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Periodistas y personalidades galardonados por el Consejo Nacional Armenio recuerdan a Hrant Dink

En el 10° aniversario de su asesinato

Buenos Aires (Prensa Armenia).- El 19 de enero se cumple el 10°hrant_dink aniversario del asesinato del periodista Hrant Dink en Turquía y para recordarlo, el Consejo Nacional Armenio de Buenos Aires se contactó con los profesionales premiados con la distinción que lleva su nombre.

Los comunicadores, nuevamente, demostraron el compromiso que tienen con la Causa Armenia, el mismo que los llevó a ser electos para recibir la distinción Hrant Dink que entrega el Consejo Nacional Armenio.

A continuación, sus reflexiones sobre lo que significó la lucha y la muerte de quien el escritor y periodista Osvaldo Bayer bautizó como “el Rodolfo Walsh armenio”.


 

Reynaldo Sietecase: “En Turquía no hay libertad de prensa”

sietecaseEn Turquía no hay libertad de prensa. Este es el sello indeleble de los autoritarismos. La doble moral de los países occidentales calla ante esta situación evidente.

Ya lo dijo Camus, la prensa libre puede ser buena o mala pero sin libertad será necesariamente mala. En un nuevo aniversario del asesinato de Hrant Dink, los periodistas del mundo debemos renovar nuestro compromiso ético con la libertad de decir, escribir y denunciar las injusticias políticas y sociales.


Miguel “Rep”: “Un señor periodista”

Miguel-Rep

 

Cuando un régimen esté podrido, alguien es asesinado. Le tocó a un señor periodista. Cuando una historia es negada, sigue muriendo la libertad.

 

 

 


Jorge Elías: “La muerte de un ruiseñor”

Jorge-ElíasHay tres versiones de la verdad: la verdad, tu verdad y, modestamente, mi verdad. La verdad se cotiza en baja mientras tu verdad y mi verdad ajustan cuentas en la esquina de las redes sociales. Nos queda como atenuante la posverdad. Es el relato emocional que se impone al dato frío. De estar vivo, el periodista turco de origen armenio Hrant Dink, asesinado hace una década, quizá se habría opuesto a la posverdad, como justificativo del Brexit y de la victoria de Donald Trump, con tanto énfasis como renegaba con la verdad oficial, la del Estado turco, sobre el Genocidio Armenio.

Lo asesinó el 19 de enero de 2007, con premeditación y alevosía, un muchacho de 17 años de edad, Ogün Samast, natural de la ciudad turca de Trabzon. Samast debía liquidar la verdad de Dink, su verdad, frente a la obstinada refutación de la masacre perpetrada entre 1915 y 1923 por el imperio otomano. Gatilló su arma al menos tres veces y acalló de ese modo a un ruiseñor, pero, sin pretenderlo, despertó las voces de miles frente a una muerte absurda y un proceso judicial que distó de ser imparcial. La consigna en las calles de Estambul pasó a ser: “Todos somos Hrant”.

Hrant, jefe de redacción del semanario Agós, se había propuesto reconciliar a los turcos con la comunidad armenia. Era algo así como estrechar sus propias manos sin quitarlas de los bolsillos. En 2005, tras publicar un artículo sobre la diáspora armenia, lo condenaron por “insultar la identidad turca”. La misma represalia, invocando el artículo 301 del Código Penal, le aplicó la justicia turca a Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, por haber afirmado la existencia del holocausto armenio. Una verdad que, siguiendo la línea del filósofo británico John Stuart Mill, no debe ser tapiada, sino debatida a fondo, “frecuentemente y sin temor”, como toda verdad, de modo de evitar que se marchite como “un dogma muerto”.

El holocausto armenio, como supo llamarlo Winston Churchill, sirvió de fuente de inspiración a Hitler por la rapidez con la que creía que el mundo olvidaba las grandes masacres. Hitler se valió de él. Lo asimiló como su verdad para emprender la impiadosa y abominable faena de purificación social de judíos, rusos, eslavos, polacos, gitanos, homosexuales y discapacitados. Poco antes, un millón y medio de armenios habían sido ejecutados por el imperio otomano, gobernado por los Jóvenes Turcos, con el apoyo de los kurdos. Esa verdad, la verdad, más allá de tu verdad y de mi verdad, es irrefutable.

Los periodistas como Hrant no somos fiscales ni jueces, pero tenemos el derecho de exponer, investigar y comentar los hechos que llegan a nuestro conocimiento. La convicción no abreva en la encarnadura política ni en el compromiso con una facción, sino en la defensa de valores fundamentales, como la libertad para decir que dos más dos son cuatro.

Hrant terminó siendo aquello que jamás imaginó: el mártir de una causa, la armenia, en busca de la verdad. Su muerte, como las de otros periodistas a causa de su trabajo, es paradójica. Gracias a ella, el genocidio armenio dejó de ser un tabú en la sociedad turca. No es poco, pero el precio que pagó, su vida, fue el más caro del mundo por haberse empeñado en defender la verdad, tu verdad y mi verdad.


María Laura Carpineta: “Una conducta cómplice”

María-Laura-CarpinetaEl asesinato de Hrant Dink y las manifestaciones posteriores conmocionaron al mundo entero y pusieron de relieve una conducta cómplice del gobierno actual de Turquía con grupos nacionalistas violentos.

Con el pasar de los años, lejos de mejorar, el contexto político en el país empeoró y la actitud cómplice del gobierno se transformó en abiertamente autoritaria contra varios grupos, como la oposición kurda y de izquierda, y sectores sociales, como los periodistas y los maestros y profesores críticos. Hoy, más que nunca, hay que recordar a figuras como Dink y su férrea defensa de la libertad de expresión y del respeto a las minorías.


Mariano Saravia: “Turquía sigue siendo un Estado genocida, un Estado terrorista”

Mariano-SaraviaEl premio al periodismo argentino Hrant Dink fue quizá el galardón más importante que me hayan dado en toda mi carrera, junto con el reconocimiento de la gente. Fue en el año 2009, en su tercera edición otorgada por el Consejo Nacional Armenio. Fue por un lado un gran honor y por otro lado una gran responsabilidad, porque me compromete más a ser digno de Hrant Dink y del pueblo armenio y su lucha constante, concreta, coherente y consecuente.

Es fácil hablar a favor de los derechos humanos en general y sin decir nada en particular. Pero creo que tanto Hrant Dink en particular como el pueblo armenio en general, lo que nos enseñan es a jugarnos, a comprometernos hasta lo incómodo, hasta el dolor, y decir con toda claridad que Turquía sigue siendo un Estado genocida, un Estado terrorista. Un Estado que no reconoce su pasado, no reconoce su génesis, cuando pasó del Imperio Otomano a la República de Turquía en base a un proyecto excluyente y exterminador como el de Kemal Atatürk. Y que sigue siéndolo cada vez más, con un régimen neofascista como el de Erdogan. Un Estado que no sólo está basado en una idea totalitaria y negadora de las minorías, sino que también es injusta y limitante de sus mayorías.

Porque al negar la memoria, la verdad y la justicia, niega a las minorías armenia, griega, asiria y kurda, pero también niega la propia identidad a la mayoría turca. Esa era la verdadera lucha de Hrant Dink, por la memoria, la verdad y la justicia, para los armenios, para los kurdos, y también para los turcos, porque él era un armenio ciudadano de la República de Turquía. Por eso, a 10 años del martirio de Hrant Dink, y a siete años de recibir el premio con su nombre, mi compromiso es redoblar los esfuerzos para que cada vez más haya turcos que empiecen a cuestionarse las mentiras y el negacionismo que ya superan los 100 años.


Cristian Sirouyan: “Es el clamor de un creciente sector de la sector de la sociedad”

CRISTIAN-SIROUYANA diez años del asesinato de Hrant Dink, el legado moral del editor del periódico “Agós” se replica en las voces indignadas de centenares de intelectuales, políticos y dirigentes sociales de una Turquía que no logra resolver el conflicto de su laicidad amenazada por el fundamentalismo islámico.

Es el clamor de un creciente sector de la sector de la sociedad, decidido -aún a costa de poner en riesgo su propio pellejo- a denunciar los métodos represivos avalados desde las entrañas de un Estado autoritario.

Mientras el gobierno de Ankara acuerda los lineamientos de su política exterior con sus pares de las grandes potencias, dentro de los límites de Turquía se va extendiendo un campo fértil para coronar la xenofobia, la discriminación y la intolerancia con persecuciones y actos violentos. Así como cundía el temor a principios del siglo XX entre la población más relegada del Imperio Otomano, hoy las minorías étnicas vuelven a estar en la mira de los guardianes de ese pasado de oprobio, oculto bajo el manto del negacionismo. La mayor amenaza se cierne sobre el pueblo kurdo -los turcos “orientales” del siglo XXI-, pero ningún súbdito de la floreciente Nación turca está a salvo si se atreve a cuestionar el orden impuesto y debatir la historia oficial.

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