Sepasdatsí Murad: el garante de la lucha permanente y la supervivencia colectiva

«Անցանք մենք ընդ հուր և ընդ ջուր, իսկ ես կ՛աւելցնեմ նաեւ ընդ արիւն… եւ նորէն կ՛երթանք դէպի հուր եւ արիւն…»
“Pasamos por fuego y agua; yo agrego también por sangre… y volveremos a ir հacia fuego y sangre…” (Inscripción que deja Murad en el monasterio de San Tadeo, 1904)
«Ես մահ չեմ ուզեր… Ազատութիւնը կ՛ուզեմ տեսնել»
“No quiero la muerte… quiero ver la libertad.”
Entre finales del siglo XIX y el derrumbe del mundo otomano, la resistencia armenia no fue una línea constante sino una sucesión de rupturas, recomienzos y catástrofes. Hubo fundadores, organizadores, estrategas y héroes de legendaria trayectoria. Pero existieron también figuras quizás menos visibles, aunque igualmente decisivas: como la de quienes impiden que la lucha se apague cuando todo parece perdido. Sepasdatsí Murad pertenece a esa estirpe. No inaugura la rebelión ni la clausura: la sostiene. En su vida se cruzan el fedaí clásico, la guerra entre imperios y el genocidio que inicia en 1915. Y en ese cruce Murad no es solo un combatiente, es la permanencia de una causa que se niega a morir.
El fedaí como institución
Si Arapó fue la irrupción, Hrair la conciencia estratégica y Serop Aghpiur la consolidación territorial, Sepasdatsí Murad es la transformación del fedaí en institución viva. Es el puente entre todos esos momentos. No se detiene, no se instala, no se convierte en funcionario de la lucha; sigue siendo siempre un combatiente sobre el camino.
Varantian lo define así cuando describe a los jefes de la segunda generación fedaí: «Ellos ya no eran sólo hombres de coraje, eran organizadores de regiones enteras». Murad es, quizá, el ejemplo más acabado.
No es el primero ni el más célebre. No es el mito solitario ni el caudillo romántico. Es el hombre que garantiza que la resistencia proyecte continuidad.
Rupen (Der Minasian), que conoció desde adentro esa generación, escribió: «Algunos abrían el camino; otros se quedaban para que el camino no se cerrara». Murad pertenecía a estos últimos.
Un hijo de las montañas
Murad Jrimian, apodado Sepasdatsí Murad, nació en 1874 en Govdun (igual que Goms - Vahan Papazian), una aldea armenia de la región de Sepasdia. Los Jrimian eran una familia de origen humilde, caracterizada por migrar con frecuencia entre localidades de la región. Zabel Iesaian, basándose en testimonios familiares, recuerda que el bisabuelo de Murad, Sarkis, había llegado desde Crimea y recorrido Rusia, el Cáucaso, Erzurum, Van y la planicie de Mush. «Murad parecía llevar esa geografía en la sangre», escribe.
Aprendió a leer y escribir en la escuela del pueblo, pero pronto, según Iesaian, «se llenó de repulsión por los maestros serviles, los Der-Totig, y buscó otra escuela: la montaña».
No permaneció mucho tiempo en el colegio de su pueblo. Por su carácter rebelde y amante de la libertad, siendo apenas un adolescente, abandonó la vida escolar y se dedicó al pastoreo. Amante de las montañas y hábil cazador, luchador, pastor, conocedor obsesivo de senderos, cañadas y bosques; Murad durmió en grietas de roca y atravesó ríos y barrancos durante años.

Iesaian lo resume con una frase clave: «Antes de ser fedaí, Murad fue un hombre de campo».
El paso a la lucha armada
La vida de Murad cambió bruscamente cuando, en una oportunidad, es atacado por turcos que intentan matarlo y robarle el ganado. Allí logró herir de muerte a uno de ellos y puso en fuga a los demás. La policía no consiguió arrestarlo y a cambio encarceló a su padre. Murad se vio obligado a entregarse para pactar un enroque. Fue encarcelado, pero por pocos meses porque era menor de edad. Lo liberaron, y fue expulsado de Sepasdia. Desde allí marchó hacia Constantinopla, donde trabajó de obrero en una fábrica y por las noches asistía a la escuela para alfabetizarse y adquirir instrucción básica.
Allí se afilia al partido Hnchakian, y acusado de haber participado en la manifestación organizada contra el patriarca Achëkian, es nuevamente arrestado. Esta vez, gracias a la intervención europea, lo destierran de Constantinopla junto con sus enguerner. Pasa por Egipto y Grecia, pero como ya no podía permanecer lejos de la patria parte para Tiflis, donde -como tantos de su generación- se vincula a la Federación Revolucionaria Armenia «Tashnagtsutiún». Allí se afilia a la FRA y es enviado a Gars para cruzar con el jump de Torkom hacia Sasún.
Rupen recuerda a la persona, y proyecta sobre varios enguerner y engueruhiner que dieron el ejemplo: «No eran intelectuales convertidos en guerrilleros; eran hombres del pueblo que habían llegado solos a la conclusión de que ya no se podía vivir así».
Con el cruce del jump de Torkom, en 1903, cuando se quedan sin víveres ni municiones, realiza la acción que lo lanza a la fama: rompe el cerco, evacúa a civiles hacia la planicie de Mush y luego se dirigen a Van en búsqueda de armamento. Varantian describe: «Ese día Murad mostró que el coraje sin pensamiento es inútil, y que el pensamiento sin coraje tampoco sirve».

De la guerrilla a la organización
Luego de su inicio como simple combatiente, en Mush y Sasún, junto a Hrair Tyójk y Kevork Chavush, su figura creció con una rapidez reveladora. No solo recibió allí su bautismo de fuego, sino que, por su fuerza física natural, su audacia en combate y su temple heroico, impuso respeto de inmediato. Pronto fue designado jefe de jump y, en la primavera de 1904, cuando se discutía el mando del segundo levantamiento de Sasún, se le ofreció la responsabilidad de comandante general. Su negativa, lejos de ser un gesto de modestia, fue una muestra de madurez política y sentido de la estrategia. Murad sostuvo que Antranig era el verdadero jefe y dejó para la historia aquella frase que lo retrata. Desde entonces, su nombre comenzó a ser leyenda, y esa autoridad moral se confirmó pocas semanas después, cuando, tras el fin del levantamiento y la célebre reunión de los fedaí en Ajtamar, rompió el cerco de las tropas turcas, capturó un barco enemigo y condujo a salvo hacia Persia tanto al pueblo como a los enguerner que lo seguían, en una de las operaciones más audaces de nuestra historia revolucionaria.
En los años siguientes combate en Siunik y Najicheván y organiza la autodefensa de unas cincuenta aldeas armenias en la región de Gaban.
Participa también del IV Ënthanur Yoghov de la FRA (Congreso General) en Viena, lo cual muestra que no es solo hombre de fusil, sino también de estructura política. Representando la voluntad (la voz) de los fedaí, fue decisiva su contribución durante todo el yoghov; y eso fortaleció la unidad interna del partido en los planos ideológico y político.
Entre Arapó y Antranig
En la genealogía de los fedaí cada nombre marca una etapa, una forma, un nivel distinto de la misma resistencia. Pero entre esas etapas se corre siempre el peligro del agotamiento, del desaliento y de la dispersión. Arapó rompió la pared psicológica, Hrair pensó la lucha, Serop Aghpiur consolidó territorios, Antranig la proyectó a escala nacional. Y Murad fue el que unió todo eso en el tiempo.
Varantian lo define con precisión: «Si se quita a Murad de esa cadena, la continuidad se vuelve frágil».

La guerra de imperios
Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, Murad ya es un cuadro político-militar completo. Va al frente como hombre de una organización más robusta. Desde Tiflis se integra al regimiento de voluntarios armenios comandado por Antranig, que combate en coordinación con el ejército ruso en el frente del Cáucaso.
Rupen recuerda el clima de esos meses: «Por primera vez, después de décadas de clandestinidad, nuestros hombres combatían con uniforme y banderas. Pero Murad desconfiaba: sabía que los imperios no tienen amigos, sólo intereses».
Participa en las campañas de Garín (Erzerum), Erzinga y Sarighamish. En esta última, el ejército otomano sufre una catástrofe histórica. Pero Murad no se deja llevar por la euforia, entiende que la derrota turca en el frente no significa la salvación de los armenios en el interior.
Iesaian escribe: «Mientras otros soñaban con mapas nuevos, Murad preguntaba: ‘¿Y nuestros pueblos?’».
Su función principal no es lanzarse a ataques frontales sino organizar corredores, proteger columnas de población, asegurar líneas de retirada. Para él, la guerra no es una cuestión de banderas sino de supervivencia nacional.

Sepastatsí Murad, Palajan, Marzbed
1915 es huir para seguir luchando: “Un armenio, una moneda de oro”
En marzo de 1915 Murad sabe que su nombre está en las listas. No espera. No discute. Desaparece hacia las montañas. Desde ese momento ya no comanda unidades armadas en sentido clásico, definitivamente comanda éxodos.
La maquinaria de deportación y exterminio de los Jóvenes Turcos ya está en marcha. Junto con Gaidzág Arakel lanza la operación que queda sintetizada en una fuerte y simple consigna: «Մէկ հայ, մէկ ոսկի» (“Un armenio, una moneda de oro”).
Así organizan grupos de búsqueda con el objetivo de salvar a aquellos armenios (especialmente niños y mujeres) turquificados o kurdificados. La lógica es pragmática: sobornar, comprar, corromper, negociar. Todo sirve si permite salvar a esas personas de las caravanas de la muerte.
Zabel Iesaian, que lo ve actuar de cerca, describe estas operaciones sin ningún tono épico. En sus páginas, Murad aparece entrando de noche a las aldeas, cambiando ropas, sacando niños de casas donde ya habían sido rebautizados, negociando con jefes tribales, sobornando gendarmes, pagando rescates con oro; moneda por moneda. Todo es cálculo, urgencia y silencio. Para Iesaian, la medida del éxito no es una posición tomada ni un enemigo abatido, sino un chico que logra cruzar una frontera, una mujer que sale de una caravana, una familia que vuelve a existir. «Para Murad, escribe, salvar una vida era la mayor de las victorias».
Varantian permite ver la dimensión más profunda de esa práctica. Describe que no se trata sólo de compasión ni de impulsos individuales, sino de una estrategia consciente de supervivencia nacional. Murad organiza una verdadera economía clandestina del rescate: redes, intermediarios, rutas, fondos, contactos en pueblos y ciudades. Cada operación es una ecuación frágil, porque si falla un guía, si alguien habla, si no llega el dinero, hay masacre. Cada caravana que llega a Persia o al Cáucaso es una derrota estratégica del genocida, aunque no figure en ningún parte militar.
Aquí no hay épica, hay logística, hay dinero, hay documentos falsos, hay sobornos, hay noches sin fuego, hay desvíos, hay marcha forzada, hay silencio. Y está el riesgo permanente de cargar no sólo con combatientes, sino con población civil; que ralentiza todo y vuelve cada movimiento infinitamente más peligroso.
Es el momento en que Murad se convierte en el ingeniero de la supervivencia colectiva.
Bakú, 1918
En ese año el Cáucaso es un espacio sin dueño. El Imperio ruso se derrumba tras la revolución, su ejército se desintegra y abandona el frente. Las viejas líneas de contención desaparecen de un día para otro. En ese vacío de poder, el Imperio otomano avanza hacia el este y se abre camino hacia Bakú y su petróleo. Pero no es el único actor en escena, en la región chocan intereses imperiales, proyectos revolucionarios y desesperaciones nacionales: armenios, tártaros musulmanes, bolcheviques, fuerzas nacionalistas locales y contingentes británicos.
Murad llega a Bakú junto a Sebuh. Va como defensor de una ciudad sitiada. Entre el 31 de julio y el 5 de agosto se libra una de las batallas más importantes del período. Las fuerzas armenias eran superadas militarmente, estaban mal abastecidas, políticamente aisladas. Murad organiza sectores, refuerza posiciones, asiste a los flancos débiles. Rupen escribe: «Era el tipo de hombre que aparece donde la línea se está por romper».
El 4 de agosto de 1918 es abatido en combate.
Lo que queda cuando un hombre así cae
La muerte de Murad no lo convierte inmediatamente en leyenda. No hay tiempo. El mundo armenio está en ruinas. Rupen lo escribió años después: «A algunos los recordamos porque simbolizan. A otros porque sostuvieron todo mientras los símbolos se construían».
No es el nombre más repetido, ni la estatua más alta, ni es un conocido rostro en los afiches. Pero si uno sigue la línea invisible que une el Mar Negro, Garín, Sepasdia, Sasún, Van, Siunik y Bakú, esa línea pasa una y otra vez por él.
Y quizás la reflexión más compartida por Zabel, Rupen, Varantian y otros contemporáneos como Nazaret Berberian, es que sin hombres como Murad la historia de la revolución armenia no habría tenido continuidad, sólo estallidos. Y el proceso de liberación nacional fue posible por su capacidad de vencer al tiempo, no sólo por los estallidos o momentos cruciales, sino cuando sobreviven el pueblo y su resistencia.
Murad cayó en Bakú, lejos de su Sepasdia natal y también de Sasún, lejos de las montañas que lo formaron. Pero cayó exactamente donde había vivido siempre, en el punto donde la lucha no podía detenerse.
Agustín Analian