“Yo o la guerra”, la temeraria consigna de Pashinyan para las elecciones de junio

26 de marzo de 2026

Pese al aceptable desempeño económico, la tensión social crece en Armenia y será protagonista de una campaña electoral, que tendrá al potencial acuerdo de paz con Azerbaiyán en el centro de la escena.

Desde hace más de dos años si hay algo que define los avances en el proceso de paz entre Armenia y Azerbaiyán es que el partido se juega al ritmo que impone Ilham Aliyev, con la amplitud y la profundidad que desean desde Bakú y con el libreto escrito en azerbaiyano y no en armenio.

Y esa responsabilidad recae pura y exclusivamente en el gobierno de Armenia y específicamente en el primer ministro Nikol Pashinyan, que ve en la firma de un tratado de paz con el belicoso vecino oriental, una garantía de que de una vez por todas se podrá vivir sin disparos en la frontera.

Seguramente, los sucesivos gobiernos ucranianos pensaron algo parecido sobre las ambiciones territoriales de Rusia cuando en 2014 las fuerzas del Kremlin se quedaron con el control total de la península de Crimea. Habían imaginado que con ese “logro” y la consecuente entrega de miles de kilómetros cuadrados de territorio soberano el fantasma de la guerra estaría alejado para siempre.

Eso duró hasta que el 24 de febrero de 2022 los incrédulos ucranianos se despertaron con los misiles rusos cayendo sobre Kiev. Toda comparación es odiosa, pero ciertamente, los gobiernos autócratas tienen un mismo patrón de comportamiento, sólo se detienen cuando se les planta bandera y una posición firme. Mientras tanto, avanzan y van por todo.

La elección del próximo 7 de junio en Armenia ya tomó como eje central del debate la disyuntiva de si el país se encamina o no hacia una nueva guerra. Por increíble que parezca, el espacio que delineó el escenario para semejante discusión pública es el propio gobierno, en declaraciones de Pashinyan, de Alen Simonyan, titular de la Asamblea Nacional y este miércoles 25 de parte de Rubén Rubinyan, vicepresidente de la Asamblea Nacional y representante especial del gobierno armenio en el diálogo bilateral con Turquía.

Hay que hacer realmente un esfuerzo importante para encontrar en el último siglo algún país que haya ido a elecciones ejecutivas instando a los ciudadanos a elegir si quieren ir o no a una guerra en los próximos seis meses.

Alentando el fantasma

Digámoslo, claramente: es de una gran irresponsabilidad la posición de Nikol Pashinyan, del gobierno y de sus representantes en el Congreso Nacional plantear el debate de la agenda pública para el próximo período de gobierno en esos términos.

“Las fuerzas que actúan desde la posición de revisión de la paz están preparando una nueva guerra en septiembre”, declaró Pashinyan, en el marco de una rueda de prensa el 19 de marzo. Así, el primer ministro disparó munición gruesa contra los partidos de la oposición que, en su visión miope de la política nacional, estarían cuestionando los acuerdos alcanzados con Azerbaiyán.

“Quiero decirlo sin rodeos, sin disimulo alguno: se trata de una guerra que implica la pérdida no solo del territorio, sino también de la soberanía de la República de Armenia”, disparó Pashinyan, en una declaración temeraria que hizo recordar a los exabruptos de Ilham Aliyev.

En el centro de la escena está el reclamo de Azerbaiyán de un cambio en la Constitución de Armenia, eliminando toda referencia a Artsaj, que Bakú considera una reivindicación territorial. El presidente Aliyev ya dijo en reiteradas ocasiones que la firma definitiva del tratado de paz sólo será posible si Armenia modifica su Constitución.

Desde Ereván argumentan tímidamente que ése es un asunto interno de Armenia y no aceptará condicionamientos, pero en la práctica ya los aceptó, desde el momento en que el tema constitucional entró en la agenda política y en el calendario electoral.

El minucioso plan azerí

Desde julio de 2020, cuando Azerbaiyán atacó a Armenia desde la frontera nororiental en la provincia de Tavush -casualmente una suerte de ensayo general similar al que Israel hizo con Irán en junio de 2025 para ajustar detalles antes de la actual guerra-, cumplió todos y cada uno de sus objetivos. Recordemos también que Israel proveyó cerca del 70% del armamento de última generación que Azerbaiyán utilizó contra los armenios de Artsaj, incluyendo drones de ataque, entonces un arma novedosa y hoy de uso corriente en los conflictos armados.

En septiembre de 2020 Azerbaiyán inició los ataques contra la República de Artsaj en la Guerra de los 44 días. Tras el cese del fuego comenzó la destrucción del patrimonio cultural armenio en Shushí y otras ciudades, y mantuvo cientos de prisioneros de guerra durante meses y años a pesar de lo establecido en el acuerdo tripartito entre Rusia, Armenia y Azerbaiyán del 9 de noviembre de 2020.

En mayo y setiembre de 2021 invadió territorio soberano armenio en Gagharkunik y Syunik, arguyendo que la frontera no estaba delimitada y no estaba claro por dónde pasaba el limite internacional. Al día de hoy sigue ocupando 241 km2 de territorio soberano armenio.

A fines de 2022 comenzó un bloqueo genocida contra lo que quedaba de Artsaj – otra similitud con la estrategia de Israel en Gaza- avanzó con el cerco a la población autóctona y extendió el bloqueo estricto por 10 meses hasta que se decidió a bombardear, incluyendo el uso de bombas racimo prohibidas por las convenciones internacionales, forzando la limpieza étnica de 120.000 armenios nativos de Artsaj.

Desde entonces, mantiene cautivos todavía a 19 prisioneros de guerra, incluyendo a la conducción política y militar armenia, secuestrada en el marco del éxodo forzado rumbo a Armenia en septiembre de 2023. Siguieron luego los falsos juicios y las duras condenas a esos dirigentes, con penas de hasta cadena perpetua para varios de ellos.

Azerbaiyán también buscó el levantamiento de las demandas armenias ante la Corte Penal Internacional -todavía siguen su curso- e impulsó el pedido de desmantelamiento del Grupo de Minsk de la Organización ara la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).

Finalmente, llegamos a la rúbrica del tratado de paz que venían negociando los dos países en conversaciones directas, cuando el presidente Donald Trump vio la oportunidad de meter una cuña cerca de Irán, a través de la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional (TRIPP). El acuerdo de paz se firmó en el Salón Oval de la Casa Blanca el pasado 8 de agosto, con las firmas de Trump, Pashinyan y Aliyev.

Sin cuestionamientos

En todos estos avances de Azerbaiyán el gobierno de Armenia cedió de manera casi completa y literalmente “retrocedió en chancletas”. Es obvio que la firma de un tratado de paz aceptando todas las exigencias de la otra parte, sólo puede socavar la autoestima nacional y generar las condiciones para nuevos reclamos azeríes en el futuro.

Si hay algo que los armenios aprendimos a lo largo de los siglos es que no se puede confiar en los turcos y más recientemente aprendimos a sangre y fuego lo mismo de los azeríes. Es que son dos países, y podríamos decir también dos pueblos, con una profunda armenofobia, arraigada a lo largo del tiempo y exacerbada al extremo en épocas en la que son o se sienten vencedores. La tolerancia y el respeto a los demás no está en su ADN.

En este escenario, Armenia no obtuvo ninguna de sus reivindicaciones en los últimos cinco o seis años y Pashinyan fue el ejecutor servil de la política de avance sobre Armenia que diseñaron los mandamases del eje Ankara-Bakú.

Nueva oportunidad

Bajo estas condiciones los armenios irán a las urnas dentro de 75 días. Las críticas del gobierno de Pashinyan apuntan a toda la oposición pero especialmente al expresidente (1998-2008) y actual candidato a primer ministro Robert Kocharyan por el frente electoral “Juntos Podemos”, que también integra la FRA.

Uno de los puntos de mayor fricción y que puede generar una situación disruptiva en la agenda regional, casi podría decirse un retroceso de varios casilleros en la agenda de paz con Azerbaiyán, es la cuestión de cómo se plantan los partidos de oposición frente al acuerdo de paz.

Kocharyan advirtió recientemente que un eventual cambio de gobierno no debería terminar solo con una derrota electoral del oficialismo, sino también con un proceso de rendición de cuentas. “Quienes son culpables de la muerte de miles de héroes, quienes entregaron Artsaj y hoy obligan al pueblo a olvidar la historia de su heroica lucha, deben rendir cuentas”, disparó.

Volviendo al comienzo de esta nota, la apelación de Pashinyan a “yo o la guerra” no hace más que someter a la población y a una nueva generación de jóvenes a la amenaza de un ataque turco-azerí como el de 2020-2023

Pero la estrategia temeraria es mucho más grave en un escenario de guerra en Irán, en la misma frontera con Armenia. Y todo porque, simplemente, Pashinyan pueda perder la elección y como es un incontinente verbal exacerba el instinto agresivo de Aliyev.

Carlos Boyadjian

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