La disputa del poder otomano que terminó con la masacre de 30.000 armenios en Adaná

La restauración contrarrevolucionaria que buscó devolver al poder al sultán Abdul Hamid II en 1909 derivó en una política antiarmenia y en la preparación del terreno para ejecutar el plan genocida de 1915.
A comienzos de abril de 1909 en varias ciudades de la provincia de Adaná se encendió la chispa contra la población armenia, en el marco de un proceso político muy complejo en el seno del Imperio Otomano. La revolución de los Jóvenes Turcos llevaba menos de un año, desde el golpe palaciego que alojó en el poder a los dirigentes del Comité Unión y Progreso (CUP).
En ese momento los Jóvenes Turcos debieron enfrentar una contrarrevolución, que intentó restaurar la autoridad del sultán Abdul Hamid II, y contemplaba además la vuelta atrás, con apoyo de fuerzas reaccionarias, de los avances reformistas del nuevo gobierno, basados en la renovada vigencia de la Constitución de 1876, de corte liberal.
Si bien hay investigadores que consideran que elementos cercanos al gobierno de los Jóvenes Turcos tomaron parte en las acciones armadas contra la población armenia, que dejaron un saldo de entre 20.000 y 30.000 armenios asesinados según diversas fuentes, casas destruidas e incendiadas, locales comerciales saqueados, iglesias derrumbadas, etc, la hipótesis más firme es que fueron los seguidores del sultán los instigadores de la turba turca contra los barrios armenios.
El eje de la estrategia habría sido generar un conflicto con miles de muertos armenios, quienes eran vistos como uno de los grupos étnicos beneficiarios de las reformas del CUP instrumentadas luego de la Revolución de 1908, desacreditando y hasta “humillando” al gobierno ante las potencias occidentales. Algunas organizaciones políticas armenias, como la FRA-Tashnagtsutiún, veían con buenos ojos las reformas, como un paso positivo frente a las persecuciones y el hostigamiento del gobierno hamidiano hacia las minorías cristianas.

Los eternos culpables
Una vez más, los armenios fueron el “chivo expiatorio” y el centro de los ataques de los nacionalistas turcos, que veían a los armenios, en especial a una creciente burguesía, que financiaba al Gobierno, y se destacada en la producción industrial y el comercio exterior, como un “grupo particularmente próspero, pero a la vez peligroso y potencialmente subversivo”.
La masacre de Adaná en 1909 se constituyó así en el segundo acto de una política genocida turco-otomana -al margen de las innumerables escaramuzas con miles de muertos en cada redada durante décadas- luego de las masacres hamidianas de 1894/96 que dejaron un saldo de hasta 300.000 armenios asesinados en las seis provincias orientales del Imperio Otomano (Erzerum, Van Bitlís, Sivas, Jarpert y Diyarbekir).
Con los años estas matanzas en la provincia de Adaná fueron consideradas por los historiadores como el prólogo o el ensayo general del plan de exterminio masivo de los armenios, diseñado y ejecutado por el Imperio Otomano, es decir el Estado turco, contra sus súbditos de etnia armenia y religión cristiana.
El genocidio de 1915-1923 dejó un saldo de 1,5 millón de armenios asesinados, la pérdida de más del 80% de los territorios ancestrales de la Armenia histórica, la confiscación de propiedades (tierras, viviendas, comercios, industrias) de los armenios, también el robo de joyas y dinero depositados en bancos, hacienda y cultivos; así como el exilio forzado de los sobrevivientes y la consecuente formación de la diáspora armenia, que hoy cobija a tres de cada cuatro armenios en el mundo.
Caldo de cultivo
Pero como decíamos, ese plan siniestro tuvo su ensayo general en abril de 1909, más precisamente entre el 13 y el 24 de abril de ese año, cuando las fuerzas del CUP retomaron el control del gobierno.
Si bien hay varias versiones sobre el comienzo de la refriega, una versión turca sostenía que el primer disparo del estallido provino del barrio armenio contra el campamento de las tropas turcas. El punto es que, según los historiadores, tras una inspección se comprobó que esto era “físicamente imposible”.
Así, toma cuerpo una explicación alternativa, según la cual el estallido vino cuando algunos turcos disfrazados de revolucionarios armenios declararon que había comenzado una revolución y abrieron fuego. La respuesta fue que las tropas de élite de los Jóvenes Turcos traídas desde Damasco y Beirut abrieron fuego contra el barrio armenio, participando, además, en el saqueo de casas y el asesinato de inocentes.
Uno de los aspectos a tener en cuenta es que el distrito de Adaná era un importante centro espiritual, cultural y económico para los armenios en Anatolia, empezando por albergar la sede del Catolicosado de Sis. Además, contaba con ocho iglesias, dos de ellas gregorianas, una protestante y una católica, además de iglesias griegas, sirias y caldeas, señala el historiador Bedros Der Matossian.
Recuerda también que en Adaná había dos escuelas armenias, la Akarian y la Ashjenian, además de otras escuelas cristianas, como una misionera jesuita francesa para niños y niñas y una estadounidense sólo para mujeres, y el Instituto de San Pablo en Tarsus, también de EE.UU.
Antes de las masacres de 1909, la población de Adana estaba compuesta por 62.250 musulmanes, 30.000 armenios, 5.000 griegos, 8.000 caldeos, 1.250 asirios, 500 árabes cristianos y unos 200 súbditos extranjeros.
Era una región pujante con un importante desarrollo económico, al punto que cada primavera entre 30.000 y 40.000 trabajadores golondrina llegaban a Adana desde Aleppo, Jarpert, Sivas, Diarbekir, Erzerum, Hadjin, Bitlis y otras ciudades para el cultivo y la cosecha de algodón, o para trabajar en las fábricas.

Se enciende la mecha
Una de las versiones sobre la chispa que encendió las matanzas habla de un confuso episodio entre un tal Hovannés, que el 28 de marzo de 1909 fue atacado por un grupo de turcos, encabezados por un hombre llamado Isfendiar. En la trifulca Hovhannes mató a Isfendiar, hirió a varios atacantes y huyó al barrio armenio de Adaná, y rápidamente escapó hacia Chipre.
La cosa se salió de madre durante el funeral de Isfendiar, que atrajo no solo a quienes estaban indignados por el asesinato, sino también a gran parte de la población que se oponía al nuevo orden constitucional que habían instaurado los Jóvenes Turcos y los “colaboracionistas” armenios.
La tensión en la calle no cedía. La turba le pedía a las autoridades que encontrara al asesino e incluso desde las mezquitas instigaban a turcos diciendo que tres “verdaderos fieles musulmanes habían sido asesinados por los armenios, que además quemaron sus casas”. Y todo empeoró cuando falleció uno de los turcos heridos.
El 14 de abril comenzaron los enfrentamientos en el barrio armenio de Adaná. Esa mañana los armenios abrieron como todos los días sus comercios, pero pronto vieron grupos de turcos, kurdos, circasianos y refugiados musulmanes, junto con trabajadores migrantes temporales, caminando en las calles en forma amenazante llevando en sus manos hachas, armas blancas, machetes y espadas, y vistiendo vendas blancas (saruks) alrededor de sus fez, en varios barrios de la ciudad, explica Der Matossian. Esto provocó temor y preocupación entre los armenios, que cerraron rápidamente sus locales.
La mentira de la independencia
En este contexto, la turba ya estaba desatada y en poco tiempo, todo se salió de control. No faltaron tampoco los instigadores, como Ihsan Fikri, líder del CUP en Adana, y su periódico Itidal, que según fuentes armenias y europeas citadas por Bedrós Der Matossian, tuvo un papel crucial en la “incitación a las masas antes del inicio de la segunda ola de masacres”.
Tras acusar a los fedaí armenios de acopiar armas y “andar con Máuser por las calles, aterrorizando a la población de origen turco”, el 20 de abril de 1909 un artículo del periodista Burhan Nuri se preguntaba en Itidal: “¿Pueden los armenios establecer un Estado?”
El mismo Burhan se respondía que solo los necios creerían que los armenios, que era menos de 2 millones dispersos por todo el territorio, podrían derrotar al Imperio Otomano y establecer un país independiente. Hasta ese momento ninguna fuerza política armenia planteaba semejante objetivo, y apenas los más audaces apoyaban la ola reformista de los Jóvenes Turcos.
Pero Burhan dio un paso más, atacando a las potencias europeas, al afirmar que ningún país puede imponer al Imperio Otomano el establecimiento de un Estado armenio en Cilicia.
Lo dijo en estos términos, que preanuncian lo que sólo seis años después se plantearía en el marco del plan genocida. “Si los armenios pretenden formar un Estado, la tierra para ese Estado no debería estar en el Imperio Otomano, sino que deberían buscarla en los polos, en los desiertos de África, e inmigrar allí. No pueden alcanzar su objetivo, dispersos en Estambul, Adana, Alepo, Diyarbakir, Bitlis y Van”. Ya estaba plantada la semilla ideológica del genocidio.
Carlos Boyadjian