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Una Armenia para cada uno

Los alumnos del Mekhitarista cuentan su experiencia en el viaje de egresados

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El curso completo de cuarto año del Colegio Mekhitarista, recién llegado de Armenia, se reunió para contarle al Diario Armenia detalles acerca del viaje más esperado.

Para los alumnos de las escuelas armenias en Argentina, el viaje de egresados no es solo el merecido festejo de fin de ciclo. Si llevan sangre armenia lo viven como el reencuentro con aquello que está alojado en su memoria. Se chocan con los relatos de la abuela, los aromas de la comida típica y el idioma de sus ancestros. Si son alumnos no armenios, para ese entonces, ya están “armenizados”, invadidos por las ganas de palpar en vivo y en directo lo que todo el ciclo secundario estudiaron en libros y mapas.

A todo esto se suma que el Colegio Mekhitarista es el único que programa el viaje de fin de curso un año antes de finalizarlo, es decir en cuarto año, gracias al trabajo a pulmón que hacen padres y chicos en el famoso restaurante de los viernes. El objetivo: que los alumnos puedan transmitir su experiencia a los otros y trabajar, durante el siguiente año, en profundidad sobre lo vivido. Recién llegados de Armenia, los futuros egresados 2015 hablaron con el Diario Armenia sobre esta experiencia que los acerca a las raíces y a lo aprendido.

Mekhitarista-2“Está todo cargado de emociones. Cada uno lo vive de manera única”, dice Marina Torossian y el resto asiente. Es preciso aclarar esto de entrada. Cada uno encontró en ese viaje lo que quería encontrar y más. Se sorprendieron, se emocionaron y hasta, con alguna otra cosa, se decepcionaron. Sensaciones tan subjetivas como lógicas. “Disfrutamos Armenia porque la entendimos”, asegura Nadia Avedissian y nadie la objeta.

En general, están de acuerdo en que la experiencia fue enriquecedora. Algunos se atropellan para hablar. Son muchos, casi el curso completo, hablando, a su turno, con pasión. Mucha pasión. La armenidad fluye en la oficina de la directora del colegio de Belgrano. Estudiantes de entre 16 y 17 años, armenios y no armenios, hablan de un viaje que los marcó, de diferentes formas, para siempre. Y de repente Franco Sclabi -cuya madre es descendiente de armenios, pero eso en este contexto ya casi no importa- dice algo que los deja a todos pensando: “Armenia se adapta a cada uno”.

La carga emocional es cierta y se siente vibrar en aquella oficina donde cada tanto algunos se van y otros llegan. “Estaba sentada en un banco y un armenio se acercó y me preguntó: ¿sos armenia no?”, cuenta una de las chicas con los ojos brillantes de orgullo. Por su parte, Mariam Bodirikyan asegura que “llegar y ver carteles en la calle escritos con letras armenias fue shockeante”.

En este sentido, dicen, el aprendizaje fue intenso. El idioma, además de la emoción, fue una de las herramientas más fuertes que llevaron de paseo y pudieron utilizar y reforzar.

Incluso los alumnos no armenios para los cuales no es obligatorio -a partir del año que viene sí lo será- estudiar el idioma tuvieron la posibilidad de hacer un curso previamente para tener un dominio básico de la lengua. Y de hecho la anécdota de Paulina Frigo da cuenta de que hasta con los principiantes la tarea estuvo cumplida: “Fuimos a comprar y nos perdimos, y gracias a lo que habíamos aprendido en los cursos pudimos preguntar cómo volver. Nos sirvió y pudimos usarlo”.

Para Sofía Ketchian la sorpresa fue doble porque tuvo la posibilidad de conocer a familiares de su mamá que viven allí. Desde su lugar Belén Mermier destaca otro aspecto que algunos se olvidan o no remarcan: “Cuando nos juntamos con otros chicos armenios nos dimos cuenta que cantaban canciones patrióticas, que hablaban de su cultura, pero no mostraban el tema del Genocidio en primer plano. Me llevé eso aprendido: no quedarme con lo malo y salir adelante”. Sin dudas Franco tiene razón “Armenia se adapta a cada uno” ¿O cada uno se adapta a su Armenia?

Y, por último, los chicos hacen sus propias recomendaciones, ofrecen esos datos útiles con los que les hubiera gustado contar antes de emprender viaje. “Si tienen la posibilidad de mantener el contacto con los armenios que conozcan, que lo hagan”, dice Marina. “A los chicos que están por viajar les diría que no escuchen a nadie, que no se condicionen, que lo vivan”, sugiere Franco. “Y que se unan como grupo. Que aunque estén cansados hagan todas las actividades porque valen la pena”, coinciden todos.

Como si una Armenia a medida fuera posible. Una Armenia construida, vivida, sentida en forma única e irrepetible por cada uno.

Luciana Aghazarian

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