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Natula en viaje (…así es la gente que habita esta tierra…)

Desde Artsaj, parte II

Natula-2Estoy escribiendo esta crónica desde la última tarde en Artsaj. Son tantas las emociones dentro de mi cuerpo que no sé por dónde empezar a escribir, y entre tanto miro por la ventana de mi cuarto, y veo la ropa colgada al sol de todas las casas vecinas, y atrás de esa particular decoración callejera, se asoma el patio de una escuela y apenas detrás, las montañas.

Y quiero empezar a recordar los momentos que fui atesorando para esta crónica, y resultan ser infinitos.

Fueron veinticinco días en Karabagh. Y como ya les conté días atrás, este lugar me conmovió desde el día uno. Y si bien escribí acerca de mi rutina como voluntaria, quedaron algunas historias en el tintero…

Cuando llegué era ocho de marzo, y me inquietaba la idea de que dos días después sería mi cumpleaños, y que todavía no conocía a nadie con quien celebrarlo, y ya me había ideado en mi mente un primer cumpleaños sola… pero estando en Artsaj eso era algo imposible.

El mismo diez de marzo, después de mi segundo día de trabajo, recibí la invitación a almorzar de dos de las personas con quienes trabajo. Y esa misma noche, la familia, a la que había conocido dos días atrás, estaba entusiasmada por celebrar junto a mí, mi último cumple de la década. Rodeada de niños, y de una nueva familia, soplé las velitas de un encendido número 29. Fue sin dudas inolvidable, y se acrecentó con el afecto que recibía constantemente de Buenos Aires, de mi familia y de mis amigos.

Natula-1El fin de semana, partí rumbo a Gorís, apenas a dos horas de Stepanakert, donde se celebraba el Día de la Diáspora, y era tal cual lo había visto en mi mente: un espacio abierto, con banderines de colores, globos, banderas de Armenia, carteles hecho en cartulinas con la información de los distintos países del mundo donde está presente la diáspora Armenia, un puestito donde se vendían recuerdos, y dos o tres jóvenes que enseñaban pasos de baile armenio. Al mayor estilo “Luna de Avellaneda”, fuimos parte de esa pequeña celebración donde, junto a los otros voluntarios de Birthright que habían venido desde Ereván, compartimos unas rondas de baile y partimos hacia el pueblo de Dandzatap.

Calles de tierra, luces de linternas, aromas a pueblo, hogares encendidos. Una nueva familia nos cobijaría esa noche. Pero antes de dormir, un asado preparado por algún miembro de las 15 familias que habitan ese pueblo, y unos cuantos guenats (brindis). Baile y alegría, una verdadera fiesta antes de volver a Artsaj y despedirme de mis amigas argentinas que ya no volvería a ver a mi regreso a Ereván.

Temprano por la mañana, retomé mi viaje a Stepanakert.

Allí recorrí algunos sitios algo mas turísticos, volví al mercado, conversé con señoras y señores que ofrecían su mercadería fresca, compré algunos dulces, entre ellos el de rosas, que más que dulce es un viaje a mi infancia, y a la casa de mi abuela secando los pétalos de las flores que daba nuestro rosal, para convertirlo más luego en una deliciosa y aromática jalea…

Y en la tierra del Jingalov hats, me di el lujo de pedirle que preparan uno para mí y poder así registrar en mi lente, la velocidad de esas manos que amasaban y rellenaban ese pan con 18 tipos diferentes de verduritas, y como no podía ser de otro modo, después de tanto conversar, me lo quería regalar. Y si bien no acepté su ofrecimiento, le dejé el dinero que no tomó hasta que yo ya me retiré de su puesto (…)

Y esa semana, en una de las cenas en casa de la abuela de la familia, sucedió algo particular.

Natula-3Lili (la mujer de Sevag, hermano de mi madre anfitriona), además de cocinarnos a todos, iba y venía con un bolso que iba cargando con manzanas, una botella de aceite, papas, unos siete u ocho pares de medias. Y entre bocado y bocado, alcancé a preguntarle para que estaba llenando ese bolso. Con una mueca algo desganada me contó que esa noche Sevag tenía que irse ya que, es parte del ejército, y le tocaba acampar en alguna de las bases.

Después de la cena, para que no volviera sola a mi casa, Sevag me acompañó, pero esa noche no pude dejar de pensar en que fui testigo de su saludo con su madre, con su esposa, con sus hijos, e inevitablemente pensar… ¿Cuándo volverá?

La semana sucedió de manera tranquila. Cenando y almorzando con la familia, pero de Sevag no sabíamos nada…

Charlando con su madre, días después, comprendí, entre tantas cosas, el significado del monumento al Mamig Babig (el monumento famoso). Resulta ser que esas dos cabezas, tienen sus cuerpos arraigados a sus tierras, y de ese modo se convierten en parte de las montañas, y es por eso que también el monumento es conocido como “Somos nuestras montañas” y que los protagonistas sean un abuelo y una abuela, representa lo ancestral de las tierras.

Lo curioso es que esto no me lo contó la dueña de casa, pero su relato describía lo mismo.

Durante una entre mesa, conversamos sobre lo que ella sentía al saber que su hijo estaba hacía tanto tiempo en el ejército.

Con una profunda mirada me dijo: El está haciendo lo que tiene que hacer, defender lo nuestro, y si yo pudiera, también lo haría. Porque esta es nuestra tierra, y si no… ¿a dónde vamos a ir a parar? ¿A vivir como de prestado en otra tierra cuando tenemos una que es nuestra? No… por nuestros hijos, por nuestros nietos y porque somos parte de esta tierra. Acá nací, y acá me muero (…)

Anoche, tuve el honor de poder contarles un poco acerca de los armenios en Argentina, a un grupo de jóvenes de Artsaj. Mostrarles imágenes de Buenos Aires, del barrio de Palermo, de las movilizaciones por Kessab, por el 24 de Abril. Imágenes de la juventud armenia, de los conjuntos de danzas, los colegios armenios, los grupos scouts, los festivales y miles de otras actividades que se realizan en Argentina, profundizando en las actividades de las que yo soy partícipe, a los que sus ojos se iban abriendo cada vez más al ver esa pequeña armenia en la otra parte de la tierra. Y también contarles mi experiencia como voluntaria, mi sentimiento hacia Armenia y mis días en Artsaj. Al finalizar se los veía contentos, con entusiasmo, atentos…

Pero sin dudas, el mejor regalo fue esta mañana, cuando Sussana (quien coordina el centro de jóvenes) me dijo.

Natalí jan, a los chicos les gustó mucho tu charla…y sintieron que vos, sos como ellos. Pensás como ellos y eso les gustó mucho (…)

En breve terminaré de escribir esta crónica y estaré partiendo a la casa de las cenas, a despedirme de todos y seguramente realizaremos los últimos guenats. El festejo será perfecto porque anoche, finalmente volvió Sevag, por lo tanto estaremos todos juntos.

Y si bien se va terminando el viaje, estoy convencida de que esta tristeza que hoy siento, se debe a que en estos veinticinco días, (de los que me llevo instantes, sonrisas, miradas, silencios, sabores, familia, y amigos) yo también arraigué mis raíces, y dejé algo de mí, para ser, yo también, parte de estas montañas.

Natali Kevorkian

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