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montanerPublicamos el testimonio de vida de un destacado cantante: que consideramos puede ser útil a muchos jóvenes que enfrentan una vida llena de problemas y complicaciones. Héctor Eduardo Montaner nos cuenta cómo con la ayuda de Dios tuvo un cambio de vida, se presenta ahora con su nombre artístico de Ricardo Montaner.

“Nací en la ciudad de Avellaneda. Soy hincha de independiente. Al mismo tiempo viví en una calle llamada Portela, en una casa de vecindad. Eran casas habitadas por tres o cuatro familias. En un cuarto estábamos los cuatro: mis padres, mi hermana y yo. Nuestra habitación era comedor, sala, cuarto de juegos, dormitorio y baño. En invierno todo era muy difícil debido al intenso frío.

Nada hacía pensar en los primeros años, según el mapa que me rodeaba, que mi vida iba a dar un vuelco tan extraordinariamente opuesto. Mucho menos que iba a convertirme en un ganador, cuando tenía todas las fichas compradas para ser un muchacho sin mayores expectativas y sueños.

A los 5 o 6 años, mi papá tuvo la posibilidad de comprar una casita muy pequeña en Lanús. Allí pusieron un pequeño almacén llamado “Mi sueño”. Con ese nombre lo bautizó mi mamá. Ese era su sueño. Y de no haber sido porque Dios tenía otros planes que tenían que ver conmigo, aún estaríamos allí.

Así pasé esos años de mi vida, hasta que un día un amigo de mi padre llegó a la puerta de casa y le dijo: “Hay una oportunidad de trabajo para irnos a Venezuela”. Mi papá, sin pensarlo dos veces, dijo que sí. Una de mis ilusiones era la de algún día subirme a un avión.

Mi papá viajó solo a Venezuela. Al cabo de unos meses regresó por nosotros. Me subí al avión tal cual lo había imaginado siempre. Él me dijo que si subía con un libro al avión, la gente me iba a ver como un tipo interesante, como alguien estudioso, por eso llevaba en las manos una gigantesca enciclopedia. Junto a mí, se sentó una señora de la que no recuerdo su nombre, pero de quien aprendí una de mis primeras lecciones de vida. Me comenzó a hablar pero, debido a mi inseguridad, yo ni la miraba. Yo cargaba con esa vergüenza sin motivo aparente. La traía heredada. Esa misma inseguridad no me permitía ningún tipo de expectativa. Hasta que en la mitad del vuelo parece ser que a la señora se le colmó su paciencia y me dijo: “Te voy a dar un consejo, cuando una persona te hable mírale siempre a los ojos. Si no miras a los ojos de la gente que te habla das a entender que no te interesa lo que están diciendo” Eso fue una lección de vida y hasta el día de hoy lo práctico.

Llegamos a Venezuela. Recuerdo mi impresión al atravesar los túneles que comunicaban a la Guaira con Caracas, también ver los ranchitos multicolores que forman los grandes cinturones de miseria de la Caracas de aquellos tiempos y de estos también.

Al cabo de un mes, me instalé a estudiar en un colegio “privado”. Y digo privado entre comillas porque no teníamos suficiente dinero para pagarlo y a mi padre le costaba sangre, sudor y lágrimas poder llegar a fin de mes para cumplir con la cuota.

Aunque mi vida empezó a cambiar geográficamente… mi mapa se mantenía oscuro y raro. Corrió el tiempo, y ya vivíamos en Maracaibo. Estudiando en el colegio claretianos empecé, a través de la música, a destapar al verdadero Ricardo que había adentro; perdón, al verdadero Héctor – aún no era Ricardo. Se me empezó a quitar el miedo. A los catorce años canté por primera vez en público. Me dediqué a tocar la batería y a hacer los coros en la iglesia claretiana. Poco a poco me levanté de la silla de la batería y empecé a cantar en público. Comencé a vencer mi miedo escénico a través de la música. Creo que ahí Dios comenzó a poner su mano en mí.

Lo que quiero decir con esto es que nunca imaginé que la vida podía dar tantas vueltas, como para traerme hasta aquí. Nunca pensé que mi mapa de vida pudiera dar el vuelco tan radical que dio. Soy un ejemplo viviente de lo que Dios puede hacer con una persona.

Creo que Dios tenía un propósito para mí. Si a mí me sucedió, a vos también te puede suceder. No importa lo que te esté pasando hoy, donde hayas nacido, ni el número de identificación que tengas. Tampoco importa si tu mapa de vida es uno caótico o uno lleno de éxitos. Si heredaste una fortuna o si heredaste los mismos problemas, los mismos traumas, las mismas debilidades de tu generación anterior. Nada de eso importa porque Dios es capaz de cualquier cosa. Dios puede hacer en vos lo que nunca jamás imaginaste.

Quizás te preguntás: ¿Será que tengo hoy la posibilidad de darle un vuelco a mi vida y convertirme en otra persona totalmente opuesta a la que soy? ¿Será que tengo una oportunidad? Y te respondo: ¡SI QUE LA TENÉS, COMO LA TUVE YO!”

 

Extractado de la Revista “PAZ” publicada por el Consejo de Pastores Evangélicos de Buenos Aires

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