“Armenia quedó vulnerable tras el acuerdo de Washington", sentenció el ex subsecretario de Estado norteamericano O´Brien

28 de agosto de 2025
Donald Trump a Aliyev en una fotografía enviada: “Ilham, eres un gran líder”

El exsubsecretario de Estado estadounidense Jim O’Brien, quien fue parte del equipo de la administración Biden involucrado en el proceso de negociación en el Cáucaso, publicó un artículo demoledor en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) titulado “Paz en el Cáucaso: garantizar que Europa desempeñe un papel tras la ceremonia de Trump”.

En el artículo citado, O’Brien deja en claro que el acuerdo firmado el 8 de agosto en Washington entre Armenia y Azerbaiyán no fue equilibrado: “La firma del documento pone fin al conflicto entre Azerbaiyán y Armenia. Los intereses de Bakú están plenamente garantizados”.

La sentencia es inequívoca: Armenia salió perdiendo. El propio O’Brien lo subraya al remarcar que “los términos aceptados por Ereván implican una renuncia estratégica” y que el país quedó “en una posición vulnerable frente a su vecino más poderoso”. Con esa claridad, un exfuncionario clave de Washington confirma lo que la oposición armenia y numerosos analistas internacionales ya advertían: el texto consagró la victoria de Bakú y forzó a Armenia a aceptar una paz en condiciones de debilidad.

La situación se evidencia también en la manera en que Azerbaiyán y Turquía celebraron el acuerdo. El presidente Ilham Aliyev destacó que “Trump fue mucho más generoso de lo que esperábamos” y sostuvo que “su apoyo fue decisivo para la normalización de relaciones entre Azerbaiyán y Armenia”, llegando incluso a considerarlo merecedor del Nobel de la Paz por sus esfuerzos en la región, algo a lo que también adhirió Nikol Pashinyan.

El artículo advierte, también, que el acuerdo no puede considerarse completo porque Azerbaiyán exige que Armenia modifique su Constitución para eliminar cualquier referencia a períodos en que gobernó partes del territorio azerbaiyano, incluidas áreas históricamente habitadas por armenios. “No habrá un acuerdo final al menos durante un año”, señala O’Brien, subrayando que la implementación efectiva del corredor y la paz dependen de una concesión que será profundamente impopular para los armenios y que compromete aún más su posición estratégica frente a Bakú.

El exsubsecretario plantea un interrogante mayor al cuestionar el rol de Europa. Sostiene que Bruselas se limitó a acompañar los pasos definidos por Washington y Ankara, en lugar de construir una alternativa que fortaleciera la seguridad de Armenia. Para él, la ceremonia del 8 de agosto cerró un ciclo, pero dejó a Ereván atado a un frágil equilibrio: “Europa debe decidir si será un mero espectador o un actor capaz de garantizar la estabilidad en el Cáucaso”.

Jim O’Brien no es un analista cualquiera: fue un funcionario de alto nivel en la administración Biden y participó directamente en los mecanismos de negociación entre Armenia, Azerbaiyán y Estados Unidos. Su testimonio desarma cualquier intento de presentar el documento como un triunfo compartido: fue Bakú quien impuso sus condiciones y Armenia quien concedió.

La respuesta de Nikol Pashinyan llegó este mismo 28 de agosto, en una conferencia de prensa, donde fue consultado por las declaraciones de O’Brien. El primer ministro buscó relativizar la crítica con un argumento histórico: “Armenia se encontraba en su punto más vulnerable durante 2021, 2022 y 2023”, dijo, y aseguró que “hoy, la República de Armenia se encuentra en la situación menos vulnerable de su reciente independencia”.

Sin embargo, la comparación de tiempos propuesta por Pashinyan es forzada: eludir la advertencia de O’Brien apelando a un pasado inmediato de derrotas militares y crisis políticas no invalida la percepción actual de vulnerabilidad estratégica. Reducir el debate a una cuestión de grados de debilidad deja de lado el fondo del problema: Armenia sigue careciendo de garantías sólidas de seguridad y, tras el acuerdo de Washington, depende más que nunca de compromisos internacionales cuya eficacia todavía está por verse. Armenia tiene larga experiencia en ese sentido.

La conclusión es incómoda pero innegable: el acuerdo de Washington fue presentado al mundo como un modelo de resolución de conflictos, pero para Armenia significó la institucionalización de su derrota. O’Brien lo escribe con la frialdad del burócrata y la autoridad de quien conoce los entresijos de la política estadounidense. Debemos verlo con claridad: la paz firmada en Washington no reconoce a los armenios como un actor con derechos; los deja al margen de la decisión y de su propia historia.

Pablo Kendikian
Periodista

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