“Era el peor lugar que se puede imaginar”: Vicken Euljekjian relató sus 1.891 días en cautiverio en Azerbaiyán

El ciudadano armenio-libanés Vicken Euljekjian, liberado el 14 de enero de 2026 tras permanecer 1.891 días detenido en Azerbaiyán, relató en una entrevista con el medio Blankspot, publicada el 14 de junio por el periodista Rasmus Canbäck, las condiciones de su cautiverio en Bakú y en la prisión de Gobustán, donde pasó años en aislamiento, luego de ser capturado tras la guerra de 2020 en la República de Artsaj (Nagorno Karabaj).
El 9 de noviembre de 2020, cuando se anunció el fin de la guerra en Artsaj, Euljekjian estaba en Ereván, la capital de Armenia. Su casa, ubicada cerca de la ciudad de Shushí (rebautizada como Shusha tras la ocupación de Azerbaiyán), quedó en una zona que estaba por pasar bajo control azerbaiyano. Según contó, creyó que tenía plazo hasta el 1º de diciembre para retirar sus pertenencias.
Euljekjian regresó al lugar junto a su amiga Maral para intentar recuperar la mayor cantidad posible de objetos personales. Sin embargo, la zona donde estaba su vivienda no estaba incluida en ese cronograma. Ambos fueron detenidos por soldados azerbaiyanos y separados poco después.
“Primero me golpearon en la oreja derecha. Después en la nuca. Los golpes fueron tan fuertes que los oídos me empezaron a zumbar”, recordó Euljekjian.
Según relató, recién más tarde comprendió que estaba detenido en un centro de reclusión en Bakú, la capital de Azerbaiyán.
“Desde entonces tengo problemas de audición. Perdí entre el 40% y el 50% de la audición en ambos oídos. La columna me quedó tan dañada que ahora necesito un soporte alrededor del cuello para mantener la cabeza erguida”, afirmó.
La entrevista fue realizada en un café de Ereván. Euljekjian estuvo acompañado por dos amigos de la infancia llegados desde Líbano para apoyarlo. Durante la conversación, se inclinó hacia adelante tanto como se lo permitió el cuello ortopédico para poder escuchar las preguntas y las repitió para confirmar que las había entendido.
En la etapa final de su encarcelamiento, Euljekjian quedó confinado a una silla de ruedas. Aunque ya no la necesita, todavía tiene dificultades para moverse con rapidez.
Euljekjian, de 46 años, se había trasladado a Artsaj en 2018 para iniciar un negocio propio. Fue liberado el 14 de enero de 2026, después de pasar cinco años y dos meses bajo custodia azerbaiyana. Su amiga Maral fue liberada pocos meses después de la detención.
Actualmente, su tratamiento médico se financia con donaciones, ayuda de amigos y apoyo de un partido político opositor.
“Hay mucho y muy poco para decir sobre mi tiempo en Azerbaiyán”, sostuvo Euljekjian.
De acuerdo con su testimonio, la vida en prisión fue monótona y los días se parecían entre sí. Los recuerdos más nítidos corresponden a los primeros siete meses de cautiverio, cuando esperaba el juicio en un centro de detención del Servicio de Seguridad del Estado en Bakú, cerca de las Torres Flame.
“Durante unos 20 días, la Cruz Roja logró que compartiera una celda con otro prisionero armenio. Fue la única vez en todos esos años en que no estuve solo. Había empezado a alucinar. Veía a mi madre en sueños. Pero no duró mucho”, contó.
Según Euljekjian, ese período terminó porque los investigadores azerbaiyanos comenzaron a tratarlo como “terrorista libanés”.
“Cuando me capturaron, les di mi pasaporte armenio. De alguna manera investigaron mis antecedentes y descubrieron que era de Líbano. Lo confirmé. Entonces me dijeron que me acusarían como mercenario libanés”, explicó.
Euljekjian dijo que intentó explicar que su familia descendía de sobrevivientes del Genocidio Armenio.
“Les dije: ‘Soy armenio de sangre. Mis abuelos sobrevivieron al genocidio de 1915’”, recordó.
Según la nota de Blankspot, actualmente hay más de 250 presos políticos en Azerbaiyán, aunque los detenidos armenios rara vez aparecen incluidos en esos recuentos. El medio señaló que se estima que 19 armenios permanecen bajo custodia azerbaiyana.
Euljekjian sostuvo que el investigador le respondió que nunca había visto un pasaporte armenio.
“Se lo había entregado unos minutos antes. Estaba sobre el escritorio, frente a él. Pero repitió que nunca lo había visto y lo guardó en una caja fuerte. Fue como si el pasaporte hubiera sido borrado de la existencia”, afirmó.
Poco después, dijo que supo que las autoridades querían filmar un video para presentarlo como mercenario extranjero. Como comprendía turco, idioma cercano al azerbaiyano, pudo entender buena parte de lo que se decía.
“Me acusaron de recibir 2.500 dólares por mes del Gobierno armenio. En ese momento me rendí. Les dije: ‘Está bien, hagan lo que quieran’. Entendí que no estaban interesados en la verdad”, declaró.
Durante el juicio, intentó defenderse.
“Pero se sintió como si el veredicto ya estuviera decidido. Todo fue teatro. Uno puede hablar hasta el amanecer y tratar de defenderse, pero al final no cambia nada”, dijo.
Euljekjian fue condenado a 20 años de prisión y trasladado a la cárcel de Gobustán, un establecimiento de alta seguridad ubicado a unos 50 kilómetros al sudoeste de Bakú.
Del otro lado de los muros de la prisión están los petroglifos de Gobustán, una atracción turística conocida. Dentro del penal, la realidad era distinta. En una sección aislada, en una pequeña celda con el número 85 en la puerta, la tercera desde el flanco oriental del edificio, Euljekjian pasó los siguientes cuatro años completamente solo.
Cuando se le preguntó si tenía permitido salir de la celda, respondió sorprendido: “¿Salir de la celda? No”.
Ante la repregunta, agregó: “No. Nunca”.
La celda medía aproximadamente dos metros y medio por cuatro. Una pequeña ventana cerca del techo dejaba entrar algo de luz natural.
“Tenés que entender lo malo que era”, dijo. “El aire era húmedo, sofocante. En verano, el calor era insoportable. Había ratones por todas partes. Era el peor lugar que se puede imaginar”.
La soledad apareció rápidamente. Euljekjian imaginaba que las grietas de las paredes se abrían y se convertían en vías de escape. Pensaba que la humedad podía ablandar el concreto. También imaginaba la vida fuera de los muros de la prisión: turistas visitando los petroglifos cercanos y su familia reunida para cenar sin él.
Durante esos años recibió una serie de noticias dolorosas. Primero murió su padre. Luego, su hermano. Después murió su madre, sin que él pudiera despedirse. Euljekjian intentó recordar cuáles habían sido sus últimas palabras con ellos y esperaba que hubieran sido positivas.
Mientras tanto, su esposa Linda intentaba sostener a la familia. Los hijos de su hermano fallecido se mudaron con ella. Los dos hijos de Vicken y Linda debieron abandonar sus estudios para trabajar y ayudar a la familia.
“Pasé una gran parte de mi tiempo en prisión imaginando que ayudaba a mi familia, asegurándome de que hubiera comida en la mesa”, dijo. “Fue una situación muy difícil para mi esposa. Todas las cuentas que había que pagar”.
La imaginación se convirtió en una rutina. Cada pequeño detalle que recibía sobre la vida en el exterior era incorporado a un mundo imaginado en el que aún podía participar. Al cerrar los ojos, recreaba conversaciones familiares, pensaba qué habría dicho en los funerales y reconstruía escenas una y otra vez en su mente.
Consultado sobre si podía comunicarse con otros prisioneros, respondió: “Necesito repetirlo: era el peor lugar. No podía hablar con nadie. Otros presos, en otros sectores, tenían acceso a un patio donde podían caminar. Nosotros, los que teníamos cadena perpetua, no teníamos nada de eso”.
El agua, contó, era verde. La comida, casi incomible.
“Por lo general era una mezcla de pasta, trigo sarraceno y harina con agua hirviendo encima. El pan era lo único que podía comer”, relató.
Cuando representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) lo visitaban, Euljekjian pedía siempre lo mismo.
“Agua. Era todo lo que quería”, dijo.
Según su testimonio, las visitas del CICR debían realizarse aproximadamente una vez por mes, pero en la práctica ocurrían cada 40 o 45 días, unas nueve veces por año. Durante esos encuentros, podía hablar con familiares durante dos minutos.
“Después de cuatro años, incluso eso cambió. Ya no pudimos comunicarnos por los canales de la Cruz Roja y tuvimos que usar un teléfono del Gobierno”, contó.
Los visitantes solo podían entrar a su celda. No le permitían salir. Habitualmente le llevaban tomates y pepinos. A veces, un tubo de queso derretido.
“Pedí más queso para poder ponerlo en el pan, pero dijeron que no estaba permitido. Una vez me llevaron un repollo. Lo puse en agua con sal y traté de conservarlo. Después de eso no me permitieron recibir repollo otra vez”, afirmó.
También pidió si podían llevarle salchicha u otros alimentos con proteínas. Según Euljekjian, el director de la prisión respondió que podían echarse a perder. Él explicó que los comería de inmediato, pero no tuvo resultado.
Con el tiempo, llegó a decirles a los delegados del CICR que no tenía sentido que lo visitaran.
“Tres tomates y dos pepinos no valían la pena”, dijo.
Sin embargo, las visitas continuaron.
“No me escuchaban, así que seguí comiendo sus tomates”, agregó con una leve sonrisa.
“Como extranjero, no tenía a nadie que defendiera mis derechos. Cada vez que me quejaba ante la Cruz Roja, me remitían a la administración de la prisión. Cuando me quejaba ante la administración de la prisión, me remitían de nuevo a la Cruz Roja”, sostuvo.
Según Euljekjian, los presos azerbaiyanos tenían condiciones significativamente mejores. Sus familias podían visitarlos con más frecuencia y muchas celdas tenían heladeras.
Ante la pregunta sobre qué lo mantuvo con vida, respondió: “Había una sola cosa: la idea de que tal vez algún día saldría”.
También mencionó una Biblia.
“Era el único libro que tenía. Lo llevé conmigo. En la prisión había algunos libros en ruso, pero no hablo ruso”, explicó.
A fines de 2025, comenzó a sentir que algo podía cambiar. Durante una visita del CICR en Navidad, supo que se conversaba sobre el deterioro de su salud.
Las lesiones que, según dijo, sufrió durante los primeros días de detención empeoraron hasta obligarlo a usar una silla de ruedas. Sin atención médica adecuada, caminar se volvió cada vez más difícil.
Antes del amanecer del 14 de enero de 2026, los guardias lo despertaron de manera repentina.
“Me dijeron que empacara mis cosas”, recordó.
Euljekjian protestó y pidió que al menos esperaran hasta la salida del sol para poder ver qué estaba guardando. Los guardias se negaron.
“Quería saber la verdad. Si me trasladaban a otra prisión, tenía que pensar qué llevar. Si volvía a casa, no necesitaba nada”, dijo.
Finalmente, las autoridades de la prisión le informaron que sería liberado.
“Dije: ‘Entonces no necesito nada en absoluto’”, contó.
Luego sonrió y agregó: “Pero me sugirieron que al menos me pusiera los zapatos”.
Euljekjian fue trasladado al corredor de Lachín, la ruta que entre 2020 y 2023 funcionó como la única conexión entre Armenia y Artsaj. Ese camino tomó notoriedad internacional después de permanecer bloqueado durante nueve meses antes de la ofensiva azerbaiyana de septiembre de 2023, que provocó el éxodo forzado de más de 100.000 armenios de la región.
Junto con otros tres detenidos armenios, Gevorg Sujyan, Davit Davtyan y Vagif Khachatryan, fue entregado a las autoridades armenias.
A diferencia de los otros liberados, que tenían familiares en Armenia, Euljekjian pasó la mayor parte de su vida en Líbano. A su llegada, fue trasladado directamente al hospital. Permaneció allí más tiempo del necesario mientras buscaba una solución habitacional.
Desde entonces, dijo que recibió apoyo de la Federación Revolucionaria Armenia (FRA - Tashnagtsutiún) y de integrantes de la filial libanesa de la FRA. También colaboraron con la compra de pasajes para su esposa Linda, quien durante años impulsó campañas para dar visibilidad al caso de su marido.
Actualmente, Vicken Euljekjian vive con su hija en un departamento en las afueras de Ereván. Su esposa Linda permanece en Líbano, donde trabaja.
Consultado sobre cómo fue volver a ver a su familia, respondió: “Casi seis años habían pasado desde la última vez que vi a mi hija. Después de mi liberación pasaron otros cuatro meses hasta que pudo venir. Simplemente no teníamos el dinero”.
Luego hizo una pausa.
“Volver a verla es lo mejor que me pasó. Era una adolescente cuando me capturaron. Ahora tiene 24 años”, dijo.
Ante la pregunta sobre cómo lo cambió la prisión, Euljekjian respondió: “Nunca permitiría que me cambiara. Sigo siendo la misma persona que era antes”.