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Turquía anuda la ruta de la seda: se alía con Azerbaidján para excluir a Armenia

Jordi Joan Baños/La Vanguardia

Via-ferreaVarias décadas después de que el Orient Express entrara en vía muerta, ahora es Turquía quien mira fascinada hacia su Oriente. Días atrás se inauguró con bombos y platillos una línea de ferrocarril que redibuja los confines de Europa.

Turquía, Georgia y Azerbaidján vuelven a estar unidas por un tren que se anuncia como el penúltimo eslabón de la nueva ruta de la seda. Un corredor que ha de facilitar el tránsito ferroviario de mercancías entre China y Occidente con un gran ahorro de tiempo respecto a las rutas marítimas.

Su trazado pone al Cáucaso y al mar Caspio al alcance de Europa, sorteando deliberadamente a Rusia y sus satélites. Es, de hecho, un calco del dibujado por el oleoducto de BP entre Bakú y Ceyhán, ya en funcionamiento. Significativo tanto por lo que incluye como por lo que excluye. Por un lado, comunica Bakú y Tiblisi con la remota ciudad turca de Kars, desde donde hay trenes a Ankara o al Mediterráneo.

Por otro lado, a Armenia se la rodea como castigo por la ocupación del Alto Karabagh, exterritorio azerí de población armenia, rebautizada este año como la autoproclamada República de Artsaj. Ereván es el más estrecho aliado de Rusia en la región, a la que brinda bases militares.

Hasta hace veinticinco años, Armenia era lugar de tránsito obligado para los pasajeros turcos con destino a Georgia y Azerbaidján, pero Ankara decidió cerrar su frontera a cal y canto como represalia. Cabe decir que Azerbaidján, Georgia y Turquía tienen en común democracias mejorables y relaciones con Rusia que, en el momento en que se relanzó el proyecto, en 2005, eran no menos mejorables.

Luego, la exclusión de Armenia del nuevo corredor ferroviario ahuyentó al Banco Mundial y a la UE. Algo que pospuso el proyecto sin lograr detenerlo, debido a la determinación turca y al dinero del petróleo azerí, que también ha financiado el trayecto georgiano.

En total, la línea recorre 826 kilómetros y espera anualmente un millón de pasajeros y más de seis millones de toneladas de mercancías. Un cargamento de trigo kazajo ha inaugurado la línea hasta Kars, desde donde prosiguió hasta Mersin, en el Mediterráneo, donde llegó el sábado.

Paradójicamente, la nueva línea servirá para romper el aislamiento de los armenios de Georgia, en cuya principal ciudad, Ajalkhalakh, los trenes cambian de ancho de vía. Con mayor discreción, se trabaja en la continuidad de la línea desde Bakú hasta la ciudad de Astara, a orillas del Caspio iraní, donde podría establecerse una zona de libre comercio.

Hace tiempo que Turquía se cansó de esperar en el recibidor de la UE y empezó a tejer su propia red de complicidades, con la vista puesta en el antiguo espacio turcomano. En su vecindario inmediato, su interés hacia Georgia y Azerbaidján coincide con el de sus aliados tradicionales en la OTAN –singularmente EE.UU. y Reino Unido– por lo que es en este flanco donde la cooperación está más avanzada. De hecho, algunos frutos empezaron a recogerse hace unos años, como el oleoducto y gasoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhán.

Turquía tiene también un gran interés en recrear la ruta de la Seda –al fin y al cabo, la lengua turca siguió el mismo itinerario hace mil años– aunque en sus propios términos. Por varias razones –entre las que se cuenta la turcófona Sinkiang– China se ha fiado más de Grecia que de Turquía, donde su ausencia es clamorosa.

A nadie debe sorprender que Recep Tayyip Erdogan y su homólogo azerí, Ilham Aliev, sean grandes amigos, puesto que no necesitan intérpretes. Como Turquía en 1928, todas las repúblicas turcófonas de Asia Central –excepto Kirguistán– han ido sustituyendo el alfabeto cirílico por el latino.

La puerta de Oriente está acostumbrada a ser origen y destino de trenes míticos, como el Orient Express, que unía a París con la antigua Constantinopla, o aquel con que los alemanes la enlazaron con Alepo y Bagdad. Erdogán, que fuera alcalde de la Segunda Roma, busca una segunda oportunidad.

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