Un país sin brújula: Armenia frente a la agenda ajena que avanza desde adentro

16 de diciembre de 2025

Armenia atraviesa uno de sus momentos más críticos. Bajo el gobierno de Nikol Pashinyan, el Estado comenzó a ceder de manera sostenida elementos esenciales de su identidad, su memoria histórica y su seguridad. Lo que se presenta como pragmatismo y normalización responde, en realidad, a un proceso que avanza con coherencia y en simultáneamente en varios frentes.

¿Puede un país defenderse cuando su conducción política adopta, normaliza y difunde la agenda del adversario (enemigo)? Hay una diferencia sustancial entre negociar y desarmarse, entre buscar la paz y perder la brújula nacional. Armenia se acerca peligrosamente a ese límite.

Desde hace meses, las autoridades armenias reproducen con inquietante naturalidad discursos que hasta hace poco eran exclusivos de Bakú y Ankara. La coincidencia no es accidental. Aliyev llama al lago Seván “Gökcha” y Pashinyan ensaya justificaciones; un clérigo cercano al poder azerbaiyano acusa a la Iglesia Apostólica Armenia de “revanchismo” y el gobierno armenio inicia una ofensiva interna contra ella; Turquía pide “olvidar el pasado” y Armenia elimina la imagen del Ararat de sus sellos fronterizos, entre otros episodios. En cada caso, una narrativa no propia avanza desde adentro incorporada al lenguaje político del Estado armenio.

Otro de los ejes más visibles es el energético. Azerbaiyán tiene un interés concreto en que Nikol Pashinyan se mantenga en el poder de cara a las elecciones de junio de 2026. Aunque pueda sonar extraño para el lector, o tal vez ya no tanto, ese respaldo indirecto responde a un cálculo claro: la continuidad del actual Primer Ministro facilitaría los cambios y las concesiones que Bakú exige desde hace tiempo.

En ese marco debe leerse el envío de combustible azerbaiyano a Armenia a través de Georgia, presentado como un gesto técnico o humanitario, pero que está cargado de significado político. El mensaje al electorado es simple: la paz es posible, la cooperación funciona y tiene un nombre propio, el de Nikol Pashinyan. Sin embargo, lo que se exhibe como pragmatismo energético corre el riesgo de transformar una dependencia, la rusa, en otra. Y no se trata de cualquier “otro”, sino de un “otro” con intereses explícitamente contrapuestos a la seguridad armenia.

 A este panorama se suma el rol de la Unión Europea que anunció una inversión de 500 millones de euros para proyectos de diversificación energética con énfasis en la conexión eléctrica con Georgia y Turquía. Presentada como un avance hacia la seguridad energética, la “diversificación” aparece asociada al desplazamiento del factor ruso, pero también a una creciente subordinación a Ankara, incluida la presión histórica para el cierre de la central nuclear armenia de Medzamor. No hay duda de que Armenia debe diversificar, pero resulta imprescindible analizar hacia dónde y a qué costo estratégico.

Este esquema se completa con el abastecimiento de trigo a Armenia por ferrocarril a través de Azerbaiyán, también presentado como una solución logística, pero que consolida un esquema en el que energía y alimentos quedan sujetos a un Estado que, durante casi diez meses, entre diciembre de 2022 y septiembre de 2023, utilizó el bloqueo del corredor que unía Artsaj con Armenia como una herramienta de presión política y humanitaria con consecuencias desastrosas para los armenios.

Al mismo tiempo, Turquía anunció cambios en sus planes de estudio para reemplazar el término “Asia Central” por “Turquestán”, un viejo proyecto enmarcado en una política orientada a reforzar la unidad del mundo túrquico. Este tipo de movimientos regionales resignifican cada movmimento en el Cáucaso Sur y obligan a observar el tablero completo, especialmente cuando algunos de esos pasos, como las tan celebradas aperturas de corredores de tránsito presentados como caminos hacia la paz, encajan funcionalmente en proyectos históricos de peligroso alcance. Estamos hablando, concretamente, del panturquismo.

El punto más delicado apareció en Hamburgo, la semana pasada, donde el Primer Ministro fue todavía más explícito. Pashinyan confirmó que Armenia le propuso a Azerbaiyán una hoja de ruta conjunta para “dejar de lado” simultáneamente dos cuestiones: la narrativa azerbaiyana de un supuesto “Azerbaiyán Occidental” y el derecho de los armenios desplazados de Artsaj a regresar a su tierra.

En su planteo, insistir en el retorno implicaría reabrir el “movimiento de Karabaj”, algo que, según sostuvo, conduciría inevitablemente a una nueva guerra. De este modo, el derecho internacional de los refugiados armenios queda equiparado a un reclamo ficticio de carácter expansionista y Artsaj pasa a ser presentado como una amenaza para la paz en lugar de una injusticia pendiente. Aunque Pashinyan rechazó formalmente la existencia de un “Azerbaiyán Occidental” dentro de Armenia, propuso que ambos temas sean eliminados de la agenda de negociación como condición para evitar futuros conflictos. ¿Puede un país sostener su soberanía cuando acepta discutir su futuro en los términos fijados por el agresor?

Internamente, la ofensiva contra la Iglesia Apostólica Armenia adquiere un sentido profundo. Se trata de la última institución panarmenia que conserva un marco simbólico y moral resistente a la reescritura del presente. Intentar subordinarla al poder ejecutivo, modificar cánones milenarios y transformar la estructura eclesiástica en una dependencia estatal revela una intención política precisa: neutralizar el último espacio donde la identidad armenia no está moldeada por los intereses del gobierno ni por las exigencias de actores externos. No se trata del Catholicos Karekin II como lo presentan desde el oficialismo, va más allá.

La diáspora observa este proceso con especial preocupación. Conoce mejor que nadie el papel que la Iglesia desempeñó durante generaciones para sostener la existencia nacional fuera de las fronteras estatales. Así lo expresó Giro Manoyan, jefe de la Oficina de la Causa Armenia y Asuntos Políticos de la FRA, al señalar que la diáspora reconoce con mayor claridad la función histórica de la Iglesia porque ha convivido con ella como columna vertebral de la identidad armenia en distintos países. Según Manoyan, el malestar del gobierno no se dirige a personas concretas, sino al hecho de que exista una institución que goza de la confianza de la mayoría del pueblo y que, por su naturaleza panarmenia, no puede ser absorbida ni subordinada al poder político.

Bajo esta misma lógica, la detención y apresamiento de clérigos críticos del gobierno, acusados de “desestabilizar” al país, no puede enmarcarse como un hecho aislado. Más allá de las imputaciones formales, estos arrestos se inscriben en una lógica más amplia: silenciar voces disidentes que se niegan a aceptar el cierre definitivo del capítulo Artsaj y cuestionan abiertamente la política de concesiones del Ejecutivo. En ese contexto la criminalización del disenso en Armenia es un intento de disciplinar el relato lejos de ser una defensa del orden institucional como lo quieren presentar.

A lo enumerado hasta aquí se suma una herida que el gobierno evita nombrar en voz alta: los 23 armenios detenidos ilegalmente en Bakú. Mientras se habla de normalización de relaciones, de corredores y de hojas de ruta hacia la paz, dirigentes y civiles de Artsaj permanecen encarcelados sin debido proceso, privados de derechos elementales y utilizados como moneda política.

En una carta reciente, Davit Vardanyan, hijo de Rubén (exministro de Estado de Artsaj) y uno de los detenidos, lo expresó con una claridad imposible de ignorar: “La historia recordará a quienes exigieron justicia y a quienes guardaron silencio”. Frente a esa frase la pregunta es qué hace, o deja de hacer, el Estado armenio que asegura trabajar “en silencio” mientras sus ciudadanos siguen presos y el tiempo pasa. La llamada comunidad internacional también tiene parte de responsabilidad, de esto no hay duda.

Mientras la sociedad armenia permanece atrapada en estas disputas internas, Azerbaiyán fortalece sus posiciones, Turquía avanza con su agenda y actores externos reconfiguran el mapa geopolítico. Armenia, en cambio, sigue sin lograr imponer una voz propia en este escenario cada vez más complejo.

Nada de esto implica negar la necesidad de evitar una nueva guerra ni desconocer la fragilidad del momento histórico. No obstante, confundir paz con olvido, estabilidad con silencio y pragmatismo con renuncia es un camino peligroso. Armenia necesita un Estado armenio que defienda su soberanía sin borrar su memoria, una conducción política que negocie sin claudicar y una sociedad capaz de debatir su futuro sin miedo ni divisiones inducidas. De esa combinación depende la viabilidad de un verdadero proyecto nacional.

Pablo Kendikian
Director de Diario ARMENIA

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