Una República que nació de la voluntad de sobrevivir

Cuando casi todo parecía perdido Armenia volvió a tener Estado a partir del 28 de mayo de 1918. La Armenia occidental había sido vaciada por el Genocidio en curso, el frente ruso se había derrumbado, miles de refugiados y huérfanos se acumulaban en el Cáucaso y el ejército otomano avanzaba hacia Ereván. En ese contexto extremo, las victorias de Sardarabad, Pash Aparán y Gharakilisé abrieron el camino a la proclamación de la República de Armenia.
La independencia de Armenia llegó después de siglos de dominación extranjera y mientras se desarrollaba el Genocidio Armenio. Las deportaciones, las masacres, el éxodo y la concentración de sobrevivientes en la Armenia oriental habían colocado al pueblo armenio frente al riesgo de desaparecer. El Imperio Otomano, derrotado en otros frentes de la Primera Guerra Mundial, avanzaba en el Cáucaso con el objetivo de completar su proyecto panturquista.
En mayo de 1918, Ereván estaba en peligro. La retirada rusa tras la revolución de 1917 y el Tratado de Brest-Litovsk había dejado a los armenios prácticamente solos. La efímera Federación Democrática de Transcaucasia, integrada por armenios, georgianos y azerbaiyanos, se desintegró rápidamente. Frente al avance turco, la supervivencia armenia dependía de la organización militar, la movilización popular y la capacidad política de unir fuerzas en medio del derrumbe.

El punto de inflexión fueron las batallas de Sardarabad, Pash Aparán y Gharakilisé. Allí se decidió mucho más que el control de un territorio. Se decidió si el pueblo armenio tendría la posibilidad de seguir existiendo políticamente en su tierra histórica oriental.
En Sardarabad, las fuerzas armenias lograron detener el avance otomano hacia Ereván, a pocos kilómetros. En Pash Aparán, bajo la conducción de Tro, se frenó otra línea ofensiva. En Gharakilisé, la resistencia armenia liderada por Nshteh (Karekin Njteh) volvió a demostrar que, aun en condiciones materiales adversas, la resistencia armenia todavía podía impedir el colapso total. Soldados, campesinos, voluntarios, religiosos, intelectuales, mujeres y jóvenes participaron de una movilización que excedió lo estrictamente militar.
Aquellas jornadas no pueden entenderse sin la figura de Aram Manukian. Nacido como Sargis Hovhannisian, formado en la tradición política de la Federación Revolucionaria Armenia - Tashnagtsutiún, Manukian ya había desempeñado un papel fundamental en la autodefensa de Van en 1915. En 1918, enviado a Ereván con amplios poderes, se convirtió en el articulador de la defensa, la organización interna y la movilización nacional.
Su grandeza política consistió en comprender que la resistencia necesitaba unidad. En torno a esa urgencia logró reunir a sectores sociales, militares y políticos diversos. Aram Manukian encarnó una conducción sobria y decisiva. Su tarea, además de arengar a un pueblo amenazado, le dio estructura, disciplina y dirección a una voluntad colectiva.

El triunfo armenio en mayo de 1918 permitió la proclamación de la independencia. El 28 de mayo, el Consejo Nacional Armenio declaró la creación de la República de Armenia. Después de siglos sin Estado propio, los armenios volvían a tener una entidad política soberana. La nueva República nació rodeada de enemigos, desbordada por una crisis humanitaria sin precedentes y casi sin recursos. Fue la expresión política de un pueblo que había sobrevivido al intento de aniquilación.
La República de Armenia tuvo que construir instituciones en condiciones dramáticas. Su primer ministro, Hovhannes Kachaznuni, describió aquel escenario como un país levantado entre ruinas y caos, y no era una exageración. Armenia carecía de estructuras estatales consolidadas, enfrentaba hambre, epidemias, falta de recursos, comunicaciones precarias y la presencia de cientos de miles de refugiados y huérfanos.
El nuevo gobierno tuvo que transformar la emergencia en administración. Había que organizar ministerios, garantizar el orden interno, asistir a los desplazados, contener enfermedades, sostener un ejército, establecer vínculos diplomáticos, crear escuelas y darle forma institucional a una República que nacía sin tiempo para prepararse.
La conducción política recayó principalmente en la FRA - Tashnagtsutiún, protagonista central de la gesta independentista. Sin embargo, el desafío excedía cualquier frontera partidaria. Kajaznuni encabezó el primer gobierno; Alexander Khatisian asumió responsabilidades diplomáticas; Aram Manukian ocupó el Ministerio del Interior, desde donde tuvo un papel decisivo en la construcción del orden administrativo, la seguridad interna, las comunicaciones y las primeras bases del nuevo Estado.
En apenas dos años y medio la República construyó instituciones parlamentarias, se impulsó un Poder Judicial, se adoptaron símbolos nacionales, se fundó la Universidad Estatal de Ereván y se reconoció el derecho de las mujeres a votar y ser elegidas. En una región marcada por imperios, guerras y desplazamientos masivos, la Armenia de 1918 construyó una experiencia democrática modelo.
Ese aspecto suele quedar opacado por la épica de Sardarabad, pero resulta esencial para comprender el legado del 28 de Mayo. Allí se definieron símbolos, instituciones, ciudadanía, educación, representación y diplomacia. La bandera tricolor, el escudo nacional, el himno, la idea de una Armenia independiente y la experiencia de autogobierno sobrevivieron incluso después de la caída de la República.

Mientras el país enfrentaba hambre, epidemias y amenazas militares, en 1919 se proclamó la Armenia unida que fue la expresión de una voluntad nacional que pretendía representar tanto a los armenios orientales como a los sobrevivientes de las provincias armenias del Imperio Otomano.
Las delegaciones armenias en París, con diferencias de enfoque y alcance, buscaron que las potencias reconocieran los derechos históricos del pueblo armenio. Ese camino desembocó en el Tratado de Sévres de 1920, que contemplaba una Armenia con una extensión territorial muy superior a la que finalmente pudo sostenerse.
Sévres no se cumplió por la nueva correlación de fuerzas: el avance kemalista desde Turquía y la presión bolchevique desde el norte, y desde el propio país, sellaron el destino de la República. Armenia se hallaba a merced de Turquía y Rusia. Europa se mantenía independiente, como recuerda Ashot Artzruní en su Historia del Pueblo Armenio. En diciembre de 1920, Armenia quedó bajo un régimen soviético bolchevique. La experiencia independiente quedó terminada, la FRA fue perseguida y muchos de sus dirigentes fueron asesinados, encarcelados y otros partieron al exilio.
Sin embargo, la caída política de la República no borró su legado. Durante las décadas soviéticas y en la diáspora, el 28 de Mayo siguió siendo una fecha de afirmación nacional. Para las comunidades armenias dispersas por el mundo, la República de 1918 representó la prueba de que la soberanía armenia no era una consigna nostálgica, al contrario.
Es por eso que cuando Armenia recuperó su independencia en 1991, no partió de cero. Retomó símbolos, memorias y aspiraciones que ya habían sido formuladas en 1918. Aquella República duró poco pero dejó su huella. Su existencia permitió que la idea de independencia sobreviviera en la conciencia nacional armenia durante el Siglo XX.
Hoy, tras la guerra de 2020, la limpieza étnica de Artsaj en 2023, la expulsión de su población armenia, la existencia de prisioneros armenios en Bakú y las presiones persistentes de Azerbaiyán y Turquía, la gesta de 1918 adquiere una resonancia particular, sabiendo, claro, que las condiciones no son idénticas.
Sardarabad fue una decisión colectiva de no desaparecer. Aram Manukian fue la expresión de una política capaz de reunir fuerzas, ordenar prioridades y accionar. La República fue la demostración de que incluso en medio del hambre, el exilio y la devastación, un pueblo puede recuperarse con un buen liderazgo.
La coyuntura actual vuelve a enfrentar al pueblo armenio con dilemas que parecían pertenecer al pasado. La guerra de los 44 días, la pérdida de Artsaj, el éxodo forzado de su población, los prisioneros armenios en Bakú y las amenazas sobre Syunik son alertas que impiden que el 28 de Mayo sea leído como un recuerdo distante.
A 108 años de aquel heroico 28 de mayo, la memoria de Sardarabad, Pash Aparán y Gharakilisé conserva intacta su fuerza. Nos recuerda que la independencia fue una responsabilidad asumida en la hora más difícil del pueblo armenio, con organización, unidad y voluntad política. El presente nos convoca, desde la diáspora, a pensar esa herencia con seriedad: a fortalecer nuestras instituciones, sostener la memoria y no desentendernos del destino de Armenia.
Diario ARMENIA