Arapó: la liberación no se espera, se persigue

29 de diciembre de 2025

La figura de Arapó (nombre de guerra de Arakel Mjitarian) ocupa un lugar fundacional en la historia moderna armenia, no por la magnitud material de sus acciones, sino porque con él la reacción defensiva del campesinado armenio deja de ser un reflejo desesperado y fragmentario para convertirse, por primera vez, en una expresión consciente de identidad nacional y derecho a la autodefensa armada.

Arapó es uno de los que inaugura la etapa de los fedaí, y con ello se instala un concepto central: dejar de ser el sojuzgado. No se trata sólo de sobrevivir, sino de dar la lucha por vivir en condiciones más dignas. Es una idea que perdurará en el tiempo, que sostiene que el armenio puede (y debe) pensarse como sujeto político armado, capaz de organizarse y defenderse, de disputar poder y control territorial.

Opresión, ruptura y despertar político

En la década de 1880, el Imperio Otomano atraviesa una fase de endurecimiento represivo bajo el sultanato de Abdul Hamid II. Los pueblos armenios de Sasún, Darón y Mush sufren la violencia sistemática del cobro de impuestos arbitrarios, saqueos, secuestros, conversiones forzadas y ataques de tribus kurdas alentadas y/o toleradas por el poder central. El armenio es reducido a la condición de súbdito sin derechos, obligado a aceptar la injusticia como norma.

Pero ese orden comienza a resquebrajarse. Personalidades como Mgrdich Portugalian venían impulsando un giro decisivo al transformar la indignación dispersa en acción política consciente. Luego de recorrer ciudades de la Armenia otomana y rusa tras la guerra ruso-turca de 1877–1878, y habiendo llamado abiertamente a los armenios a prepararse para la lucha armada, Portugalian funda en Van el primer partido político armenio en términos modernos: el Partido Armenagan (1885).

Ese mismo año, las autoridades otomanas lo persiguen y ello obliga a Portugalian al exilio. Instalado en Marsella, lejos de interrumpir su acción mantiene vínculos con los dirigentes del partido e impulsa la publicación del periódico Armenia, el primer órgano de prensa armenio abiertamente pro revolución, que ingresa clandestinamente al Imperio y circula de mano en mano. Sin teléfonos, sin internet, sin estructuras sofisticadas, comienza a tejerse una red política que logra conectar a armenios del Imperio Otomano y del Cáucaso. Por primera vez, ideas, consignas y horizontes comunes circulan de manera sostenida.

En paralelo, las noticias de persecuciones y abusos que llegan desde las provincias no solo indignan, sino que estimulan la rebelión. La violencia deja de generar miedo paralizante y empieza a producir conciencia.

Sasún: la autodefensa es una decisión política

En Sasún, la autodefensa es un sello. Episodios como la resistencia de Dalvorig muestran que ya no se trata sólo de responder a ataques puntuales, sino de sostener el territorio frente a campañas sistemáticas de aniquilación. Allí, ante ofensivas kurdas y otomanas numéricamente muy superiores, la población organiza el combate y repele al enemigo durante días enteros. La violencia extrema, lejos de quebrar a la comunidad, refuerza su convicción de sostener la defensa; y hacerlo con dignidad es una obligación.

Los fedaí comienzan a operar también como referentes políticos de la resistencia local. Dalvorig es un anticipo. Un laboratorio donde la defensa del hogar, de la tierra y del honor se encarna en conciencia colectiva.

En Aharonk, corazón de Sasún, los líderes locales se reúnen y avanzan en decisiones inéditas: armarse de manera sistemática, fabricar pólvora, ampliar la explotación de las minas de hierro de Hosnud (Dalvorik) y procurar armamento desde el exterior.

Es en este contexto donde emerge Arapó, como expresión temprana de esa conciencia armada, y donde, poco después, Hrair Tyójk llevará ese proceso a otro nivel. Si Arapó encarna la irrupción inicial de la defensa por medio de las armas, Hrair representa su maduración, es decir, la articulación entre resistencia militar, liderazgo político y organización territorial. Sin dudas, Sasún es una de esas chispas narradas por Raffí que engrandecieron el fuego de la revolución.

Formación

Arapó nació en 1863 en el pueblo de Gurter, Sasún, vilayeto de Bitlis. Bautizado Arakel, se formó en la escuela del monasterio de los Santos Apóstoles de Mush. Aunque se perfilaba para la vida religiosa, optó por un camino radicalmente distinto: abandonó el monasterio y los votos para asumir la lucha por la liberación de su pueblo. Viajó a Alepo, trabajó como obrero y con ahorros compró su arma; en sintonía con el pensamiento sintetizado en el título de esta nota. De regreso a Sasún, organiza grupos armados junto a combatientes como Mjó Shahén (Mjitar Seferian) y comienza a operar en las aldeas de Darón. Se comenta que él y Mjó aterrorizaban a las autoridades otomanas, asaltaban sus caravanas y repartían el botín entre los campesinos pobres.

Su método era claro: movilidad, sorpresa, rapidez. La tradición popular lo resume con una imagen que se vuelve leyenda: «Por la mañana se lo podía encontrar cerca de Mush; por la noche ya estaba en la cima del Maratug».

El día que Sarhad conoció a Arapó

Uno de los pasajes de la biografía que Garó Sasuní escribe sobre Kevork Chavush, titulada Sarerú Aslán (El león de las montañas), describe el día en que Arapó y Sarhad —el joven Kevork Chavush— se conocieron.

Sarhad, en el colegio, hablaba sobre Arapó con sus compañeros y decía: «Aunque parezca un sueño o un cuento, Arapó existe y en estos valles se ha convertido en el terror del enemigo. No es un sueño ni una historia antigua: está en estos pueblos que vemos, desciende desde la cumbre de Dzovasar hacia Surp Aghperik, y dicen que en estas rocas viene a refugiarse cuando la policía turca lo persigue. ¿Tendremos algún día la fortuna de encontrarnos con él? Será entonces cuando nuestros anhelos dejarán de ser sueños. Varias veces por semana venimos por estos lados escapándonos de las clases, con la esperanza de encontrarnos con Arapó».

Y uno de esos días se encontraron con un grupo de fedaíes liderados por una persona que, según las descripciones, se parecía a Arapó. Y le dicen:

«—Tú eres Arapó, y hemos venido a alistarnos en tu grupo. Somos ofrendas del monasterio de Van, y las ofrendas no se rechazan.

Arapó besó en la frente a estos dos muchachos y los sentó a su lado, para conocer su origen y su historia.»

Sarhad describe a su héroe: «Arapó era un joven robusto y apuesto, de menos de treinta años. Había bondad en su rostro, reflexión en sus ojos negros, y de su mirada irradiaba valentía y una determinación singular. Era como un príncipe de las montañas, descendiente de una antigua nobleza armenia. No había gestos ostentosos en su modo de conducirse, pero dejaba la impresión de ser una roca firme. Desde aquel encuentro, todos quedaron atrapados por su simpatía. Y el lema de su grupo de fedaíes era: la defensa del pueblo pobre y desposeído frente a la opresión turca y kurda.»

El relato describe la última conversación de este primer encuentro:

«Volviéndose hacia los muchachos, mirando a los ojos a Sarhad, preguntó:

—¿Cuál es tu nombre?

—Mi tío me llamaba Sarhad y así estoy registrado en la escuela, pero los vecinos del pueblo me llamaban Surp Kevork —respondió con una leve sonrisa.

—Qué bien que te hayan llamado Surp Kevork, un santo que aplasta dragones; pero Sarhad también está bien, todos nosotros somos hijos de estas montañas.

Arapó miró con afecto a los jóvenes recién llegados, que habían pasado por aquellas aulas por las que él mismo había pasado diez años antes, cuando el padre Jrimian, durante el Congreso en Berlín, era privado de comer harisá por no tener más que un cucharón de papel.

Arapó les dijo a Sarhad y a su compañero:

—Desde ahora ya son miembros del grupo. De manera consciente ofrecen sus vidas a su pueblo, que se ha convertido en esclavo en su propia tierra. Veo determinación en sus ojos y fortaleza en sus brazos. Debemos convertirnos en los dueños de nuestro país; el dominador extranjero no tiene lugar aquí.»

Pensamiento político: negar la legitimidad del dominio

Arapó no es solo un fedaí. Es, sobre todo, un hombre que piensa la política desde la experiencia concreta de la opresión. Sus palabras revelan una ruptura histórica con siglos de resignación:

«Si el dueño y señor de esta tierra es el armenio, ¿por qué habría de pagarle tributo a otro?»

Aquí no hay demanda de reformas ni pedidos de clemencia. Hay una negación frontal de la legitimidad del poder otomano. En otra reflexión, formula su concepción de la lucha:

«Proteger al armenio sometido es bueno. Convertir al armenio en un hombre fuerte es aún mejor.»

Y completa ese razonamiento con una proyección estratégica:

«El armenio debe fortalecerse hasta que su estrella brille y tenga la fuerza para expulsar a los invasores ilegítimos».

Para Arapó, la clave no es solo defender al armenio, sino transformarlo: pasar del sometimiento a la conciencia, y de la conciencia a la acción armada.

Represión, fuga y ejemplo multiplicador

En 1882 es arrestado en Pertag y condenado a quince años de prisión. Escapa de la cárcel de Bitlis y retoma de inmediato su actividad. Lejos de debilitar el movimiento, su persecución fortalece su figura y multiplica su influencia. En Mush, organizó y encabezó uno de los primeros grupos de fedaíes.

En Darón, la acción de Arapó y de otros líderes locales logra frenar ataques kurdos y genera un cambio perceptible. Episodios como la resistencia en Vartenis (Mush), donde los armenios bajo el liderazgo de Markar Varyabed, impiden el secuestro de una joven, o incluso casos como el del jefe tribal Musa Peg, cuyos crímenes generan escándalo en la prensa armenia y europea y obligan al gobierno a juzgarlo, dan cuenta de que la lógica de la impunidad comienza a resquebrajarse, que el abuso tiene consecuencias, y que la resistencia ya no es invisible.

De la acción local a la organización nacional

A partir de 1889 comenzó a viajar al Cáucaso y en 1892 participó en Tiflis del Primer Congreso General de la Federación Revolucionaria Armenia (FRA-Tashnagtsutiún). Su incorporación marca el paso decisivo entre la resistencia espontánea y la lucha nacional organizada.

Finalmente, en la primavera de 1893 cruza la frontera desde Gars con dieciséis hombres para auxiliar a los comandos de Sasún. Tras sufrir bajas en el camino, como su compañero de armas Alizrnantsí Levón, su grupo es rodeado en el valle de Kealé Rash (Fortaleza negra), entre Mush y Jnús. Combate hasta el final y muere junto a Vartán de Ajaltsja.

Ruben Der Minasian resume el sentido histórico de su muerte con precisión:

«Arapó murió sin alcanzar su objetivo, pero dejó a las generaciones futuras un legado invaluable: que el armenio también puede alzar el arma y combatir con ella.»

Arapó y sus pares: el gesto inaugural

Comparado con figuras posteriores, él representa el momento fundacional. Frente a Hrair Tyójk, es la ruptura psicológica inicial; Hrair sistematizará esa rebeldía en pensamiento estratégico. Frente a Serop Aghpiur, Arapó demuestra la posibilidad; Serop consolidará el liderazgo territorial. Frente a Antranig, Arapó actúa en la fase embrionaria; Antranig proyectará la lucha a escala nacional e internacional.

No sabremos qué forma habría tomado la historia de estos hombres sin Arapó. Pero sí sabemos que, en la cadena de formación del movimiento revolucionario armenio, su gesto inicial fue indispensable.

Memoria épica

No es casual que los fedaíes se convirtieran en los héroes de la épica moderna armenia. Arapó, Antranig, Kevork Chavush, Serop Aghpiur, Nigol Tuman, Keri, Hrair Tyójk, Sepasdatsí Murad y tantos otros, quedaron grabados en la memoria popular a través del canto y la transmisión oral de la historia.

El pueblo compuso canciones sobre Arapó y exaltó su valentía.

Una de las más poderosas y conocidas es «Zartir Lao» («¡Despierta, muchacho!»). La canción, atribuida al ashugh Fahrad, surge en Darón en la década de 1890 y lo evoca a Arapó como protector del campesinado armenio frente a la opresión turca y kurda. La canción transforma su gesta en modelo moral y político para las nuevas generaciones, funcionando no sólo como expresión folklórica, sino como manifiesto popular.

Arapó no fundó un Estado ni comandó grandes ejércitos, forjó consciencia. Su irrupción armada fue un acto militar y político. Y una vez que ese pensamiento tomó cuerpo, la historia armenia ya no pudo volver atrás.

Agustín Analian

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