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William Saroyan: Un romántico existencialista

Premio Pulitzer, prolífico escritor, pintor, autodidacta, Saroyan dejó un importante legado literario donde repasa también su origen armenio y el desarraigo del emigrante. Uno de sus títulos, La comedia humana, fue traducida al español por Leonor Acevedo Suárez, la madre de Borges. Alcohólico y ludópata, también, fue un entusiasta que desbordaba idealismo en sus obras.

Ensayista, novelista, dramaturgo, escritor de literatura juvenil también, logró teñir su obra con dosis autobiográficas. Saroyan fue una contradicción andante: mientras en su narrativa es descaradamente romántico, pero su romanticismo es retratado dentro del realismo frecuentemente sórdido de un bar en decadencia, la vida de los desamparados y las prostitutas, los convictos y los jugadores compulsivos. Es optimista a ultranza, una actitud violentamente atacada y rechazada por la visión egoísta de que la sociedad moderna es la primera sociedad en reconocer la desesperanza de la vida y la destructividad del hombre, pero escribe sobre desilusiones. En Me llamo Aram (Acantilado), por ejemplo, el protagonista que da nombre al libro, es un joven americano de origen armenio que repasa su infancia y cultiva ambas culturas desde lo personal. El original fue su séptimo libro publicado en 1940 (el mismo año en que recibe el Pulitzer de teatro por El momento de tu vida) y ya era considerado un gran exponente de la narrativa estadounidense y fue su primer best seller. Acantilado, el sello español, además tiene publicados otros títulos bien traducidos: Cosa de risa, El joven audaz sobre el trapecio volante, El tigre de Tracy, Las aventuras de Wesley Jackson, Un día en el atardecer del mundo y La comedia humana.

Saroyan había nacido en la ciudad de Fresno en California en 1908. Sus padres, originarios de Bitlís, habían dejado su tierra natal antes de la ejecución del genocidio contra los armenios pero ya sabiendo de las matanzas que venía enfrentando la ciudadanía armenia desde fines de 1800. Armenak y Takuhí, sus padres, habían llegado tres años antes del nacimiento de William a los Estados Unidos, en condiciones paupérrimas. Armenak había nacido en 1874 y murió prematuramente a causa de una peritonitis en 1911 mientras que su esposa, nacida en 1882, lo sobrevivió 40 años. William, con apenas tres años cuando la muerte de su padre, fue enviado junto a sus hermanos a un orfanato hasta que seis años más tarde lograron volver a reunirse con su madre que ya contaba con un trabajo estable en una fábrica. En el reencuentro con su madre, el pequeño William descubre los escritos de su padre y eso será lo que luego recordará como su gran influencia. Sin más estudios que mecanografìa, Saroyan comienza a publicar notas en periódicos locales y sus primeros cuentos que ya lo vislumbraron como una de las figuras prominentes de la literatura de mitad de siglo XX. Stephen Fry, el actor y escritor británico lo ubica como “Uno de los autores menos reconocidos que debería estar considerado en la misma línea de Steinbeck, Faulkner y Hemingway”. (Saroyan se burló de Muerte en la tarde, un libro de Ernest Hemingway y éste le respondió: “Los vemos ir y venir, malos y buenos; mucho mejores que usted, señor Saroyan”).

Lo destacado de ese optimismo que se lee en su obra es el contexto en el que escribió: la gran depresión de los años 30 en Estados Unidos. De ahí su idealismo rimbombante dentro de historias melancólicas y sufrientes.

Nuestro escritor tuvo un amorío que no pasó de la correspondencia con Sanora Babb, poeta y novelista, pero se casó con Carol Marcus, también escritora y actriz. Con ella tuvo a sus dos hijos: Aram -más tarde escritor y quien escribiría sobre su padre- y Lucy, quien devino en actriz como su madre. Los problemas con el alcoholismo y las apuestas se habían incrementado en esos tiempos, y tras una gira europea, se divorcian. Al poco tiempo se vuelven a casar para separarse otra vez casi inmediatamente. “Es un hombre abusivo”, lo acusó ella en sus memorias.

Saroyan murió tras sufrir un cáncer de próstata a sus 72 años en 1981 en la misma ciudad que lo vio nacer. Sus cenizas fueron repartidas, una parte en Fresno y el resto en el Panteón Gomidás en Ereván, muy cerca de Aram Khatchadourian, Martirós Saryan y Sergei Paradjanov.

La Casa Museo William Saroyan se inauguró el 31 de agosto de 2018 en Fresno en la misma casa donde Saroyan vivió los últimos 17 años de su vida. En el lugar se aprecian fotografías de diferentes períodos de su vida, dibujos y portadas de sus libros. El museo tiene una sala separada que presenta un holograma del escritor.

Poco antes de morir, en 1981, una muerte solitaria, alejada, Saroyan escribió: “Todos y cada uno, antes o después, serán identificados, definidos y puestos en perspectiva… La verdad es simultáneamente mejor y peor que el mito popular”. Quizá a sabiendas de que su obra y su vida serían sometidas a una evaluación crítica, sobre todo considerando que su literatura no se limitaría a lo americano sino que abrazaría el vacío literario armenio en su tierra natal. “Un armenio nunca puede dejar de ser armenio”, decía, y así escribió sobre los valores culturales y la supervivencia de éstos en la diáspora: un sentido de decencia y generosidad de espíritu. Ese es uno de sus tantos legados.

El armenio y el armenio

En la ciudad de Rostov, pasé frente a una cervecería a altas horas de la noche y vi a un camarero con una bata blanca que seguramente era armenio, así que entré y dije en nuestro idioma: “¿Cómo estás? Dios destruye tu casa, ¿cómo estás?” No sé cómo podría decir que era armenio, pero yo lo sabía. No es solo la tez oscura, ni la curva de la nariz, ni el grosor y la abundancia del cabello, ni siquiera es la forma en que el ojo vivo se coloca dentro de la cabeza. Hay muchos con la tez correcta y la curva correcta de la nariz y el mismo tipo de cabello y ojos, pero estos no son armenios. Nuestra tribu es notable, y yo estaba en camino a Armenia. Bueno, lo siento. Lamento profundamente que Armenia no esté en ninguna parte. Me duele que no haya Armenia.

Hay una pequeña área de tierra en Asia Menor que se llama Armenia, pero no es así. No es Armenia. Es un lugar. Hay llanuras, montañas, ríos, lagos y ciudades en este lugar, y todo está bien, no todo está menos que todos los demás lugares del mundo, pero no es Armenia. Solo hay armenios, y estos habitan la tierra, no Armenia, ya que no hay Armenia, caballeros, no hay Estados Unidos y no hay Inglaterra, ni Francia, ni Italia, solo hay la tierra, caballeros.

Entonces entré en la pequeña cervecería rusa para saludar a un paisano, un extranjero en una tierra extranjera.

—Vay, dijo con esa entonación deliberada de sorpresa que hace que nuestro lenguaje y nuestra forma de hablar estén tan plenos de comedia. —¿Usted…?

Queriendo decir, por supuesto, que yo era un extraño. Mi ropa, por ejemplo. Mi sombrero, mis zapatos, y tal vez incluso el pequeño reflejo de Estados Unidos en mi cara.

—¿Cómo encontrò este lugar?

—Ladrón, dije con cariño, —he estado caminando. ¿Cuál es tu ciudad? ¿Donde naciste? (En armenio decimos: “¿Dónde entraste al mundo?”)

—Moush, dijo. —¿A dónde va? ¿Qué está haciendo aquí? Usted es estadounidense Puedo darme cuenta por tu ropa.

—Moush. Amo esa ciudad. Puedo amar un lugar que nunca he visto, un lugar que ya no existe, cuyos habitantes han sido asesinados. Es la ciudad que mi padre visitó a veces cuando era joven.

Dios, fue bueno ver a este armenio negro de Moush. No tienes idea de lo bueno que es para un armenio encontrarse con un armenio en algún lugar lejano del mundo. Y además en una cervecería, por cierto. Un lugar donde los hombres beben. ¿A quién le importa la calidad podrida de la cerveza? ¿A quién le importan las moscas? ¿A quién le importa la dictadura? Es simplemente imposible cambiar algunas cosas.

—Vay, dijo. —Vay (lentamente, con alegría deliberada), vay. Y habla el idioma. Es sorprendente que no lo haya olvidado.

Y trajo dos vasos de la pésima cerveza rusa.

Y los gestos armenios, que significan mucho. El golpeteo de la rodilla y el rugido de la risa. La maldición La sutil burla del mundo y sus grandes ideas. La palabra en armenio, la mirada, el gesto, la sonrisa y, a través de estas cosas, el renacimiento rápido de la raza, intemporal y nuevamente fuerte, aunque han pasado años, aunque las ciudades han sido destruidas, padres y hermanos e hijos asesinados, lugares olvidados, sueños violados, corazones vivos ennegrecidos por el odio.

Me gustaría ver que cualquier potencia del mundo destruya esta raza, esta pequeña tribu de personas sin importancia, cuya historia ha terminado, cuyas guerras han sido libradas y perdidas, cuyas estructuras se han derrumbado, cuya literatura no ha sido leída, cuya música es desconocida, cuyas oraciones ya no se pronuncian.

Adelante, destruye esta raza. Digamos que es nuevamente 1915. Hay una guerra en el mundo. Destruye Armenia. Ve si puedes hacerlo. Envíalos de sus hogares al desierto. Que no tengan pan ni agua. Quema sus casas y sus iglesias. A ver si no van a vivir de nuevo. Vea si no se reirán de nuevo. Vea si la raza no volverá a vivir cuando dos de ellos se encuentren en una cervecería, veinte años después, y rían y hablen en su lengua. Adelante, vea si puede hacer algo al respecto. Vea si puede evitar que se burlen de las grandes ideas del mundo, hijos de puta, un par de armenios que hablan en el mundo, adelante e intenten destruirlos.

Nueva York, agosto de 1935. Relato incluido en Inhale and Exhale (Penguin Random House, 1936).

Elegimos la transcripción de este cuento, ya que siempre se destaca el último extracto como una profunda oda al exacerbado nacionalismo. Inclusive, se han tomado una “licencia” inexcusable y sacrílega donde suman (¿quiénes?) “Porque allí donde se encuentren dos armenios crearán una nueva Armenia”. Eso es quitar de contexto descaradamente un relato donde comienza diciendo que no hay una Armenia (¿cómo osaría rematar un relato, entonces, apelando a una nueva Armenia?), como no hay ningún otro país, que todos somos habitantes del mismo espacio. ¿Idealismo? Desde ya, ¿pero qué nos resta a quienes padecimos la muerte por habitar una tierra que otros se creían propias? Ese el valor de la literatura, el poder de hacernos ver que el mundo es más simple, que la vida es maravillosa y que es el hombre el que está lleno de odios.

Lala Toutonian
Periodista
latoutonian@gmail.com

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