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Rosa María Berberian: “Fui feliz perpetuando la música armenia”

Rosa-BerberianYa retirada del Coro Gomidás, Rosa María Berberian relata su experiencia durante más de seis décadas como integrante del primer espacio coral de la colectividad armenia.

Nació un año antes que el coro que la vio crecer y desarrollarse como artista amateur. A los 15 sus padres originarios de Aintab, que habían llegado desde Alepo, Siria, la inscribieron en el único espacio coral de la colectividad. Ella amaba la música desde pequeña, la llevaba en la sangre: su madre tocaba el violín y el piano, su hermana recitaba, el hermano mayor era tenor y el menor tocaba el violín. Ella ocupó el lugar de la soprano de la familia y fue parte importante del Coro Gomidás durante largas décadas. “Era una felicidad tanto compañerismo, tantos momentos de alegría, y saber que estábamos ayudando a perpetuar la música armenia”, asegura Rosa María Berberian.

Hizo la escolaridad armenia en el San Gregorio El Iluminador a la par de la escuela normal, y de joven comenzó a formar parte de Homenetmen. Pero la música, sobre todo, es la que atravesó su vida y hasta le posibilitó formar una familia con Zaréh Yergatuni –traducción de Demirdjian-. Él vivía en Alepo y tenía una gran amistad con la familia Berberian que había quedado allí. Rosa María, junto a sus hermanos y su madre, tenía la costumbre de grabar en disco de pasta temas musicales interpretados por ellos, para enviar a los tíos y primos maternos que se habían quedado en Siria. Así, Zaréh se enamoró de su voz a la distancia y viajó para pedir su mano.

A pesar de haberse hecho cargo por un periodo de tiempo, de la mercería de su padre –que también tenía una zapatería de hombre-, de las responsabilidades y dedicación al matrimonio y sus tres hijos, el Coro Gomidás siempre tuvo lugar en su vida. Cuando los niños eran pequeños, todas las noches, se tomaba el colectivo en Flores para ir a ensayar a Palermo. “Es que tuve muy buenos compañeros y fue una gran experiencia”, repite agradecida.

Coqueta y lúcida; sin dificultad le aflojan las palabras de sus labios rojos en composé con unos modernos lentes y uñas carmesí. Recuerda con nostalgia aquellos paseos matutinos por el Tigre o por el Rosedal antes de ir a cantar la misa de los domingos, y destaca especialmente el festejo del 30° aniversario del coro en el Centro Armenio: “El programa era muy completo, en armenio y en castellano, y había fragmentos de la Opera Anush”.

El coro, que fue fundado y dirigido hasta 1959 por el maestro Levón Vartabedian y sucedido por otros directores como Nino Alberian, proveniente del Teatro Colón, hasta el desembarco de Makruhí Eolmesekian en 1970, hizo giras por distintas ciudades del país como Rosario y Córdoba, así como por Montevideo, Uruguay, y recorrió todas las iglesias armenias y actos ecuménicos en general. “Me acuerdo de un concierto en una iglesia de monjas donde la acústica era perfecta. Me tocaba hacer un solo y la voz me salió solita, sin esfuerzo. Esos momentos son inolvidables”, asegura.

Rosa María había estudiado canto, previamente, en forma particular, pero no se decidió a dedicarse profesionalmente. Inevitablemente fue un hobby, un lugar de placer, pero no por eso menos convocante. “Una vez me hicieron cantar en el entonces Cine Medrano. Ahí estaba con letras grandes mi nombre en la marquesina”, cuenta como si lo estuviera viendo.

Generosa al hablar de sus compañeros, saca fotos de una caja y los menciona a todos, agradece a la comisión del coro “sin la cual no hubiera sido posible su continuidad” y se enorgullece de lo construido, de haber hecho transcender la cultura armenia, siempre con una roja sonrisa.

Entrevistó

Luciana Aghazarian

 

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