“Understanding Genocide Denial”: Un libro recopiló el análisis de decenas de expertos que analizaron el negacionismo del Genocidio Armenio

02 de mayo de 2026

El libro "Understanding Genocide Denial: Insights from the Armenian Genocide 110 Years Later" ("Entendiendo el negacionismo del genocidio: Reflexiones sobre el Genocidio Armenio 110 años después") reunió las conferencias del seminario internacional realizado en Oslo el 30 de octubre de 2025, con investigadores, juristas, psicólogos, activistas de derechos humanos y representantes armenios, para analizar las formas, consecuencias y continuidades del negacionismo del Genocidio Armenio a 110 años del crimen cometido por el Estado turco contra el pueblo armenio.

La publicación fue editada por Shabnam Eghbali y publicada por iCenas Forlag / Pannal.com, con el trabajo del comité organizador integrado por Ann Færden, Mariam Matevosyan, Narine H. Harutyunyan y la propia Eghbali. El volumen compila las intervenciones del encuentro “Understanding Genocide Denial: Insights from the Armenian Genocide 110 Years Later” y plantea desde el inicio una serie de preguntas centrales: cuáles son las consecuencias del negacionismo para los individuos y la sociedad, qué se requiere para alcanzar una reconciliación genuina, qué papel cumplen las definiciones jurídicas internacionales en la persecución penal y por qué el reconocimiento político, en particular por parte de Noruega, resulta relevante.

En el prólogo, Eghbali definió el libro como “una colección de las voces y reflexiones compartidas durante el seminario internacional celebrado en Oslo” y señaló que el objetivo fue documentar “las consecuencias del negacionismo del Genocidio de 1915” y buscar respuestas sobre “cómo aprender del pasado para proteger el futuro”. La editora sostuvo que el reconocimiento de las autoridades políticas es “crucial” y que la negación “inflige nuevos traumas a las víctimas”. El texto también aclara que las presentaciones fueron revisadas para que pudieran leerse de manera completa y coherente por fuera del contexto oral del seminario.

Ann Færden, organizadora principal, presentó el libro como un documento sobre “el trasfondo y las consecuencias de la negación del genocidio” y remarcó que el seminario buscó llevar las lecciones del Genocidio Armenio al presente. “La verdadera reconciliación no puede construirse sobre la negación”, afirmó Færden, quien también explicó que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Noruega fue invitado al seminario, no participó, y luego recibió a integrantes de la organización para escuchar los argumentos de los expositores. Según Færden, esa reunión “no cambió la postura” del ministerio sobre su negativa a reconocer los hechos de 1915 como genocidio.

El programa reunió, entre otros, al representante de la Embajada de Armenia en Estocolmo, Michael Margaryan; a Shabnam Eghbali y Odik Nikgol, descendientes de sobrevivientes; al historiador Taner Akçam, del Promise Armenian Institute de la Universidad de California en Los Ángeles; al sociólogo Joachim J. Savelsberg, de la Universidad de Minnesota; a Suren Manukyan, del Museo-Instituto del Genocidio Armenio; a la psicóloga Nora Sveaass, de la Universidad de Oslo; a la jurista Hanne Sophie Greve, exjueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos; al historiador Bård Larsen, del think tank Civita; a Ellen Emilie Stensrud, del Centro Noruego para Estudios del Holocausto y las Minorías; al psicólogo Khachatur Gasparyan, de la Universidad Estatal de Medicina de Ereván; y a Lene Wetteland, del Comité Helsinki Noruego. La contribución de Sigrun Marie Moss fue mencionada en el índice, aunque el libro aclara que no fue incluida porque estaba prevista para ser publicada más adelante en otro espacio.

En la apertura, Michael Margaryan vinculó la memoria del Genocidio Armenio con el desafío contemporáneo de prevenir nuevos crímenes masivos. “Desde mi propia nación, el trauma del Genocidio Armenio sigue siendo profundo”, sostuvo, y recordó que las historias de los bisabuelos forman parte de las primeras memorias familiares de los armenios. En su intervención, afirmó que más de un millón de armenios fueron asesinados sistemáticamente por el Imperio Otomano, con comunidades enteras expulsadas de sus hogares, sometidas a masacres y empujadas a los desiertos para morir de hambre y agotamiento.

Margaryan también señaló que la comunidad internacional no aprendió lo suficiente de los crímenes del siglo XX. Citó el caso de Ruanda, donde cerca de 800.000 tutsis fueron asesinados en 1994, y advirtió que la falta de respuesta temprana permitió la escalada de la violencia. “No parecemos haber aprendido la lección”, dijo. El diplomático recordó además que Armenia impulsó iniciativas ante Naciones Unidas vinculadas con la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, incluida la resolución que proclamó el 9 de diciembre como Día Internacional de Conmemoración y Dignidad de las Víctimas del Crimen de Genocidio y de la Prevención de este Crimen.

Uno de los ejes más fuertes del libro es el paso de la historia familiar al análisis político. Shabnam Eghbali compartió la historia de su abuela Tata, quien tenía ocho años cuando huyó de Armenia Occidental en abril de 1916. Según relató, su bisabuelo la dejó en Maku, una ciudad fronteriza de Irán, mientras regresaba a buscar a su esposa embarazada y al bebé recién nacido. Nunca volvió. El conocido al que había confiado a la niña la traicionó, y Tata quedó sola en la calle.

Eghbali leyó un fragmento de su libro A handful of soil from my ancestor’s land, en el que Tata recuerda su abandono: “Confundida, con la bolsa en mis brazos, me quedé al final del callejón. Era fines de abril, el cielo estaba nublado y el viento traía aire frío”. En la bolsa solo encontró ropa de bebé, una cruz, una Biblia heredada por su madre y una fotografía familiar. “Las lágrimas rodaron por mis mejillas”, dice el fragmento. La escena condensa una de las ideas centrales del volumen: el Genocidio Armenio no aparece únicamente como hecho histórico, sino como ruptura familiar, pérdida de genealogía y herida transmitida.

Eghbali explicó que creció escuchando las historias de su abuela, pero también observando su duelo, su añoranza, sus noches sin dormir y sus ataques de pánico. “Tenía dos sueños: encontrar a sus padres y familiares, y demandar a los otomanos”, dijo. Al no poder cumplirlos, esa responsabilidad pasó a sus descendientes. La escritora señaló que decidió escribir su historia familiar cuando su hijo le preguntó: “¿Por qué nuestro árbol genealógico es tan pequeño y delgado?”.

La autora describió el negacionismo como una experiencia física y psicológica. “Lo siento físicamente dentro de mí cuando las personas eligen negar el Genocidio Armenio”, afirmó. Según Eghbali, la negación crea dudas e incertidumbre incluso cuando los hechos son claros, hasta el punto de llevarla a buscar en internet, una y otra vez, para confirmar que el Genocidio Armenio ocurrió. “Las masacres terminan, pero las consecuencias violentas del genocidio permanecen”, sostuvo. “Para los descendientes, es una carga heredada, un sufrimiento que continúa hoy”.

La intervención de Odik Nikgol profundizó esa dimensión intergeneracional a partir de la historia de su padre, Hairapet, nacido en Edessa, actual Şanlıurfa o Urfa, en el sudeste de Turquía. Nikgol relató que, en 1915, su padre vio cómo milicias otomanas ejecutaron en el jardín familiar a su padre y a cuatro hermanos. “Los vio caer ante sus ojos, uno tras otro, decapitados frente al resto de la familia”, dice el texto. Dos de sus hermanas fueron secuestradas por nómades; su madre se suicidó poco después; su hermana menor murió en la intemperie cerca del río Éufrates; y él fue capturado y esclavizado.

Nikgol describió la mente de Hairapet como marcada por “miedo, desprecio, inseguridad y desesperación”. Según su relato, el miedo surgía de la necesidad de proteger a su esposa e hijos como familia armenia en tierra extranjera; el desprecio, de haber visto de niño la crueldad y la destrucción de su pueblo; la inseguridad, de comprobar que nadie ayudó a una nación sometida a hambre, violencia, secuestros, violaciones y decapitaciones; y la desesperación, de las imágenes que volvían una y otra vez. “No recuerdo cuentos de hadas de mi infancia. Solo recuerdo estas historias, grabadas profundamente en mi memoria como relatos de dolor y pérdida que nunca se desvanecerán”, afirmó.

La conferencia de Taner Akçam constituyó uno de los núcleos teóricos del libro. El historiador planteó la pregunta que, según dijo, le hacen desde hace más de 35 años: “¿Por qué los turcos niegan el Genocidio Armenio?”. Su respuesta fue una sola palabra: “continuidad”. Akçam sostuvo que el Estado turco moderno fue fundado por la misma fuerza política que organizó el Genocidio Armenio: el Comité de Unión y Progreso. “Una parte importante de sus fundadores participó directamente en el proceso de asesinato o se enriqueció mediante la confiscación de bienes armenios”, explicó.

Akçam identificó tres dimensiones centrales del negacionismo turco. La primera es una crisis psicológica e identitaria: si Turquía reconociera el Genocidio Armenio, debería convertir a sus héroes nacionales y padres fundadores en perpetradores. La segunda es el problema de la compensación y las reparaciones: “Sin compensación y justicia, el reconocimiento no tiene sentido”, afirmó. La tercera es la preocupación de seguridad nacional, basada en la idea de que reconocer el Genocidio Armenio podría abrir reclamos territoriales vinculados con Armenia Occidental.

Para Akçam, el negacionismo no nació después del Genocidio Armenio, sino que formó parte del plan desde el comienzo. El historiador explicó que las deportaciones y masacres fueron presentadas bajo la apariencia de una política “legal” de reasentamiento. “La negación del Genocidio Armenio no surgió después de los hechos: estuvo incorporada al plan mismo”, afirmó. Según su análisis, la separación entre el marco administrativo de la deportación y las operaciones de exterminio creó una “negación plausible” desde el inicio del crimen.

El historiador también sostuvo que el negacionismo funciona como estructura e institución. “La negación no es simplemente una posición ideológica respecto del pasado; es una estructura sistemática que continúa moldeando las políticas actuales”, dijo. En esa línea, comparó su funcionamiento con regímenes basados en discriminación y exclusión de minorías étnicas y religiosas. Para Akçam, la mentalidad que produjo el Genocidio Armenio siguió operando en la política turca hacia los kurdos, Armenia y los kurdos sirios.

Otro punto central de su exposición fue la construcción de “verdades alternativas”. Akçam explicó que el negacionismo no se limita a rechazar hechos establecidos, sino que produce sus propios documentos, testimonios y narrativas. “No se puede derrotar la negación únicamente en la academia colocando un documento contra otro”, advirtió. Según su planteo, la verdad histórica depende de documentos oficiales y testimonios de testigos, pero el negacionismo busca destruir, desacreditar o reemplazar ambos pilares.

Akçam desarrolló cinco momentos de silenciamiento histórico: la creación de hechos, la formación de archivos, la recuperación de esos hechos mediante narrativas, la producción de una historia nacional retrospectiva y, finalmente, la destrucción o descalificación de documentos críticos. En el caso otomano y turco, señaló la ausencia de archivos clave de la Teşkilat-ı Mahsusa, la Organización Especial que tuvo un papel central en el exterminio de los deportados armenios, y la desaparición de registros del Comité Central del Comité de Unión y Progreso.

Para ilustrar el mecanismo, Akçam mencionó el 24 de abril de 1915, fecha de la detención de unos 200 intelectuales armenios enviados a Çankırı y Ayaş. Según explicó, el consenso histórico sostiene que fueron asesinados, pero los archivos otomanos construyeron una versión según la cual algunos “escaparon”, fueron liberados o trasladados para ser juzgados. También citó el caso de Krikor Zohrab, intelectual armenio y diputado otomano asesinado camino a Diyarbakir. Según los testimonios, le aplastaron la cabeza con una piedra; según los documentos oficiales, murió de un ataque al corazón y fue enterrado con ritos armenios. “Si uno se apoya solo en estos documentos ‘oficiales’, estos se convierten en sus verdades”, afirmó.

Joachim J. Savelsberg abordó el conocimiento sobre el Genocidio Armenio como un proceso social. A diferencia de Akçam, que definió el negacionismo como estructura, Savelsberg propuso analizar el conocimiento como “una lucha constante entre negación, silenciamiento y reconocimiento”. El sociólogo mostró un mapa con la distribución geográfica del Genocidio Armenio, con puntos que indicaban centros de control, estaciones, y campos de concentración y aniquilamiento. “Esto representa la facticidad del Genocidio Armenio”, dijo, antes de aclarar que su foco no era la facticidad sino el modo en que las sociedades llegan a saber.

Savelsberg destacó que antes de 1988 solo dos países, Uruguay y Chipre, habían reconocido formalmente el Genocidio Armenio, mientras que entre 1988 y 2017 se sumaron otros 26. El dato, explicó, muestra dos fenómenos: un silencio de casi tres cuartos de siglo y un aumento casi exponencial de reconocimientos a partir de fines de la década de 1980. También comparó ese silencio con el proceso alemán de posguerra, en el que la sociedad tardó años en hablar abiertamente del Holocausto.

El sociólogo citó el caso del escritor Peter Balakian, ganador del Premio Pulitzer, para explicar el silencio dentro de las familias armenias. Cuando Balakian preguntaba por los rituales de su abuela, su madre respondía con evasivas. Según Savelsberg, en su casa no había mapas ni fotografías de Armenia, sino una ausencia física que reforzaba el silencio. Ese vacío doméstico, sostuvo, muestra cómo la historia armenia y el Genocidio Armenio podían quedar fuera de la socialización familiar, aun cuando estructuraban la identidad.

Savelsberg recurrió a Stanley Cohen para distinguir tres formas de negación: factual, cuando se afirma que el hecho no ocurrió; interpretativa, cuando se acepta que algo pasó pero se redefine como guerra civil u otra categoría; e implicatoria, cuando se reconocen hechos pero se niegan sus consecuencias morales o políticas. Luego señaló que el negacionismo también actúa en el espacio físico mediante el cambio de nombres de plazas, la reasignación de edificios armenios y la destrucción o abandono del patrimonio cultural armenio en Turquía.

El investigador también analizó los manuales escolares turcos y citó un texto que presenta la entrada otomana en la Primera Guerra Mundial como una oportunidad para los armenios y acusa a Rusia de incitarlos. A partir de esas fuentes, explicó, el relato oficial reduce las víctimas armenias a 300.000 muertos por “guerra y enfermedad” y, al mismo tiempo, afirma que armenios mataron a cientos de miles de turcos. “Esto es una inversión total de la verdad histórica”, sostuvo.

Frente a ese proceso, Savelsberg destacó la fuerza de los testimonios. Citó los registros de la misionera Carmelite Christie sobre masacres cerca de Yozgat: “Los muertos quedaron sin enterrar. Hablaron de una aldea de trescientos habitantes donde doscientos fueron masacrados”. También recordó entrevistas de J. Michael Hagopian conservadas en la USC Shoah Foundation, en las que se registraron 39 relatos de deportaciones, 29 de hambre y deshidratación, 25 de robos y 43 de masacres y asesinatos. Para Savelsberg, estos testimonios forman una “conocimiento sedimentado” que impide que la negación borre completamente la realidad.

Suren Manukyan, del Museo-Instituto del Genocidio Armenio, presentó el negacionismo como una política institucionalizada que se renueva cada año, especialmente en los mensajes oficiales turcos del 24 de abril. Según su análisis, esas declaraciones buscan “oscurecer la responsabilidad histórica, normalizar la impunidad e invertir los roles de víctimas y perpetradores”. Manukyan sostuvo que la negación “no es una posición estática, sino un proceso continuamente renovado” que moldea la conciencia pública, el comportamiento político y las relaciones entre grupos.

Manukyan ubicó las raíces del negacionismo en los años del propio Genocidio Armenio y su posguerra inmediata. Mencionó como texto fundacional la publicación otomana de 1916 The Aspirations and Revolutionary Activities of Armenian Committees before and after the Proclamation of the Constitution, compilada por el Ministerio del Interior otomano. Según el investigador, ese volumen ofreció conceptos que todavía se utilizan en la narrativa negacionista. También recordó que Mustafa Kemal, en su discurso conocido como Nutuk, construyó una narrativa nacional en la que los armenios y otras minorías quedaron borrados.

El expositor explicó que el silencio asumió formas distintas en Armenia soviética y en la diáspora. En Armenia soviética, el Genocidio Armenio fue un tema tabú por razones diplomáticas e ideológicas, mientras que en la diáspora también existió un silencio marcado por la necesidad de sobrevivir. “La prioridad inmediata no fue recordar, sino sobrevivir”, señaló. En muchas familias, recordó, se repetía la palabra “moratsir”, olvidar, porque las memorias traumáticas eran insoportables. Para Manukyan, el silencio no fue ausencia, sino una forma activa de presencia traumática sin lenguaje ni expresión pública.

El punto de inflexión llegó en 1965, con el 50º aniversario del Genocidio Armenio. Manukyan sostuvo que una nueva generación rompió la “conspiración de silencio”, impulsó movilizaciones en la Armenia soviética y favoreció la construcción de Tsitsernakaberd. En la diáspora, al mismo tiempo, surgieron centros de estudios armenios en universidades y nuevas formas de activismo que obligaron a reintroducir la cuestión armenia en la agenda internacional.

Manukyan también describió la construcción de una “industria del negacionismo”. Según explicó, el Estado turco respondió al aumento de la atención internacional con publicaciones selectivas, campañas de relaciones públicas y redes académicas financiadas o vinculadas a intereses estatales. Mencionó a Stanford Shaw, Heath Lowry y Justin McCarthy como figuras centrales de un revisionismo que presentó a los armenios como rebeldes desleales y exoneró a las autoridades turcas. Además, recordó el Artículo 301 del Código Penal turco, utilizado contra quienes aluden al Genocidio Armenio bajo la acusación de “insultar la turquedad”, y el caso del periodista armenio-turco Hrant Dink.

El investigador también incorporó a Azerbaiyán como actor de una política estatal de negación del Genocidio Armenio. Según Manukyan, los manuales escolares azerbaiyanos presentan a los armenios como agresores y fabrican relatos sobre supuestas atrocidades armenias contra turcos. “La negación del genocidio no es un acto pasivo de olvido; es una forma activa y continua de violencia”, afirmó. A esa práctica la describió como “violencia de memoria”, orientada contra el significado y el recuerdo de las víctimas.

En el plano de las consecuencias, Manukyan sostuvo que la negación bloquea justicia y reconciliación, borra narrativas, invierte la moral al convertir a las víctimas en “traidores” o “rebeldes”, y perpetúa el trauma. “La negación del genocidio no es el capítulo final de la historia, sino su continuación por otros medios”, afirmó. Para la sociedad perpetradora, dijo, la negación produce “corrosión moral colectiva”; para la comunidad víctima, genera tanto movilización como retraumatización, una forma de “segundo asesinato”.

Nora Sveaass abordó el negacionismo desde la psicología de las violaciones graves de derechos humanos. “La impunidad y la negación están entre las herramientas más efectivas para destruir la humanidad”, sostuvo. Según la psicóloga noruega, negar un crimen implica destruir a los seres humanos como sujetos de derechos, como ciudadanos y como portadores de una historia compartida. Citó a Ervin Staub para señalar que existe “una profunda necesidad de que nuestro dolor y sufrimiento, especialmente cuando nace de la injusticia, sea reconocido, conocido y respetado”.

Sveaass relacionó el negacionismo con la tortura y otras violaciones graves. Explicó que estos crímenes operan en contextos de desequilibrio absoluto de poder, ausencia de protección e imprevisibilidad. También sostuvo que una forma de quebrar a las personas consiste en desorientarlas y destruir su sentido de realidad. “Cuando una persona experimenta que una acción violenta es completamente negada por otros, se crea una perturbación profunda”, explicó. En esa línea, definió la negación como una táctica de poder empleada tanto en la escala de un genocidio como en una sala de interrogatorio.

La psicóloga distinguió varias formas de negación: la negación abierta, la presentación de crímenes como “daños colaterales”, la exclusión de ciertos crímenes de la agenda pública, la justificación de violaciones como actos necesarios y la reinterpretación de los hechos para distorsionar la experiencia de las víctimas. También afirmó que la negación y la impunidad impiden construir una historia común sobre qué ocurrió, quién fue responsable y cómo reparar los daños. En sus palabras, la negación deja a las víctimas en una “tierra de nadie histórica”.

Hanne Sophie Greve abordó la cuestión desde el derecho internacional. Partió de una idea central: la existencia de un crimen no depende del nombre que reciba. Citó Romeo y Julieta para explicar que “aquello que llamamos rosa, con cualquier otro nombre olería igual de dulce”, y sostuvo que cuando se descubre una especie nueva se le da un nombre, pero es su existencia la que la distingue. A partir de esa lógica, explicó que el Genocidio Armenio fue genocidio aunque la Convención de 1948 todavía no existiera en 1915.

Greve recordó que el 24 de mayo de 1915 Francia, Gran Bretaña y Rusia emitieron una declaración que condenó las masacres de armenios en Turquía como “crímenes contra la humanidad y la civilización”, por los cuales todos los miembros del gobierno turco y sus agentes serían responsables. También repasó el proceso de desarme de los armenios en el ejército otomano, su traslado a batallones de trabajo, las detenciones del 24 de abril y la ley de deportación hacia Siria como base del exterminio.

La jurista señaló que las estadísticas oficiales otomanas reconocieron 800.000 armenios asesinados entre 1915 y 1917-1918, mientras fuentes alemanas estimaron 1.500.000 y la Sociedad de las Naciones, un millón. Además, recordó que el Gran Visir Damat Ferid Pasha confesó oficialmente las masacres en la Conferencia de Paz de París. Los tribunales militares otomanos de 1919 y 1920, agregó, concluyeron que la dirigencia otomana tuvo la intención de exterminar físicamente al pueblo armenio.

Greve explicó que la falta de justicia posterior, incluido el fracaso de los procesos de Malta, expuso una brecha del derecho internacional. Esa impunidad influyó en Raphael Lemkin, quien elaboró primero las categorías de “barbarie” y “vandalismo” para describir la destrucción de un grupo y su patrimonio cultural, y luego acuñó en 1943 el término “genocidio”. “La experiencia armenia hizo que los conceptos de barbarie y vandalismo de Lemkin estuvieran intrínsecamente relacionados”, señaló el texto. Para Greve, el exterminio de los armenios en el Imperio Otomano cumple con la definición de genocidio tanto por la intención requerida como por los actos prohibidos.

Bård Larsen centró su intervención en la postura del gobierno noruego. Según el historiador, Noruega expresa simpatía por los armenios y reconoce que muchas personas fueron asesinadas durante la Primera Guerra Mundial, pero evita utilizar la palabra genocidio. Citó como ejemplo a Torbjørn Jagland, quien en la conmemoración del centenario en Ereván habló de “atrocidades y tragedias” pero no usó la “palabra con G”. También mencionó a Erna Solberg y Anniken Huitfeldt como parte de un patrón diplomático sostenido.

Larsen cuestionó cuatro argumentos recurrentes de la diplomacia noruega. El primero es la supuesta imposibilidad de aplicar retroactivamente el término genocidio. Para el historiador, esa posición es absurda: si una ley que castiga el asesinato entra en vigencia un día después de un homicidio, eso no significa que el hecho no haya sido asesinato. Además, recordó que el preámbulo de la Convención sobre Genocidio afirma que “en todos los períodos de la historia, el genocidio infligió grandes pérdidas a la humanidad”, lo que reconoce la existencia de genocidios previos a la norma.

El segundo argumento es la cautela jurídica. Larsen sostuvo que, aunque la persecución penal de un crimen puede enfrentar obstáculos probatorios, eso no borra la realidad histórica. El tercero es la idea de que usar el término genocidio dificulta el diálogo entre Turquía y Armenia. “Es muy difícil alcanzar reconciliación, paz o respeto cuando el perpetrador no admite el crimen”, afirmó. El cuarto argumento es que “corresponde a los historiadores decidir”, una postura que Larsen consideró ad hoc porque existe un consenso casi total entre especialistas relevantes sobre lo ocurrido.

Larsen también denunció la construcción política de una supuesta controversia. Según explicó, cuando los medios noruegos presentan el Genocidio Armenio como una “cuestión controvertida”, contribuyen a los objetivos de Turquía. “Al aceptar que es un debate, permitimos que los intereses políticos del perpetrador pesen más que los hechos establecidos de la historia”, sostuvo. En esa línea, advirtió sobre la instrumentalización de la historia por parte de Estados autoritarios y movimientos nacional-conservadores, desde Turquía hasta Rusia, Hungría, Polonia y Estados Unidos.

Ellen Stensrud conectó la negación con la prevención de genocidios. Sostuvo que suele pensarse la negación como algo posterior al crimen, pero que también ocurre antes y durante los procesos genocidas. “El Holocausto no empezó con Auschwitz”, recordó, para explicar que los genocidios se desarrollan gradualmente mediante discriminación, deshumanización, polarización, persecución y exterminio. La negación, advirtió, no es solo la fase final, sino una amenaza presente que impide detectar los factores de riesgo.

Stensrud repasó los fracasos internacionales en Ruanda y Srebrenica. En Ruanda, explicó, Estados Unidos y otros países occidentales evitaron utilizar la palabra genocidio para no asumir obligaciones de intervención. En Srebrenica, la ONU no protegió a los civiles de la llamada “zona segura”, y 8.000 hombres y niños fueron asesinados por fuerzas serbobosnias comandadas por Ratko Mladić. Esos fracasos dieron origen a la doctrina de la Responsabilidad de Proteger, aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2005, aunque su aplicación práctica quedó limitada por los intereses de las grandes potencias y el veto en el Consejo de Seguridad.

La investigadora propuso pasar de una “diplomacia de paz” a una “lente de prevención de atrocidades”. Según explicó, en situaciones con riesgo de genocidio, llevar simplemente a las partes a una mesa de negociación puede resultar insuficiente o incluso peligroso. Citó Myanmar como ejemplo de una situación que muchos actores occidentales prefirieron ver como “violencia intercomunitaria”, sin tomar en serio los riesgos de atrocidades masivas contra los rohingya. “La negación no siempre es algo que ocurre después de un genocidio; también ocurre antes y durante”, afirmó. “No se puede separar simplemente negación y prevención”.

Khachatur Gasparyan analizó la relación entre identidad armenia, trauma colectivo y negación. Recordó una pregunta de su director de tesis en la Universidad Estatal de Moscú M. Lomonosov: “¿Por qué los armenios tan a menudo se refieren al genocidio en las primeras frases de su presentación personal? ¿No hay nada más a través de lo cual se articule la identidad?”. Gasparyan sostuvo que esa pregunta marcó su trayectoria académica y lo llevó a comprender que, para los armenios, la identidad nacional está profundamente entrelazada con la experiencia histórica del Genocidio Armenio.

El psicólogo definió la negación como rechazo del hecho, minimización de su escala e intencionalidad, o falsa equivalencia que presenta los acontecimientos como mutuamente recíprocos o igualmente justificados. Según explicó, estas estrategias obligan a sobrevivientes y descendientes a reexperimentar el trauma, invalidan el sufrimiento e interrumpen los procesos de sanación, justicia y coexistencia. Citó además la frase atribuida a Adolf Hitler: “¿Quién habla hoy del aniquilamiento de los armenios?”, para mostrar cómo la impunidad puede hacer concebibles nuevos crímenes.

Gasparyan también habló de un “círculo vicioso de prueba”, por el cual los armenios son obligados una y otra vez a validar la realidad histórica del Genocidio Armenio. Esa exigencia, afirmó, genera una carga emocional sostenida y reactiva memorias traumáticas. En términos clínicos, la exposición al negacionismo puede asociarse con angustia psicológica, trastorno de estrés postraumático, duelo prolongado, síntomas depresivos y ansiedad. Sin embargo, también señaló que el trauma no conduce necesariamente a la patología: puede existir resiliencia, crecimiento postraumático y reconstrucción de valores.

En ese marco, Gasparyan otorgó un papel central al reconocimiento público. “Los actos simbólicos, como el reconocimiento oficial del Genocidio Armenio, tienen una profunda significación psicológica”, sostuvo. Para el investigador, ese reconocimiento valida la memoria colectiva, contribuye a la sanación y restaura dignidad. No se trata, según su enfoque, de un acto meramente político, sino de una condición vinculada con la identidad colectiva y la justicia moral.

Lene Wetteland, del Comité Helsinki Noruego, cerró el libro con una reflexión sobre impunidad, documentación y propaganda, a partir de su trabajo en bases de datos sobre Ucrania y el Cáucaso Norte. Comparó los registros sobre Chechenia y Ucrania y señaló que algunos oficiales rusos que cometieron atrocidades en Chechenia en los años 2000 aparecen vinculados con ataques contra objetivos civiles en Ucrania. “Porque la impunidad persiste, alimentada por la negación y la propaganda, los perpetradores del pasado se convierten en perpetradores del presente”, afirmó.

Wetteland sostuvo que la propaganda no busca necesariamente que la sociedad crea en una versión alternativa específica, sino que dude de todas. “Si logra hacerte dudar de todas las versiones, tuvo éxito”, explicó. En relación con el Genocidio Armenio, retomó el testimonio de Eghbali y señaló que el negacionismo es tan eficaz que incluso puede llevar a una descendiente a buscar en internet si el crimen realmente ocurrió. Esa duda inducida, afirmó, crea un paisaje en el que la verdad parece inalcanzable.

La activista también analizó el uso estratégico del trauma histórico. En el contexto armenio, sostuvo, el bloqueo y el hambre pueden ser usados por adversarios sabiendo que activarán memorias vinculadas con el Genocidio Armenio. Eso abre una discusión secundaria sobre si el hecho actual es genocidio u otro crimen, mientras las personas sufren por hambre y falta de medicamentos. Según Wetteland, esa trampa definicional puede paralizar a la comunidad internacional. También señaló que Turquía cuenta con recursos estatales, diplomáticos y militares muy superiores a los de Armenia para sostener una narrativa negacionista y agotar emocionalmente a los armenios.

Como respuesta, Wetteland propuso documentar desde el primer momento, preservar pruebas, trabajar con sanciones dirigidas y preparar casos bajo jurisdicción universal. “Hemos aprendido a estar preparados, a documentar, a preservar memorias y a estar listos cuando aparezca la ocasión adecuada”, afirmó. También mencionó que la película The Promise no fue proyectada en cines noruegos por protestas del gobierno turco y calificó ese hecho como una expresión de la “banalidad de la negación”.

El libro incluye además la correspondencia entre Armenere1915 y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Noruega. En su respuesta del 29 de octubre de 2025, el ministerio afirmó que el enfoque noruego sobre los hechos de 1915 “no cambió”, reconoció plenamente “los abusos” sufridos por el pueblo armenio, pero sostuvo que definirlos como genocidio plantea problemas porque ocurrieron antes de la Convención sobre Genocidio y antes de que el crimen fuera definido en el derecho internacional. También afirmó que se trata “primero y principalmente” de una tarea para historiadores y que lo más importante es promover el diálogo y la reconciliación en la región.

La publicación señala que, después del seminario, Armenere1915 pidió una reunión con el ministerio para compartir las perspectivas de los expertos internacionales. El encuentro se realizó el 12 de diciembre de 2025 con representantes de áreas vinculadas con Europa Oriental, derecho humanitario, paz y reconciliación. Según el libro, los organizadores insistieron en la importancia de un reconocimiento oficial del Genocidio Armenio, pero el ministerio mantuvo su posición.

El volumen también incorpora el debate público en Noruega y reproduce el contexto de una respuesta de la embajadora turca Gülin Dinç a una columna publicada en Aftenposten por el 110º aniversario del Genocidio Armenio. El libro describe ese texto como un ejemplo de “negación oficial”, en el que se reconoce que hubo sufrimiento pero se rechaza la responsabilidad jurídica y el término genocidio. Esa sección final funciona como cierre documental del eje central de la obra: el negacionismo no opera solo en los archivos, los manuales escolares o los tribunales, sino también en la diplomacia, los medios, el lenguaje público y las formas contemporáneas de administrar la memoria histórica.

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