas atrás escribía acerca de Artsaj “Sus habitantes son los protagonistas de su presente para no perder un futuro“, y hoy lo confirmo conociendo nuevas historias, compartiendo con mas personas, visitando nuevos hogares.

Y creo que es eso lo que hoy me hace pensar con frecuencia que no me quiero ir, sabiendo que de todos modos lo haré, pero día a día me voy sintiendo cada vez más parte de este pedazo de tierra que lucha por seguir latiendo.

Continuará…

Natula en viaje

Natali Kevorkian

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