Del surgimiento de una burguesía nacional al genocidio

La “economía armenia” en el Imperio Otomano

07 de enero de 2020

A fuerza de trabajo e inversiones muchas familias armenias sobresalieron en actividadades agropecuarias, diferentes industrias y el comercio, contribuyendo al desarrollo económico del Imperio. Pero en cierto modo, ése fue el principio de su fin.

En muchas comunidades armenias de la diáspora prácticamente no hay memoria histórica sobre las formas de vida, ocupaciones, costumbres, tradiciones y particularidades de la sociedad anteriores a fines del siglo XIX. Obviamente, no es casual. El plan genocida que exterminó a dos tercios de la población armenia del Imperio Otomano, y echó al destierro a gran parte de los sobrevivientes, fue un factor clave en este desconocimiento. También “barrió”, literalmente, las huellas culturales de un grupo étnico que llevaba miles de años en esas tierras.

Durante siglos los armenios se habían destacado en el plano de la cultura, las artes y la arquitectura. Ello explica, al menos en parte, que hoy la República de Armenia cuente con tres sitios declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Se trata de los monasterios de Haghpat y Sanahin (siglo X); la Catedral de Echmiadzín (siglo IV) y el complejo de Zvartnots (siglo VII); y el monasterio de Keghart (siglo XIII) junto al valle del río Azat. Todos en la República de Armenia o la parte más oriental de los territorios ancestrales. Tampoco es casualidad.

Pero, además, Armenia ha inscrito cuatro elementos como Patrimonio Cultural Inmaterial en el listado de la UNESCO: el dudúk y su música, el arte y la técnica de esculpido de los jachkárs, el lavásh como expresión cultural en Armenia y la interpretación de la epopeya del David de Sasún, una obra clave en la épica tradicional.

Pero como los bienes culturales son importantes pero no pueden llenar el estómago, los armenios desarrollaron a lo largo de siglos habilidades para el comercio, la agricultura y también producciones artesanales e industriales.

Fábrica de zapatos. Urfá 1908.

Así, se fue forjando lo que algunos historiadores denominan la “economía armenia” dentro de la economía otomana en la Armenia Histórica, un concepto que hoy podríamos asemejar a una suerte de Producto Bruto Interno (PBI) de las comunidades armenias del Imperio.

Es virtualmente imposible cuantificar esa riqueza generada por armenios y armenias en cada ciudad, poblado y aldea, pero sin dudas, es muy relevante. No por nada, como parte del plan genocida el gobierno turco-otomano confiscó muchísimas propiedades de armenios y hay versiones que incluso hablan de un registro de aquellos bienes tomados a la fuerza de pobladores deportados y asesinados.

En una investigación sobre el destino de los bienes armenios tras el genocidio, publicada en el European Journal of Turkish Studies (EJTS), el investigador Bedros Der Matossian señala que hacia fines del siglo XIX el negocio de la seda en la ciudad de Jarpert (Harput) era manejado por dos familias armenias, encabezadas por Kurkjian Effendí y Krikor Ipekjian.

El negocio iba desde la producción del capullo crudo a la fábrica de telas de seda. También había otros que se dedicaban al cultivo de algodón o la producción lanar. La fábrica de Krikor Ipekjian -Fabricatorian Comercial House- salía al mercado con la marca “Fabrikator”. La empresa creció a tal punto que en 1889 Ipekjian importó maquinaria desde Europa y Estados Unidos.

Tras su muerte en 1902 sus hijos Minás, Dikrán, Samuel, Garabed y Aharón tomaron el control de la compañía e hicieron crecer el negocio. Pero pronto soplarían otros vientos. Los hermanos Ipekjian, junto con sus esposas e hijos, “fueron asesinados durante el genocidio armenio, poniendo fin efectivamente a su legado comercial en Harput. El valí del distrito y otros funcionarios turcos tomaron sus casas”, señala Der Matossian.

Tintorería. Urfá, 1912.

Cambio de época

La formación de una burguesía armenia en el Imperio Otomano data de varias décadas antes del genocidio. Der Matossian apunta que a comienzos del siglo XIX los países europeos buscaban mercados para sus productos manufacturados y para ello intentaban penetrar en el extenso Imperio Otomano.

La llave que abrió la puerta para el ingreso de bienes occidentales a Medio Oriente fue la Convención Anglo-Otomana de 1838 –o Tratado de Balta Liman-, un acuerdo de libre comercio por el cual Constantinopla reducía aranceles a los productos británicos y eliminaba los monopolios estatales.

En ese contexto, “los comerciantes griegos y armenios que fueron considerados los intermediarios tradicionales entre los países europeos y el Imperio Otomano, se beneficiaron de estas transformaciones y devinieron en la clase burguesa comercial del Imperio”, asegura Der Matossian.

A esto contribuyeron también algunos avances tecnológicos y el crecimiento de varias ciudades en Anatolia en la segunda mitad del siglo XIX. El proceso de urbanización, la expansión de las redes de comunicación, las reformas administrativas y la apertura de los mercados de Anatolia a Occidente “incrementaron la movilidad social”, dice el investigador, entre los que sobresalió la clase burguesa no musulmana, en especial armenios y griegos.

Polos florecientes

La llamada “economía armenia” jugó un papel central en tres zonas geográficas: las ciudades centrales con cabecera en Constantinopla-Estambul, Ankara y Trabizón; las ciudades periféricas, con eje en Kayserí, Jarpert y Tokat; y ciudades del exterior como Londres y Manchester en el Reino Unido.

Por ejemplo, hacia fines del siglo XIX unos 15.000 armenios vivían en la ciudad de Kayserí, uno de los centros comerciales más desarrollados del Imperio por aquellos años. Desde allí tejieron sus redes comerciales y prosperaron familias como los Gulbenkian, Manugian, Frengian, Gumushian y Selian, recuerda Bedros Der Matossian.

Fabrikatorian Brothers. Jarpert Circa, 1910.

En Tokat se desarrollaron grandes importadores de manufacturas de origen armenio, como las casas Ibranossian Hermanos; Kevork y Hagop Papazian o Martiros Zartarian. También en el comercio exterior, pero en el negocio exportador, se destacó la familia Gulbenkian, que junto a los Ibranossian tenían representaciones en todas las provincias del Imperio.

Justamente, en el seno de una de estas familias nació en 1869 el empresario y filántropo Calouste Sarkis Guelbenkian, apodado el “Señor 5%”. A comienzos del siglo XX llegó a poseer ese porcentaje del paquete accionario de la Iraqi Petroleum Company (IPC) y desempeñó un rol central en el negocio petrolero de Medio Oriente.

En la ciudad de Trabizón y el área del influencia en la costa del Mar Negro, los armenios lideraron la producción de avellana, mientras que en la ciudad de Samsun, se destacaron en el cultivo, producción y comercialización de tabaco.

En Urfá gran parte de las actividades económicas estaban orientadas a la industria textil, desde la producción de lana, pasando por la fabricación de telas y el teñido. La misión alemana que trabajó en el Orfanato Armenio desde las masacres hamidianas de 1895 en adelante, colaboró con muchos armenios enseñándoles éste y otros oficios.

En proyecto Houshamadyan, que releva cómo era la vida en el Imperio Otomano antes del genocidio, destaca que en la misión alemana había fábricas del calzado y de prendas de vestir y una carpintería entre otras actividades, con operarios armenios.

Hadjin era conocida por la industria del curtido de pieles y cueros, así como el comercio de animales. También había actividad textil, una industria de madera y muebles, y tejedurías especializadas en prendas de lino.

Houshamadyan apunta también que Jarpert no se limitaba a la producción y fabricación en seda y el comercio exterior. Allí se desarrolló también la cría de ganado para consumo, la actividad de molienda, la tejeduría y teñido de telas, el curtido de cueros, la fundición, la herrería y cerrajería y hasta la fabricación de armas, según denunciaron en varias oportunidades las autoridades otomanas. No se sabe si es real, pero ésa es otra historia.

Masacres hamidianas, el principio del fin
Hacia 1894-96 las persecuciones contra los armenios, conocida como Masacres Hamidianas -por el sultán Abdul Hamid II- pulverizaron la actividad económica de los armenios y en muchos casos, llevaron a la confiscación de sus propiedades y bienes.

La revolución de 1908 que depuso al sultán y entronizó a los Jóvenes Turcos puso un manto de esperanza en los armenios. Bregaban por una reforma agraria que les diera tierras para cultivar y la restitución de los bienes confiscados en período hamidiano. La esperanza, quizá desmesurada, llevó a algunos a imaginar incluso la creación de un banco para “concentrar el capital armenio”, en una suerte de Banco Otomano Armenio.


Sin embargo, las masacres de Adaná de 1909, que dejaron un saldo de 20.000 armenios asesinados, marcaron el tono de los tiempos. Para entonces las relaciones entre musulmanes y cristianos estaban muy deterioradas, mucho más después de las Guerras Balcánicas de 1912 y 1913.


Lo que sigue es historia conocida. La abierta hostilidad del Gobierno y parte de la población turca frente a la minoría armenia del Imperio y la ejecución del plan genocida, no dejaron lugar a la recuperación de la “economía armenia”.

Carlos Boyadjian
Periodista
coboyadjian@yahoo.com.ar

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