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Redefinir la relación entre Armenia y la diáspora

En un mundo con oportunidades y amenazas crecientes, urge repensar el vínculo que tenemos con Armenia, con su gente y sus instituciones. ¿Qué necesita Armenia de la diáspora y, al contrario, cómo puede ayudarla a fortalecerse?

Transcurridos ya 28 años desde la independencia de la República de Armenia en septiembre de 1991, la relación de los armenios de las diversas comunidades del mundo con Armenia aún parece pendular entre la empatía y cercanía que genera cada vez que alguien tiene la oportunidad de viajar y conocer el país, y la distancia de aquel que sabe que ya tiene su vida armada en otras latitudes.

A lo largo de más de un siglo, el vínculo de los armenios de la diáspora -de todo el mundo, no sólo de la Argentina- con la Madre Patria pasó por diversos estadios, con avances y retrocesos según las circunstancias políticas, económicas y sociales.

Hace tres décadas muy pocos armenios occidentales habían tenido la oportunidad o experimentado el deseo de viajar a Armenia y vivenciar in situ su cultura, la forma de ser de la gente, las costumbres y el modo de hablar, por mencionar algunos aspectos notorios.

Hoy el escenario es bien distinto. En la actualidad decenas de miles de armenios con pasaporte extranjero, adolescentes, jóvenes, adultos y personas mayores, recorren miles de kilómetros para visitar cada año distintas ciudades en esa parte de las tierras ancestrales.

Obviamente, viajar no lo es todo. Uno puede viajar como turista, ver iglesias, monumentos, pasear por las calles, comer en restaurantes y comprar souvenirs en Vernissage, como podría hacerlo en cualquier país, pero también puede adentrarse un poco más en la cultura del lugar y tratar de comprender cómo llegó la sociedad armenia a ser lo que es hoy.

Es una manera de reconocerse como parte de una nación milenaria pero a la vez moderna, tradicional y al mismo tiempo, inclusiva y diversa, tomando cualidades de las sociedades en las que crece la cultura armenia en la diáspora.

Hoy existe la posibilidad de trascender el país en el que cada uno nació, imbuirse de la cultura de Armenia sin renegar de la de su lugar de origen, para sentirse como parte de una comunidad armenia mucho más amplia, podría decirse casi a escala planetaria.

Camino de doble vía

Desde la perspectiva de los armenios nacidos en Armenia, usualmente denominados haiastantsí en lugar de simplemente hai, vaya a saber uno por qué, los países donde florecieron las comunidades armenias luego del genocidio de 1915-23 eran parajes exóticos que nunca llegarían a conocer. También se sorprendían que hubiera armenios en territorios tan lejanos como Argentina, Uruguay o Australia, por citar algunos casos.

Con el correr de los años y gracias a numerosas actividades artísticas, culturales y deportivas, además de las de carácter político, muchos ya saben que con esos armenios de la diáspora los une una historia y un pasado común.

Además, millones de armenios nativos, por razones que no se analizarán aquí, emigraron y se radicaron en algunas de esas comunidades del exterior. Para ellos la diáspora significó empleo, acceso directo a la cultura occidental y oportunidades de crecimiento personal y patrimonial.

Como fuere, lo cierto es que la relación de Armenia con la diáspora sufrió cambios como cualquier sociedad y es atravesada por el clima de época. Pero la simbiosis entre armenios de todas las latitudes requiere entender el lugar que ocupa cada uno y cómo puede contribuir al crecimiento del conjunto. Porque, ciertamente, en esta relación el todo es más que la suma de las partes.

En Gyumrí. Delegación argentina en los juegos Hama Homenetmenagan 2018.

Doce millones

Tres décadas ya es tiempo suficiente para comprender que armenios nativos y diaspóricos nos necesitamos mutualmente pero, a la vez, podemos potenciarnos en la relación.

Hoy las redes sociales acortan el tiempo y las distancias. Los espacios virtuales cumplen hoy la función de transmitir no sólo información sino también corrientes de pensamiento, documentos, imágenes, tendencias, todo a tiro de click o de un dedo en la pantalla táctil.

Es fenomenal, interesante y excitante pero a la vez nos obliga a mantenernos al día, fundamentalmente con el idioma armenio. No basta con haber ido a un colegio armenio o poder mantener conversaciones básicas con los abuelos. Eso es pasado.

Hoy las redes exigen habilidades y capacidades para poder acceder a información relevante de Armenia, que muchas veces llega por las redes pero en armenio oriental. Hay material valiosísimo allí, pero hay que estar preparado para aprovecharlo.

Allí es donde Armenia, su gobierno y sus organizaciones privadas, pueden y deben jugar un rol clave. Se estima que en el todo el mundo hay unos 12 millones de armenios, 3 millones en la República de Armenia y el resto viviendo en casi medio centenar de países, de los cinco continentes.

Todos conformamos hoy la nación armenia. De no haber existido el genocidio probablemente duplicaríamos o triplicaríamos esa cifra. Nadie lo sabe. Pero somos los que somos y Armenia nos necesita a todos.

Entre los factores que cohesionan a armenios nacidos en distintas latitudes, la religión y el idioma son los centrales. Durante años existió en Armenia un Ministerio de la Diáspora, que trabajó para estrechar lazos de las diversas comunidades con la Madre Patria.

Sin desmedro del trabajo realizado, la diáspora requiere hoy no sólo material bibliográfico, fílmico o musical, también capacitación docente, becas para que jóvenes de la diáspora vivan y trabajen en Armenia, así como asistencia y actividades promocionales o subsidiadas para el desarrollo de las organizaciones de la diáspora.

También es vital tener información y directivas claras sobre campañas que se organicen desde Armenia y en las que pueda colaborar la diáspora. El caso del Centenario del genocidio en 2015 fue muy claro en ese sentido (ver recuadro). Hoy hay una campaña mundial para reconstruir Echmiadzín, pero se advierte que aún no está toda la armenidad encolumnada detrás del objetivo.

Por su parte, la República de Armenia también necesita de la diáspora. No sólo recursos económicos o financiamiento para proyectos gubernamentales o del Fondo Armenia. Necesita turistas, muchos más de los que van, que ingresan divisas al país, un recurso genuino equiparable a la exportación de servicios.

Pero esencialmente necesita dos cosas de la diáspora. Por un lado, inversiones directas, empresarios armenios nacidos en el extranjero que “hundan” dinero en Armenia en fábricas, oficinas comerciales, obras de infraestructura. No es muy distinto a lo que ya de por sí realizan en sus países de residencia. Y ganen dinero, por supuesto, pero generando actividad, empleo y pagando impuestos en Armenia.

Por otro lado, la diáspora puede aportar poder de lobby e instalación de temas de agenda política y económica. Hoy hay armenios con llegada a gobiernos, funcionarios de organismos multilaterales, empresas, medios de comunicación. Son todos eslabones vitales para garantizar el éxito de cualquier campaña, con objetivos claros, directivas precisas y efectividad en la ejecución.

Carlos Boyadjian
Periodista
coboyadjian@yahoo.com.ar

Un pleno a la diáspora

Un caso emblemático en la relación de la diáspora con Armenia fue la conmemoración mundial por el centenario del genocidio armenio en 2015. Se desarrolló una campaña global en torno a un concepto aglutinador y una única demanda, “Memoria y Reclamo”, que potenció las movilizaciones y las gestiones por el reconocimiento en todos los rincones del mundo.

En ese sentido, uno de los hechos más decisivos, políticamente hablando, ocurrió en la Basílica de San Pedro el 12 de abril de 2015, durante la homilía encabezada por el Papa Francisco, quien en esa ocasión estuvo acompañado por el Catolicós de Todos los Armenios, Karekín II, y el Catolicós de la Gran Casa de Cilicia, Aram I, además de miles de representantes de diversas comunidades armenias de la diáspora.

Allí el jefe de la Iglesia Católica calificó el asesinato sistemático y planificado de armenios en 1915 como “el primer genocidio del siglo XX”. Los memoriosos recordarán que justamente ése fue el mensaje que se trasmitía cada año en las marchas por el centro de Buenos Aires y las caminatas hacia la residencia del embajador turco por el reconocimiento del genocidio, y que Jorge Bergoglio conoció a través de sus vínculos con dignatarios eclesiásticos y dirigentes de instituciones de la comunidad armenia de Buenos Aires.

Menos impactante pero igualmente relevante es el aporte económico que las comunidades de la diáspora y algunos hombres de negocios, a título personal, realizan en Armenia. La lista de obras financiadas por la diáspora es larga pero a la vez insuficiente.

Hoy mismo hay una campaña mundial para recolectar fondos para la reconstrucción de la Catedral Surp Echmiadzín, la iglesia más antigua del mundo, que data del siglo IV y que requiere de un profundo proceso de apuntalamiento. Un estudio reciente determinó que una parte importante de su estructura necesita reforzarse, por la corrosión que sufrieron las rocas debido al paso del tiempo. Es un nuevo llamado a la colaboración de toda la nación armenia.

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