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Opinión: La protesta social llegó para quedarse

Manifestante-2Las calles de Ereván son testigos de la aparición de un brote de protestas sociales que comenzó con la decisión de los funcionarios de la Comisión Reguladora de los Servicios Públicos de Armenia de encarecer el costo de la energía eléctrica en un siete por ciento. Los argumentos ofrecidos eran poco consistentes pues se afirmaba que la distribuidora de electricidad, una empresa de capitales rusos, trabajaba a pérdida y por consiguiente había que reajustar las tarifas.

En un contexto de inestabilidad económica, falta de empleo y fundamentalmente desconfianza hacia las autoridades, era difícil imaginar que no hubiera protestas populares. Había un antecedente bastante cercano, el de la movilización contra el aumento del costo del transporte público. En aquella instancia, las manifestaciones populares fueron apoyadas por referentes comunitarios de todos los estamentos con rotundo éxito. El municipio de Ereván debió dar marcha atrás. Y, en una trama muy similar a la actual, no fueron pocas las voces que afirmaban que había involucrados intereses de muchos empresarios del transporte amigos del poder.

Ahora es el turno de otros servicios públicos, casi todos en manos de empresas de capitales rusos que llegaron a monopolizar todo el espectro económico armenio. La situación social no permite este tipo de injusticias pues los hogares armenios ya no están en condiciones de recibir más golpes. Es fundamental recordar que hay cientos de miles de armenios que viven gracias a los aportes recibidos de sus familiares del exterior. Esta asistencia ha ido menguando de la mano de la crisis que afecta a Rusia, país donde reside y trabaja la mayoría de los migrantes.

Debe sumarse también la depreciación del dram armenio que perdió casi el veinte por ciento de su valor en el último semestre. Con estos ingredientes no era aventurado pensar que el pueblo podría rebelarse. Sin embargo, también es cierto que las protestas han sido hasta el momento pacíficas y hasta muestran una especie de regocijo popular que se advierte en los que se suman cada día a los miles que discuten por sus derechos. Pero como en todas las movilizaciones existe el riesgo de disturbios, ya sea provocado por activistas infiltrados o también por las mismas autoridades que buscan pretextos para reprimir.

Hace una semana, en la madrugada del martes 23, la policía cargó con todo su moderno equipamiento antimotines contra cientos de jóvenes manifestantes que participaban de una tranquila sentada cantado canciones folklóricas y patrióticas. Más de doscientos detenidos y decenas de periodistas atacados y sus herramientas de trabajo confiscadas o directamente destruidas fue el saldo del triste accionar policial. De inmediato se elevaron voces de protesta en todo el mundo. El gobierno se percató de su equivocación y dio la orden de no reprimir. Luego avisó que paralizaría el aumento mientas revisaba las tarifas.

Pero ya todo cambió. El pueblo, ese convidado de piedra, ese que siempre paga las consecuencias de los desaguisados de sus autoridades, dijo basta esta vez. Difícil es saber cómo terminará esta arremetida social contra la corrupción y los negociados.


Tal vez ahora ciertos gobernantes despierten de su letargo, apelen a su conciencia y tomen decisiones que beneficien al pueblo entero.

Jorge Rubén Kazandjian

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