Diego Iglesias en Ereván en el 111° aniversario del Genocidio Armenio: “La Causa Armenia es una causa justa, importante y relevante”

Diario ARMENIA acompañó en Ereván al periodista Diego Iglesias, invitado por el Consejo Nacional Armenio y por el propio medio, quien participó de los actos conmemorativos, de la Marcha de las Antorchas y se movió por la ciudad durante esos días.
Iglesias recorrió Ereván con una mirada atenta, registrando lo que iba pasando en una ciudad donde la memoria está muy presente y el contexto político también lo está. Tiene un perfil más bien reservado. No dice palabras de más. Observa, escucha y después lo pone en palabras.
Desde allí compartió sus impresiones en su programa radial diario Vamo a calmarno, en Radio con Vos, en el pase con Ernesto Tenembaum y a su regreso, en Infobae TV.
Esta entrevista retoma esa experiencia y busca reconstruir, desde su mirada, lo que se vivió en la capital armenia en esos pocos pero intensos días.

—¿Cómo te impactó llegar a Ereván?
—Ereván me pareció una ciudad muy linda, con muchos atractivos. Me llamó la atención que es muy occidental. Hay rasgos arquitectónicos que remiten a Asia Menor, pero cuando ves a la gente es difícil diferenciarla de cualquier ciudad de Occidente. La gente es amable, bien predispuesta. No noté nada extraño, más allá de esa buena onda en general.
—¿Qué te interesó más de la arquitectura?
—Lo soviético. No me pareció una ciudad moderna, aunque sí muy linda. Lo que más me interesó fueron esas reminiscencias soviéticas en las construcciones.
—Participaste de la Marcha de las Antorchas. ¿Cómo la viviste?
—Fue de lo que más me gustó del viaje. Me impactó la participación de la juventud y ese ritual que se repite todos los años. Esa marcha desde la Plaza de la República hasta el monumento me pareció algo muy vital, muy inspirador.

—¿Y el 24 de abril en Tsitsernakaberd?
—También es muy fuerte. Es parte de la memoria colectiva. Esa caminata durante todo el día, con ríos de gente de todas las edades entrando y saliendo, es muy significativa. Y el gesto de dejar una flor delante de esa llama eterna es muy potente. link
En ese recorrido, Diego Iglesias también visitó el Museo del Genocidio Armenio donde pudo el nivel de documentación reunida. Según señaló “lo que impacta es la cantidad de material y el grado de detalle: archivos, registros y documentos que no dejan margen para la duda sobre el carácter planificado del exterminio”, dijo.
—¿Cómo leés esa transmisión de la memoria?
—Es clave. Para que la memoria siga viva, las generaciones que vienen tienen que entender qué pasó. Mantener viva la memoria es también mantener viva la lucha. Por eso es importante que sea algo transgeneracional. Es importante entender cómo ocurrió: que no fue algo espontáneo, sino un proceso organizado, con deportaciones masivas y métodos de exterminio que, aunque distintos a los del nazismo, respondían a una lógica similar.
—¿Qué creés que todavía no se entiende del Genocidio Armenio y de lo que pasó después?
—Falta mucha difusión. Si la gente no sabe que hubo un genocidio, mucho menos va a entender lo que pasó en Artsaj. Eso también es importante, por los que tuvieron que irse y por los que murieron, pero el genocidio sigue siendo lo más relevante. Y además no fue reconocido, que es algo muy grave. Hay una necesidad de que se asuma la responsabilidad histórica. Cuando empezás a interiorizarte y a ver todo el material, entendés que fue un proceso planificado y sistemático, con documentos del propio Imperio Otomano que dan cuenta de eso. No hay lugar para relativizarlo.
—¿Hay una deuda en la forma de comunicarlo?
—Ahí es clave el rol de la diáspora. Sin ese empuje, el tema no estaría presente. Hay muchos temas en el mundo y es difícil instalar otros. Lo que hace la diáspora es fundamental.

—Estuviste frente al Ararat, en Khor Virap. ¿Qué te generó ese lugar?
—El Ararat es imponente, tiene mucha historia encima. Pero lo que más me interesó fue la historia del cristianismo armenio, su origen. Cómo surge esa religión y cómo Armenia se convierte en la primera nación en adoptarla como religión oficial. Esa génesis me pareció particularmente interesante.
—¿Cómo viste la convivencia entre tradición e identidad en Ereván?
—La identidad armenia está muy presente, es una cultura muy fuerte. Pero en Ereván también hay una occidentalización muy marcada. No parece una ciudad de Asia Menor en ese sentido.
—¿Hubo algo que te haya impactado especialmente?
—La Marcha de las Antorchas, sin duda. Fue lo más fuerte.
—¿Y el cementerio de los héroes?
—Muy impactante. Ver tumbas de chicos de 18, 19 años, sobre todo de la última guerra en Artsaj. Y ver a las madres ahí, limpiando, dejando flores. Es muy fuerte. Las fotos de los chicos en las tumbas… muchos tienen cara de nenes. Eso es tremendo.
—La gastronomía también aparece como parte de la experiencia.
—Sí, totalmente. Ahí la identidad está muy vigente. La comida es espectacular. El jingalov hats me encantó, pero en general toda la gastronomía me pareció muy buena.
En un momento de la charla, Iglesias lo resumió así: "la Causa Armenia es una causa justa, importante y relevante, que en algún momento tiene que tener el reconocimiento que se merece”.

A la conmemoración del Genocidio Armenio, que cada año convoca a cientos de miles de personas, se le sumó una agenda política y geopolítica que cambió el ritmo de la capital armenia. Durante los días en los que Diego Iglesias visitó Ereván, el tránsito se volvió caótico.
Calles cortadas, veredas levantadas, desvíos que cambiaban de un momento a otro. Los trabajos avanzaban contrarreloj. La ciudad se preparaba para recibir a líderes europeos en el marco de la 8ª Cumbre de la Comunidad Política Europea, prevista para el 4 de mayo, y la primera cumbre UE-Armenia, que se desarrollará entre el 4 y el 5 de mayo.
En paralelo, el 25 de abril, apenas un día después del duelo nacional, el gobierno celebró el llamado Día del Ciudadano con un clima festivo, con actividades en la Plaza de la República y la avenida Abovyan, con un gran escenario, artistas internacionales, luces y un despliegue técnico inusual para ese contexto. La iniciativa generó cuestionamientos por la fecha elegida y también por su utilización política en el marco de la campaña de cara a las elecciones del 7 de junio.
Ese clima no se expresaba de manera uniforme en la ciudad, pero estaba presente en señales dispersas: carteles, gestos, comentarios. La figura de Samvel Karapetyan aparecía en la cartelería, mientras el oficialismo sostenía su propia simbología color naranja hasta el hartazgo.
Al mismo tiempo, seguían abiertos temas más profundos: la situación de los armenios detenidos ilegalmente en Bakú, las denuncias sobre la destrucción del patrimonio en Artsaj –el territorio perdido que tanto pesa entre los armenios, aunque no en todos- las tensiones con la Iglesia Apostólica Armenia y un escenario interno donde se acumulan cuestionamientos sobre el rumbo político, el control de la justicia y el encarcelamiento de opositores.
Incluso la tradicional y conmovedora Marcha de las Antorchas organizada por la juventud de la FRA-Tashnagtsutiún tuvo repercusiones que excedieron la propia movilización. La quema de una bandera turca fue condenada por Azerbaiyán, que habló de “odio étnico” y reclamó que el gobierno armenio actuara. En línea, el primer ministro Nikol Pashinyan también salió a condenar el hecho y lo calificó como “irresponsable e inaceptable”.
Todo ocurría en simultáneo. La conmemoración, la política interna, la agenda internacional y la tensión regional a pocos kilómetros. Todo al mismo tiempo. En el medio, una ciudad que no se detenía, con tránsito complicado, con obras, con ruido. Aun así, de noche y de día, en medio del desorden, Ereván se veía hermosa. Los edificios públicos y los monumentos iluminados no tapaban lo que pasaba, pero tampoco lo ocultaban.
Pablo Kendikian