Normalizar la pérdida, culpar a las víctimas y reescribir la historia

Un cruce entre el primer ministro Nikol Pashinyan y una madre con su hijo en el metro de Ereván el fin de semana pasado puede parecer un simple intercambio de palabras, pero no fue un hecho menor. Es una escena que, por su contenido y por quienes la protagonizan, sintetiza con crudeza el momento político que atraviesa Armenia a 90 días de las elecciones generales de junio.
Según los registros difundidos, Pashinyan se acercó a la mujer e intentó entregarle un prendedor con el mapa de la llamada “Armenia real”. La respuesta fue inmediata y directa: “No, somos de Artsaj, tenemos otro mapa”, le dijo la joven madre y enseguida lo acusó: “Ustedes vaciaron Artsaj. Los armenios no huimos, fuimos forzados a abandonar nuestra tierra”.
El primer ministro reaccionó elevando el tono: “No intenten decir que entregué Karabaj”, respondió, en un intercambio que incluyó gestos de furia, señalamientos y una discusión elevada de tono sostenida frente al niño. A los gritos, afirmó también que “gastaron miles de millones” para que ellos se queden allí.
Más adelante, en plena discusión, Pashinyan le dice que su hijo vivirá en ese territorio, señalando el mapa anaranjado convertido en prendedor. La respuesta, contundente y existencial, fue: “Ustedes nos privaron de vivir en Artsaj, pero no pueden privarnos de la esperanza de volver”.
Lo que transforma ese fuerte cruce de palabras en algo más que una discusión pública es quién era esa mujer. Pashinyan no lo sabía. No sabía que estaba frente a Arminé Mosiyan, una desplazada de Artsaj. Tampoco sabía que era hija de Meruzhan Mosiyan, comandante del 26º batallón motorizado de Martuní, miembro del Comité Central de la FRA en Artsaj, caído en combate en 1993 y condecorado póstumamente con la Orden Cruz de Combate de primer grado. No sabía, en definitiva, que estaba hablando con alguien cuya historia personal está atravesada por la guerra, la pérdida y una tradición política tashnagtsagán, que explica, en parte, la firmeza de sus palabras.



Arminé habló desde sus vivencias. Perdió a su padre siendo niña, atravesó cuatro guerras, resistió el bloqueo de nueve meses junto a su hijo y fue finalmente desplazada junto a su familia tras la limpieza étnica de Azerbaiyán en septiembre de 2023. “Primero perdí a mi padre, después perdí mi patria”, resumió en un testimonio reciente. También recordó el momento en que debió abandonar su hogar en Stepanakert: intentaba meter en una valija su pasado, su vida y su memoria, sin saber hacia dónde iba. Ese contexto es central para entender el alcance de lo ocurrido.

antes del desplazamiento forzoso
El cruce en el metro pone en evidencia una lógica cada vez más explícita en el discurso oficial: desplazar la responsabilidad por la pérdida de Artsaj hacia sus propios habitantes. En ese marco, las palabras de Pashinyan, más allá de su tono desenfrenado, no aparecen como un desliz, sino como parte de una narrativa que intenta instalar la idea de que los 120.000 armenios de Artsaj “se fueron” o “se escaparon”, que “no se quedaron” y que, en última instancia, son responsables de su propio destino. Como si quienes lo perdieron todo hubieran “elegido” irse. Como si no hubiera existido una política sistemática de expulsión, violencia y aniquilación de una presencia histórica.
Frente a eso, la respuesta de Arminé fue contundente: no huyeron, fueron forzados. No abandonaron, fueron expulsados. Lo que sucedió en Artsaj en 2023 fue una limpieza étnica. Pretender diluir ese hecho o desplazar su responsabilidad hacia quienes la padecieron constituye una inversión moral inaceptable: las víctimas pasan a ser culpables y los desplazados, objeto de reproche. Es inconcebible.
Lo más preocupante es la naturalidad con la que este discurso se expresa. Como si no existiera registro de lo ocurrido. Como si la sociedad no hubiera visto, vivido y sufrido las consecuencias de esas decisiones políticas por parte de un Primer Ministro que, además, reivindica lo actuado. Como si todo pudiera reescribirse en tiempo real. Con esa misma lógica intentan minimizar el Genocidio Armenio. Con esa misma lógica, los sobrevivientes de 1915 dejan de ser víctimas para convertirse en "fugitivos".
En ese contexto, la escena del metro de Ereván, con el intento de normalizar la pérdida repartiendo prendedores con el mapa reducido de Armenia, lejos de ser un episodio aislado, es la manifestación profundamente reveladora de esa lógica que se intenta imponer desde el aparato estatal armenio.
No sorprende, entonces, la reacción que generó. Desde distintos sectores se multiplicaron las críticas. El propio Parlamento de Artsaj calificó de inaceptables las expresiones del primer ministro y advirtió que responsabilizar a los desplazados constituye una distorsión de la realidad. Referentes políticos y sociales recordaron, además, la magnitud de las pérdidas humanas y el carácter forzado del desplazamiento. Las redes sociales están llenas de referencias al hecho.
La repercusión alcanzó también a la diáspora, donde el episodio fue leído como una expresión de una narrativa que tiende a trasladar responsabilidades hacia quienes fueron forzados a abandonar Artsaj.

El propio Pashinyan terminó relativizando sus declaraciones en medio de la repercusión que generó el episodio. Posteriormente, pidió disculpas a la mujer a través de redes sociales, reconoció que no utilizó el tono ni los gestos adecuados durante el intercambio y la invitó a mantener una nueva reunión, al señalar que se trata de un tema “muy emocional” para él.
Más allá de las reacciones, hay un elemento que la escena deja expuesto con claridad: la distancia entre el discurso del poder y la experiencia de quienes vivieron y siguen viviendo las consecuencias de lo ocurrido. La memoria aparece frente a cualquier intento de imponer una versión distorsionada y malintencionada.
Una madre, frente a su hijo, sostuvo sin vacilaciones lo que el poder intenta diluir. Sin consignas, sin cálculo, pero con una firmeza que desarma cualquier relato.
Pablo Kendikian
Director de Diario ARMENIA