Cuando el enemigo alaba

Hay gestos que se presentan como elogios pero funcionan como señales. Cuando una cuenta alineada con la narrativa oficial de Azerbaiyán comparte el enfoque de un medio armenio, uno se pregunta qué interés se ve reflejado en ese destaque. En política el aplauso del adversario suele ser una forma de validación, o, dicho de otra forma, una manera de señalar qué relatos le resultan funcionales.
Ese fue el caso de la reciente publicación de la cuenta Realidad de Azerbaiyán ESP en la red X, vinculada a la embajada de ese país en la Argentina, que celebró una nota del portal Soy Armenio sobre la importación de combustible azerbaiyano por parte de Armenia. La alabanza no fue casual ya que la publicación armenia presentó la operación como una señal de “normalización”, habló de una “etapa posconflicto” y contrapuso ese enfoque a lo que calificó como posiciones “revanchistas” o “extremistas” de sectores organizados de la diáspora armenia en Sudamérica, en explícita referencia a la FRA-Tashnagtsutiún y a Diario ARMENIA.

Conviene precisar el rol de esa cuenta. "Realidad de Azerbaiyán" es utilizada habitualmente por personal diplomático de la embajada de Azerbaiyán en la Argentina para difundir la narrativa oficial del régimen de Ilham Aliyev. Desde allí se viene desarrollando una campaña sostenida de deslegitimación contra la comunidad armenia en el país, con ataques dirigidos incluso a instituciones y organizaciones juveniles, a las que se acusa de “adoctrinamiento”, “lavado de cerebro” y “revanchismo”, utilizando expresiones despectivas como “extremistas dashnak” para referirse a la FRA-Tashnagtsutiún. En ese marco, el elogio a un medio armenio no puede leerse como un gesto aislado ni inocente.
La importación de combustible desde Azerbaiyán involucra a un Estado que en 2020 lanzó un ataque a gran escala contra la República de Artsaj (Nagorno Karabaj) con un saldo de más de cinco mil muertos y que apenas dos años atrás, en 2023, impulsó durante nueve meses el bloqueo del corredor que unía Artsaj con Armenia sometiendo a 120.000 armenios a una crisis humanitaria deliberada y forzando luego el exilio de su población.
En ese contexto, presentar el abastecimiento energético como una simple cuestión económica de precios o eficiencia introduce una falsa dicotomía: lo barato frente a la firmeza política; o el alivio de cortísimo plazo frente a la seguridad de un país. Si se naturaliza la dependencia energética de Azerbaiyán se instala la idea de que la estabilidad puede comprarse a cualquier costo y que el pasado inmediato debe ser rápidamente olvidado.
La nota de Soy Armenio, un portal que suele expresar posiciones cercanas al oficialismo armenio, refuerza ese enfoque al insistir en que “es la paz establecida la que creó las condiciones políticas” para el comercio. Subraya, además, que se trataría de una transacción “entre privados” y describe este el proceso como parte de una supuesta “consolidación de la paz económica”. Nada de eso es neutral. Se trata de un encuadre que busca instalar la idea de que la cooperación funciona y que la normalización es irreversible, transformando una medida de alto impacto y peligrosa en una escena de normalidad construida, funcional a una narrativa que necesita mostrar resultados visibles.
Es importante remarcar que el primer lote de combustible ingresado a Armenia fue comercializado a través de una cadena vinculada a Khachatur Sukiasyan, diputado oficialista y aliado político del primer ministro Nikol Pashinyan, a un precio notoriamente inferior al promedio del mercado. El dato no es menor: la operación tiene un impacto político interno en un contexto donde el mensaje al electorado, de cara a las elecciones del próximo mes de junio, es simple y eficaz: la paz funciona, la cooperación rinde y tiene responsables concretos.
Es aquí donde la validación del enemigo deja de ser anecdótico. Cuando un medio armenio es utilizado como ejemplo por una narrativa estatal azerbaiyana para desacreditar posiciones críticas, el señalamiento adquiere un sentido político concreto. No se trata de exigir unanimidad de opiniones y mucho menos de censurar ideas, sino de advertir cuándo un enfoque periodístico empieza a encajar muy cómodamente en el relato de quien tiene intereses explícitamente contrapuestos a la seguridad y a la memoria armenias. Y no es la primera vez que esto ocurre con Soy Armenio en su afán de cuestionar a los sectores más firmes de la diáspora.
Cuando el enemigo alaba, conviene detenerse para preguntarse con honestidad qué se está validando, qué se está silenciando y a quién termina beneficiando ese relato. Porque cuando una narrativa estatal utiliza a un medio armenio como ejemplo frente a otros más críticos estamos ante una señal de alerta.
Pablo Kendikian
Director de Diario ARMENIA