Ricardo Djeredjian, el taxista armenio del spot mundialista de Quilmes: “El personaje era para mí”

Quilmes lanzó su nuevo spot mundialista para 2026, “CoRazones para creer”, una publicidad que vuelve a apoyarse en uno de los lugares preferidos de la marca: la ilusión argentina, la memoria deportiva, las hazañas imposibles y esa forma tan propia de creer incluso cuando la razón parece recomendar prudencia.
En el comercial aparecen figuras del deporte, de la música, del periodismo y de la cultura popular, pero entre ellas hay un personaje que empezó a llamar la atención por su manera de contar, exagerar, recordar y llevar el hilo de una parte de la historia: el taxista interpretado por Rufino Gallo.
En el taxi viajan los periodistas Morena Beltrán y Gastón Edul. Desde el asiento delantero, Rufino habla como si estuviera en una sobremesa o en una charla de café. “Ustedes eran muy chicos, pero en el 2000 hicimos retirar la 10”, dice en una de sus apariciones. Más adelante vuelve sobre el Mundial 86 y recuerda al Tata Brown: “No sé si ustedes son muy futboleros pero en el 86 el Tata se hizo un agujerito en la remera con el dedo índice”. Morena lo corrige: “En realidad era con el pulgar, jefe”. En otro momento, el taxista lanza: “Pekerman en los 90 venía de ser tachero, ojo, eh”. Edul le retruca: “¿Cómo se ve manejando a los juveniles, maestro?”. Y Rufino, revoleando los ojos, responde: “Dame una oportunidad”.
Para quien escribe estas líneas, y lo conoce desde hace años, resulta difícil separar del todo al personaje del taxista de la propia manera de ser de Rufino Gallo. Hay algo ahí que le pertenece: la voz, los gestos, la facilidad para contar una historia como si acabara de ocurrir, aunque venga de muy lejos. En el spot no parece forzado. Al contrario, da la impresión de que el personaje encontró en él a alguien que ya tenía ese tono, esa gracia y esa forma tan suya de convertir cualquier relato en una pequeña escena.

Detrás de Rufino Gallo está Ricardo Simón Djeredjian, actor, hombre de radio, doblaje, humor, música y publicidad. Tiene 65 años, aunque su seudónimo artístico nació en los años 90, cuando entendió que su nombre y apellido podían jugarle en contra en un medio donde muchas veces un nombre también funciona como carta de presentación. Buscó entonces un seudónimo. “Para laburar, es como una herramienta”, dice a Diario ARMENIA en referencia al nombre artístico. Pero con el tiempo esa herramienta se volvió también una máscara, una marca y una forma de entrar en escena. Rufino Gallo no reemplazó a Ricardo Djeredjian: lo acompañó. Le dio un nombre de combate para moverse en el mundo del espectáculo, ese territorio donde a veces hay que inventarse un modo de ser visto.
Cuando vio el personaje del taxista, sintió que había algo hecho a su medida. Lo imaginó rockero, un poco hippie, futbolero, con calle y con una autoridad de esas que no necesitan demasiada explicación. Un tipo de boina, barba, pelo largo, chaleco, botas, historias encima. “El personaje era para mí”, resume. No porque fuera fácil, sino porque había una cercanía natural entre lo que pedía el papel y su propia forma de estar en el mundo: extrovertido, histriónico, inquieto, con una necesidad casi física de no aburrirse nunca.
Esa cercanía con el personaje tampoco aparece de la nada. Además de su recorrido por la radio, el doblaje, la publicidad y el humor, Ricardo canta en una banda de covers llamada Los Rufianes, con la que se presenta en pubs porteños y del Gran Buenos Aires. Hay algo de ese mundo, la noche, la música, el escenario chico, la complicidad con el público, que también parece filtrarse en el taxista del spot. La forma de entrar a escena, de mirar, de exagerar apenas, de esperar el remate y de sostener el clima tiene mucho de actor, pero también de músico acostumbrado a medir la energía de quienes tiene enfrente.
También le gustaba manejar y eso ayudó: “Me encantó ser tachero”, dice, al punto de bromear con que ahora quiere comprarse un taxi cuando cobre la publicidad. Pero detrás del humor aparece algo más serio: el trabajo actoral. El rodaje, cuenta, fue exigente. No alcanzaba con subirse al auto y hablar. Había que responder a la cámara, a las posiciones, a la letra, al director, a los asistentes, a las manos, a los tiempos y a cada detalle de una maquinaria publicitaria de alto impacto. Para él fue un ejercicio de actuación extremo, de esos que obligan a recordar que incluso el personaje más espontáneo necesita precisión.
Rufino se mueve cómodo en ese terreno porque viene de una larga relación con la voz, la radio, el doblaje y el humor. Participó en trabajos vinculados a Patoruzito, Boogie el aceitoso, Isidoro, Dibu y otros proyectos animados. También pasó por la radio, por el humor nocturno, por el mundo del doblaje y por programas que marcaron una época. Trabajó con Fernando Peña en El Parquímetro, un programa emblemático de la FM porteña. Llegó allí después de una experiencia previa en la trasnoche con amigos, en un programa llamado After Hours, donde había personajes, telenovelas, reportajes, separadores y una libertad propia de la radio cuando todavía la madrugada permitía jugar. Luego vino Peña, y con él otra escuela: la del vértigo, la improvisación, el personaje llevado al límite y esa primera división de la radio donde, como dice Rufino, jugar era una gloria.
A esa lista suma trabajos con Raúl Portal, experiencias en televisión, humor, publicidad, cine y doblaje. Todo eso, dice, va a parar a un “almacén de los recuerdos”. Lo imagina como un ropero grande, ordenado por años, guardado en la cabeza. “Uno no es quien es sino por la suma de las cosas que hizo o sintió”, dice. Allí están los personajes, las voces, los gestos, las músicas, las noches de radio, las películas, los maestros, los compañeros, los errores y los hallazgos. Cada nuevo trabajo le permite abrir ese ropero y elegir: esta ropa, aquel sombrero, este bigote, esta barba, estos anteojos, esta forma de hablar.

Hay, además, una historia de origen en esa forma de asociar, exagerar y jugar con las palabras. Ricardo es mellizo de Jorge, quien durante años le siguió el tren de esos delirios, o de esas locuras, como él mismo podría decir, en una retroalimentación permanente. Tal vez ahí también se fue entrenando esa gimnasia verbal que hoy aparece en sus personajes: una frase lleva a otra, una imagen abre otra escena y la conversación nunca se queda quieta.
En ese mundo de voces, máscaras y memoria aparece también su identidad armenia. Ricardo Djeredjian habla de lo armenio no como un dato externo, sino como una presencia constante. Se reconoce hijo, nieto y bisnieto de armenios que llegaron hace más de cien años y que, desde la diáspora, mantuvieron viva una pertenencia. “Estar pensando en Armenia es una constante”, dice. Para él, la diáspora se hizo fuerte afuera a fuerza de trabajo, de esfuerzo y de jornadas interminables. Y en ese recorrido siente una responsabilidad: levantar la bandera y decir “aquí estoy”.
“Somos todos uno”, afirma. Habla de los armenios, pero también de los hijos y nietos de inmigrantes que llegaron a la Argentina desde distintas heridas: italianos, españoles, familias marcadas por guerras, desarraigos y reconstrucciones. En su mirada, todo eso se mezcla con los habitantes originarios del país y forma una comunidad más grande, una especie de grupo inoxidable, hecho de memoria, supervivencia y convivencia.
Cuando recuerda su armenidad, aparecen imágenes de tribu. El timbre que suena y entran cuarenta parientes armenios. El ruido, la comida, las voces superpuestas, la alegría, la familia como una invasión amorosa. “Es inolvidable e inoxidable”, dice.
En esa memoria hay también una manera de mirar el mundo. Para Rufino, la armenidad implica ver un poco más allá, no quedarse en el árbol sino mirar el bosque completo. Tal vez por eso sus respuestas van y vienen entre el humor, la filosofía, el recuerdo familiar, el cine, la radio, los actores, los sueños y el deseo. Habla como actúa: asociando imágenes, saltando de una escena a otra, buscando siempre una energía que mantenga viva la conversación.

“Lo social no me permite envejecer”, dice en un momento. A continuación una frase, que podría parecer una ocurrencia al pasar, lo define bastante. Para él, bailar, cantar, charlar, salir, encontrarse y reír funcionan como medicina. También habla del deseo como una fuerza universal: sin deseo, no hacemos nada. El deseo, dice, puede romper la prisión cómoda de quienes se quedan detrás de un muro repitiendo que no se puede. Por eso insiste en vivir con “mochila liviana”, estar presente y no tomarse todo con tanta gravedad.
La voz, para él, tampoco viene sola. Es un instrumento, pero no separado del cuerpo, de la emoción ni de la inteligencia. Se trabaja desde el cerebro y desde el corazón. Tiene que ir junto a la expresión corporal, al campo magnético, a la capacidad de sostener una charla o una escena sin que caiga. Quizás por eso el taxista del spot funciona: porque no es solo una voz diciendo frases. Es un cuerpo entero contando una historia, con sus gestos, sus silencios, sus ojos, su forma de mirar por el espejo y su modo de exagerar lo justo para que la exageración parezca verdad.
En Rufino Gallo hay algo de todo eso: oficio, calle, radio, doblaje, humor popular, música, memoria futbolera, tradición argentina y una armenidad llena de escenas familiares. El spot de Quilmes lo puso ahora frente a un público masivo, pero el personaje venía construyéndose desde mucho antes. Venía de los castings, de la trasnoche, de la radio, de Marrone, de Peña, de las películas animadas, de los pubs con Los Rufianes, de los diálogos delirantes con Jorge, de los parientes armenios entrando de a cuarenta, de la risa como defensa y del deseo como motor.
Por eso, cuando aparece en el taxi y les habla a Morena Beltrán y Gastón Edul, algo resulta creíble porque Rufino Gallo maneja el taxi del comercial, pero Ricardo Simón Djeredjian maneja algo más difícil: una forma propia de convertir la memoria, el humor y la identidad en personaje.
Pablo Kendikian
¡Cheeeeee!
Cuando Ricardo Djeredjian habla de sus admirados, no arma una lista prolija. Abre una genealogía afectiva del humor popular. Su gran mentor, dice, fue José “Pepe” Marrone. “Marrone me hizo conocer la libertad, el poder de la risa, el poder de no tomarse la vida tan en serio”, cuenta. En Marrone encuentra una medicina contra la solemnidad, una forma de entender que la risa también puede ser una filosofía. Recuerda además a Pepe Arias y aquella anécdota casi absurda, tan propia del mundo del espectáculo popular: el propio Arias participando de un concurso de imitadores de Pepe Arias y saliendo tercero.
Después aparecen muchos más: Alfredo Barbieri, Don Pelele, Alfredo Casero, Capusotto, Vittorio Gassman, Nino Manfredi, Lando Buzzanca, Alberto Sordi, Tristán, Olmedo, Porcel, Ernesto Bianco, Luis Brandoni y Ricardo Darín. Los nombra como quien revisa un álbum propio. No son citas cultas ni referencias decorativas: son materiales de trabajo. Voces, cuerpos, tonos, gestos, maneras de entrar y salir de una escena. De Darín dice que puede hacer cualquier personaje y hacerlos todos bien. Y enseguida le agrega una humorada de las suyas: “Es un actor entero, como Las Tres Niñas”, en referencia a la vieja marca de leche.