Un año que no se deja cerrar

29 de diciembre de 2025
Ph: @blackbird1212

Hay años que no se dejan cerrar con el calendario. No es que falten hechos, sino que sobran preguntas. El 2025 que termina fue, para Armenia y para la diáspora, un tiempo atravesado por la sensación de que lo esencial quedó desplazado, relativizado o, peor aún, naturalizado.

Mientras la agenda internacional se movía de una crisis a otra, Artsaj pareció ir quedando cada vez más lejos, como si la expulsión forzada de su población hubiera ocurrido en un pasado remoto y no hace apenas tres años. Nuestros compatriotas continúan en cautiverio. No regresaron a casa y la situación se agrava. Sin embargo, el silencio empieza a operar como una forma peligrosa de costumbre. Recordarlos no es una formalidad, es una responsabilidad ética. Como enseña la experiencia, toda injusticia que deja de nombrarse termina volviéndose tolerable y es justamente lo que no debemos permitir.

Nombrar Artsaj también implica afirmar un derecho que sigue plenamente vigente: el derecho del pueblo a regresar a su tierra. Es un principio elemental del Derecho Internacional que hoy se intenta diluir bajo el peso del silencio, la resignación y la “normalización”.

Ese cambio de prioridades no tardó en hacerse visible, y tuvo una consecuencia concreta: el progresivo desplazamiento del derecho del pueblo de Artsaj al retorno del centro del debate internacional. Conflictos mayores, negociaciones estratégicas, disputas de poder que reordenan intereses ajenos. En ese escenario, Armenia parece ser empujada a aceptar que la justicia sea reemplazada por la “normalización” y la memoria por una política de olvido controlado. Lo que se presenta como paz llega acompañado de condiciones que exigen más cesiones que garantías.

El acuerdo firmado en Washington marcó el año y fue leído por muchos como un punto de inflexión histórico. En ese sentido conviene preguntarse, con claridad y sin rodeos, qué tipo de paz se construye cuando el precio implícito es la entrega de territorios estratégicos. Syunik no es una abstracción geopolítica: es territorio, población y continuidad histórica. A esta altura de los hechos, disfrazar la cesión como una cuestión de conectividad regional no la vuelve menos grave: expone consecuencias profundas y peligrosas.

Mientras tanto en Armenia, otros conflictos ocuparon el centro de la escena. Tensiones institucionales, disputas internas, debates que, aun siendo relevantes, no deberían eclipsar la herida abierta que dejó Artsaj. El problema no es discutir otras cuestiones. El problema es hacerlo como si lo anterior ya estuviera resuelto. Este año quedará marcado, además, por el aumento de presos políticos del régimen de Pashinyan y por el bochornoso avance del poder político contra la Iglesia Apostólica Armenia, un hecho que excede coyunturas y compromete valores estructurales de la identidad.

En la diáspora, el año también dejó una pregunta que no puede esquivarse: qué hacemos con lo que sostenemos y reivindicamos. Porque trabajo hubo y mucho. Las escuelas sostuvieron con esfuerzo cotidiano la transmisión de lengua e identidad. Las instituciones deportivas y sociales siguieron siendo espacios reales de pertenencia. Las entidades benéficas mantuvieron una tarea silenciosa y constante. La Casa de Descanso de HOM volvió a demostrar que el cuidado de los mayores no es un gesto declamativo, sino una práctica diaria ejemplar. Y las movidas culturales, lejos de agotarse, mostraron vitalidad, creatividad y compromiso.

Nada de eso es menor, todo lo contrario. El riesgo aparece cuando ese enorme esfuerzo queda disperso, sin un horizonte común que lo articule y lo potencie; cuando se confunde presencia con compromiso; o cuando se está para la foto más que para la definición de un proyecto común o la articulación de acciones con impacto real.

La colectividad no puede permitirse ser una suma de buenas voluntades sin dirección. Tampoco limitarse a acompañar los acontecimientos como espectador sensible. La experiencia reciente demuestra que, mientras nosotros administramos rutinas, otros avanzan con estrategias. Las representaciones diplomáticas hostiles no descansan. El soft power opera con paciencia, con recursos y con relato. Frente a eso, la neutralidad no existe: o se construye comunidad con conciencia política y cultural, o se deja el terreno libre.

Aquí aparece la interpelación necesaria: no alcanza con estar, ni siquiera con hacer bien lo que siempre se hizo. A esta altura de la vida comunitaria hace falta preguntarse para qué se hace, cómo se conectan los esfuerzos entre sí y qué proyecto de colectividad queremos fortalecer. Porque cuando la memoria deja de incomodar, cuando el compromiso se vuelve cómodo, pasa de ser una herramienta para convertirse en un ritual vacío que ya no produce efectos reales.

El año termina, pero no se salda. Ni en Armenia ni en la diáspora. Artsaj sigue siendo una herida abierta, un capítulo que no se cerró pese al relato oficial. En bambalinas, algunas potencias seguirán ofreciendo acuerdos prolijos, con nombres seductores que no son más que formas elegantes de suavizar decisiones irreversibles, mientras exigen silencios, cesiones y olvidos.

Frente a ese escenario, la pregunta no es qué hará “la armenidad” en abstracto, sino qué hará cada uno desde el lugar que ocupa. Cómo transformamos esfuerzo en estrategia, memoria en conciencia y presencia en compromiso real. Porque los enemigos no improvisan, no descansan y actúan en las sombras. Y es poco probable que nuestras colectividades se sostengan como hasta ahora si creemos que alcanza con repetir lo conocido, sin ideas nuevas ni creatividad, refugiados en una lógica puramente defensiva, anclada en el lugar de víctima y en tradiciones que no se interrogan.

Los últimos años dejan una advertencia clara: no todo lo que parece normal lo es y no todo lo que se repite conserva capacidad transformadora. Salir de la inercia en la que quedó atrapada la comunidad es una necesidad, no una consigna. La memoria no puede ser solo refugio: debe ser también responsabilidad y motor de cambio. El futuro de la colectividad dependerá, en buena medida, de lo que estemos dispuestos a sostener cuando ya no haya aplausos ni cámaras, con una acción constante que no dependa del calendario.

Pablo Kendikian
Director de Diario ARMENIA

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