El nacimiento del Movimiento Karabaj y el despertar político de una nación

El 20 de febrero de 1988 fue el momento en que la sociedad armenia, todavía dentro del marco soviético, decidió volver a pensarse como sujeto político. Fue una fecha fundacional en la historia contemporánea armenia. El Movimiento Karabaj nació como una irrupción cívica que, desde Stepanakert y Ereván, puso en el centro la idea de autodeterminación y dignidad nacional que mantuvo viva durante casi 70 años.
Treinta y ocho años después, el aniversario encuentra a Armenia en una situación radicalmente distinta. La desmovilización es notable. Artsaj ya no existe como entidad política autónoma. Su población fue desplazada. Sus instituciones fueron desmanteladas y nombrarla es casi un tabú en Armenia.
Sin embargo, el 20 de febrero continúa siendo una fecha que excede cualquier coyuntura, porque allí se gestó algo más profundo que una reivindicación territorial. El Movimiento Karabaj fue la antesala de la independencia de 1991. Sin la movilización masiva y constante de 1988, difícilmente hubiera existido la energía política que permitió la ruptura con Moscú y la construcción del Estado armenio contemporáneo. Fue, en términos históricos, un proceso de politización nacional que articuló memoria, territorio e identidad. Artsaj fue el impulso que dio nacimiento al Estado armenio moderno.
El Movimiento Karabaj representó a toda una generación. Jóvenes que organizaron comités, intelectuales que redactaron manifiestos, voluntarios que luego defendieron el territorio en la guerra, familias que asumieron el costo humano de una decisión colectiva. Además del resultado militar de los años noventa, demostraron que la ciudadanía organizada podía modificar el rumbo de la historia.

Ese proceso fue seguido con atención por la diáspora armenia, que acompañó con expectativa, apoyo político y solidaridad material. Los protagonistas de aquellos años no pensaban solo en el territorio inmediato, sino en una nación dispersa que, desde distintos continentes, observaba el despertar de una posibilidad histórica largamente postergada.
La relación entre Armenia y la diáspora se redefinió entonces en torno a un proyecto común. Hoy, en un contexto más complejo y desafiante, esa dimensión global de la armenidad reaparece como un factor ineludible en los debates estratégicos que atraviesan al Estado y a la nación en su conjunto a pesar de la distancia que quiere imponer el Gobierno.
La derrota de 2020-2023no borra la experiencia histórica que comenzó en 1988. La existencia misma de la República de Armenia está vinculada a aquel proceso. En momentos en los que la geopolítica regional se reconfigura y las prioridades estatales parecen desplazarse hacia una débil estabilización diplomática, la memoria del 20 de febrero actúa, increíblemente, como punto de tensión. Quienes hoy cuestionan al Movimiento Karabaj lo hacen desde la jefatura de un Estado que nació en ese mismo clima de movilización.
“La patria vive en la conciencia de su pueblo”, escribió Raffí. El nacimiento del Movimiento Karabaj, el 20 de febrero, fue uno de los momentos en que esa conciencia se volvió decisión histórica: cuando la independencia dejó de ser una abstracción para convertirse en voluntad colectiva. Desde entonces, con sus triunfos y derrotas, ese acto quedó inscripto como parte constitutiva de la memoria nacional.