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Una asignatura pendiente

Estar en Ereván un 24 de abril es una experiencia única e inolvidable. Forma parte de esa lista de deseos que uno espera concretar en algún momento de su vida. En mi caso, tuve la ocasión de hacerlo en 2014. Era el 99º aniversario del Genocidio y ya se respiraba en el ambiente el centenario por venir. No es posible describir con palabras la emoción de encontrarse rodeado de miles y miles de familias, clavel en mano, alrededor de ese “muro” de flores que casi no dejan ver la llama eterna de Dzidzernagapert.

Alojado a doscientos metros de la céntrica plaza de la República -en una zona donde todavía en ese entonces se veían ejemplares de viviendas de la década del ´20- mi trayecto habitual pasa por la calle Aramí. En uno de esos recorridos diarios, me topo con una descolorida placa conmemorativa en la fachada de lo que parece ser una casa abandonada y semidestruida. No salgo de mi asombro al leer que se trata del hogar donde vivió Aram Manukian los dos últimos años de su vida, de 1917 a 1919. Asombro que muy pronto se transforma en indignación cuando sumado a ese panorama desolador, descubro que el histórico edificio del primer gobierno patrio de 1918 se ha transformado en una pizzería, con un atroz agregado por encima de la finca original…

Es muy común en Ereván toparse a cada paso con esculturas y casas museo de renombrados poetas, pintores, escritores y músicos armenios. Hovannés Tumanian, Mardirós Sarian y Aram Jachadurian, para dar sólo algunos ejemplos, tienen en ese sentido el sitio que se merecen en la capital y en el corazón de todos los armenios. La casa museo del genial Serguei Paradjanov es otro ejemplo que maravilla a los visitantes y trasciende los límites locales. Es ahí donde cabe preguntarse ¿cómo es que la casa de Aram Manukian permanece en ese estado? Y además, ¿cómo puede ser que un edificio que es –o debería ser- patrimonio histórico funcione como local gastronómico?

Al volver a caminar por las calles de Ereván en 2018, veo que esa descolorida placa y esa casa abandonada y semidestruida de la calle Aramí, permanecen tal como estaban cuatro años atrás. Es el año del centenario de la independencia y descubro, cerca de una de las estaciones del metro, una envoltura provisoria sobre lo que parece ser un monumento pronto a inaugurar. Es el dedicado al héroe nacional Aram Manukian, que a pesar de las controversias que suscita en cuanto a lo artístico, viene a llenar definitivamente un vacío y a hacer justicia con el fundador de la república. El no pasarán armenio está indisolublemente ligado a su nombre y a la heroica resistencia que encabezara tanto en Van en 1915 como en Ereván en 1918.

Después del monumento a su memoria, la reconstrucción y remodelación de la casa de Aram Manukian -allí donde pasó el último crucial período de su vida- para transformarla en casa museo, es una obligación que pesa sobre todos. Gobierno nacional, municipal y diáspora pueden –y deben- aunar esfuerzos para lograrlo. La necesidad de preservar el patrimonio histórico nacional no requiere de mayores explicaciones. A cien años de su muerte, es obvio que tenemos una asignatura pendiente frente a una de esas personalidades históricas a la que debemos mucho más de lo que imaginamos.

Dr. Ricardo Yerganian
Exdirector del Diario ARMENIA
ryerganian@diarioarmenia.org.ar

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