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Relato del Médico Misionero Clarence Douglas Ussher en su libro “Un médico estadounidense en Turquía”

Garabed, un aldeano transformado por Jesús


ClarenceussherDespués de estar un año en Harput, en 1899, se decidió que yo debería ir durante seis meses a Van para encargarme del trabajo médico. La misión tenía a su cargo el cuidado de alrededor de seiscientos huérfanos, la supervisión y coordinación del dictado de clases de las escuelas y dos iglesias con grandes congregaciones. La ciudad de Van estaba a una distancia de doce días de viaje.

Salí con arrieros turcos, durante el trayecto que hacíamos a caballo, ya era noche cerrada, tuve que bajar por un barranco, y atravesar un pequeño arroyo, y subí nuevamente; entonces escuché al zabtieh desmontar y andar a tientas a lo largo de una pared hasta que encontró una puerta, la cual golpeó vigorosamente.

Pronto se escuchó una voz desde adentro gritando en armenio: “¿Quién es?” -“¡Abra!”, respondió mi zabtieh, en turco. Este diálogo se repitió tres veces; la tercera vez el zabtieh gritó, “Es un extranjero. Abra la puerta y déjelo entrar.” -“Vaya a mi vecino; él tiene una casa mejor; mi casa no es adecuada.” -“¡Abra!”, vociferaba el zabtieh, y temeroso de seguir desobedeciendo la orden, el hombre abrió la puerta de unas dos pulgadas, colocando su pie firmemente detrás de ella, y contra la luz pudimos ver en el interior el perfil de un aldeano asomándose en la oscuridad. Me dirigí a él en armenio. -“Abra la puerta, hermano, déjenos pasar. Hace mucho frío, está húmedo y oscuro acá afuera; déjenos entrar para pasar la noche.”
Sorprendido de escuchar a alguien hablando su propio idioma, abrió la puerta de par en par y se quedó observando mientras yo bajé de mi caballo, me acerqué a él, y nuevamente pedí permiso para entrar.

-“Oh, señor”, dijo. “Mi casa no es adecuada” “Vaya a mi vecino; él tiene una casa mejor.”

-“Eso no importa. Déjenos pasar y nosotros haremos que la casa sea “adecuada”, le dije.

Con la típica cortesía oriental, dio un paso hacia fuera de la puerta, y moviendo su mano hacia el interior de la casa, dijo: “Entre, la casa es suya.”

Pasamos a una gran pieza, cuyo techo estaba sostenido por postes; la esquina derecha se había derrumbado era el daño no reparado de los tiempos de la masacre. Sobre el estante encima del hogar, había una pequeña “jirak”, o lámpara nativa que se fabricaba con una pieza de arcilla que se aplanaba, se doblaban sus bordes hacia arriba y luego se quemaba al fuego. Una mecha que colgaba del borde emitía un humo que nos hacía toser. Todo estaba ennegrecido por el tizne. Un poco más lejos, en la esquina hacia la izquierda, había unas grandes ollas, del tamaño de una persona, usadas para guardar granos, y una pila de estiércol seco que se usaba como combustible. -“Ya ve, señor, yo le dije que mi casa no era adecuada,” dijo mi anfitrión. -“No se preocupe, la haremos adecuada”, respondí nuevamente, y llamando a mis arrieros, les hice adecuar la habitación y finalmente saqué mi farol americano con su tubo de vidrio cristalino, lo prendí y lo puse en lugar del “jirak”, y ¡qué transformación! Yo invité a mi anfitrión a comer conmigo.

Muy sorprendido me contestó: “Oh, señor! Eso no puede ser! En mi casa usted debe comer de mi comida, pero, señor, no tengo nada. Nada más que un pedazo de pan y un poco de “madzun” (yogur)”. -“No se preocupe”, le dije. “Traiga su pan y su madzun, y yo comeré de su comida y usted comerá de la mía.”

De modo que nos sentamos alrededor de mi caja de provisiones, el zabtieh, mi anfitrión y yo. Le hice preguntas al hombre. Su nombre era Garabed y el nombre de su pueblo era Kharaba. Tenía aproximadamente veintisiete años, era el jefe de una familia de veinte personas, y sus parientes mayores habían sido asesinados en la masacre que los turcos organizaron. -“¿Usted es amigo del Señor Jesús?”, le pregunté. Quedó con la boca abierta, y apareció en su cara una mirada perdida, mientras murmuraba cuestionando mi pregunta. Repetí la pregunta con el mismo resultado, y luego cambié la forma y le pregunté:

-“El Señor Jesús, ¿es un amigo suyo?” Rápido como un rayo me contestó: “No, señor, no podría serlo.”. -“¿Por qué?”, -“Mi corazón está demasiado negro. Jesús no podría ser amigo mío”.
-“¿Por qué dice que su corazón está demasiado negro?” Sin vacilar, pero con una mirada de tristeza y vergüenza, bajó la voz y repitió: -“Yo juro, maldigo, miento y robo. Jesús no podría ser amigo mío.”

Traté de convencerlo de que justamente él era la clase de pecador de quien Jesús quería ser amigo, pero nuevamente apareció la mirada distante, y parecía que no entendía nada. Desanimado, por fin sugerí que debíamos tener un momento devocional en familia, antes de retirarnos. Evidentemente él no sabía lo que yo quería decir, pero asintió. Ansioso por hacer que algún nativo hiciera la lectura, pedí que trajeran una Biblia, pero me dijo que no había ninguna en el pueblo. Entonces saqué mi propia Biblia en armenio de mis alforjas y oré pidiendo ser guiado sobre lo que debía leer. El libro se abrió en Apocalipsis 3:20, y leí: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz, y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”

Instantáneamente descubrí el mensaje. Recordé al joven cómo yo me había presentado ante su puerta, había golpeado, y él me había respondido: “Vaya a mi vecino, mi casa no es adecuada”, tal como le estaba diciendo a Jesús “Mi corazón está demasiado negro.” Le recordé que yo le había dicho: “Solo déjeme entrar y yo haré que sea adecuada.” Yo no le había pedido que limpie su casa cuando él me dijo: “Entre, la casa es suya.” Yo había hecho que mis hombres quitaran sus pobres pertenencias, barrieran el piso y colocaran la hermosa alfombra, las sillas y la maravillosa luz.

Le dije: -“Solo debe decirle lo mismo a Jesús. ¡Entra! Mi corazón y mi vida son tuyos, y Él limpiará todas sus mentiras, sus robos, sus blasfemias y hará que su corazón sea un lugar adecuado para El. El traerá a su vida cosas hermosas y una luz maravillosa que atraerá a otros.” A medida que le fui explicando así, una luz brilló sobre su rostro.

Oramos juntos, y luego me retiré, mientras mi anfitrión trataba de servirme en todas las formas que podía. Mientras yo me preparaba para entrar en la cama, me preguntó tímidamente: -“Señor, ¿no me dejaría leer ese libro?”, -“¿Qué? ¿Usted sabe leer?”. -“Cuando era niño yo ansiaba aprender, así que me escapé al monasterio, y los monjes me enseñaron un poco. Yo creo que podría leerlo.”

Así que le marqué algunos pasajes. Me desperté a la medianoche y lo encontré sentado sobre la alfombra con la Biblia sobre el pequeño banquito y la lámpara colgada en el estante de la chimenea. Estaba siguiendo cada palabra con su dedo y deletreando cada sílaba. Me dormí y me desperté a las dos de la madrugada, y seguía inclinado sobre el libro, cuando me desperté a las cuatro de la mañana todavía seguía leyendo, y había una luz en su rostro que no era la luz de la lámpara.

Garabed murió tres años después de cólera, pero dejó su marca en la vida del pueblo. Cuando pasé por allí en agosto de 1914, encontré una escuela y una iglesia, fruto de la experiencia de esa noche, y una prolija casa de dos pisos sobre el mismo lugar donde antes había una casa en ruinas.

Presentación del libro: Dr. Eduardo Bedrossian

Impreso en español por la Editorial Diario Armenia

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