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La historia del tapiz que Pepe Mujica compartió con Garo Paylan ազատութիւն

Anahit Aharonian fue una presa política en Uruguay en situaciones totalmente adversas durante 11 largos años. A su pedido, las hermanas Topolansky le diseñaron en secreto un tapiz con la palabra “libertad” bordada en armenio. Aquí la historia relatada en primera persona.

En Montevideo, Uruguay, el 11 de noviembre de 2002, siete mujeres presentábamos nuestro libro colectivo titulado “De la desmemoria al desolvido”. Cuando llegó mi turno, decidí comenzar con un silbido y así lo expliqué:

“Esta melodía que intenté silbar es una canción armenia que se llama Himiél Lrrenk. Una canción que viene de mis ancestros y que silbé y canté en el primer calabozo en el que me encontré, intentando comunicarme con las compañeras y compañeros que estaban en los otros calabozos. Aunque prohibido, el silbido era una forma de comunicación así como el canto de canciones populares de nuestra época. Esta canción en particular, refiere a la lucha de los armenios enfrentando al Estado turco que lo estaba masacrando diciendo “No nos callaremos ahora, hermano, ahora que el enemigo blande su espada sobre nuestro pecho. Libéranos, liberémonos….”.

Continué mi presentación, expresando que elegí leerles un trozo de una carta que –cuidando el vocabulario a causa de la fuerte censura- escribí a mi familia el 19 de febrero de 1985 desde el Campo de Concentración de Punta de Rieles donde ya llevaba 11 años y medio de aislamiento del mundo real:

“…por un lado está la vida que a todos mis ancestros les tocó vivir, el porqué, cómo fue, qué hicieron y cuánto lucharon en cada instancia. Porque no se trata de anécdotas cuando es posible remontarse a la historia y hacer un recorrido juntos. Y lo más interesante de todo esto viene a ser que la mayor parte la aprendí junto a ustedes y no sólo en los libros. Me consta que si hubiera sido sólo por libros, no hubiera comprendido ni la mitad pero – y aquí viene la otra parte – resulta que a mi alrededor, en el medio donde crecí, existía la capacidad de trasmitir las vivencias experimentadas desde fines del siglo pasado en adelante. Fue así que conocí en vivo y en directo las implicancias de lo que ustedes llamaban exilio – hoy creo se les denomina deportados – porque comenzaba con los hombres y muchachos que partían sin saber a dónde ni hasta cuándo y seguía con el resto del pueblo; pueblos arrasados como el pueblo natal de papá, como tantos otros que igualmente supieron pelear por sus metas. Fue así que sentí cómo se vive un genocidio, cómo se vive la pérdida de los seres más queridos y cuáles son los mecanismos necesarios para sobreponerse y seguir actuando sobre la base del raciocinio, del conocimiento de las causas de tanto dolor y por tanto del conocimiento de las formas de seguir adelante con ese dolor a cuestas pero convirtiéndolo en fuerza. Fue así que conocí cómo se puede vivir en el exilio, qué significa permanecer fuera del terruño por tiempo desconocido, qué significa tener hijos y criarlos en esas condiciones…”.

Previamente y ante un 24 de abril, el de 1980

Libertad era lo que buscábamos en forma permanente. La conocíamos en varios idiomas. Pero tanto machacaron los militares con sanciones simples y sanciones a rigor por supuestas inclusiones de la lengua armenia en mis visitas, que al fin me tentaron a desafiar su censura idiomática. No quería hacerlo buscando escondrijos, quería hacerlo frente a sus ojos, bajo sus narices. Así fue plasmada en un vivo color rojo la palabra (se pronuncia azadutiún) en un tapiz de hechura colectiva y bordado en lana: en un papelito dibujé las letras que en armenio significaban libertad y lo entregué a las mellizas Lucía y María Elia Topolansky para que lo diseñaran.

Habiendo superado la primera censura cuando lo entregué a la Policía Militar Femenina, quedaba la duda de si en la siguiente parada de censura, los oficiales del ejército se darían cuenta. Pasó, ahora venía la parte de encontrar la forma de explicarle a mi familia que ese tapiz decía algo que debían buscar, decidí hacerlo en la siguiente carta, tampoco podía ser explícita en la visita que –con suerte- teníamos cada quince días y durante menos de 30 minutos, separados por una fuerte mampara de vidrio y hablando a través de un teléfono. Me emocionó encontrar dicha carta entre tantos papeles que mamá guardó con tanto cariño. Fechada el 13 de abril decía: “…y así poder recibir vuestra opinión con respecto a su carácter intrínseco de liberación de la expresión artística”. Y a continuación me referí a las conmemoraciones por el 65 aniversario del genocidio: “…entonces, mis queridos, recorro los hechos del año 15, luego los del 18 -tan lejos pero también qué cerquita – y sigo profundizando en la comprensión de la evolución posterior de mis ancestros, produciéndoseme un desborde de preguntas y de muchísimas ganas de compartir estas inquietudes con ustedes…”. Sublime fue poder compartir estas historias con Garó Paylan y Seván Deirmendjian y juntos cantar Himiél Lrrenk, así como también Haiastaní Garmir Kinín.

Anahit Aharonian Kharputlian

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